Hay una pregunta bastante mala para empezar a preparar una charla.
Y, sin embargo, es probablemente la que más utilizamos:
«¿De qué voy a hablar?»
Parece una pregunta lógica. Te invitan a dar una charla, te asignan veinte minutos y lo primero que haces es pensar en el contenido.
Apuntas ideas. Recuperas ejemplos. Buscas algún dato interesante. Quizá rescatas una presentación antigua para ver qué puedes aprovechar. Y, si el cuerpo te lo pide, abres el Pogüerpoin y empiezas a montar diapositivas.
Todo muy normal.
Pero hay un pequeño problema.
Todavía no has decidido qué quieres conseguir.
Imagina que alguien te dice:
«Tienes que dar una charla sobre inteligencia artificial en la empresa.»
Perfecto.
Puedes hablar de herramientas, productividad, automatización, agentes, riesgos, puestos de trabajo, estrategia, casos de uso, ChatGPT, legislación o prompts.
Material no te va a faltar. De hecho, te va a sobrar.
Y ahí está precisamente la trampa: tener mucho que contar no significa tener una charla.
Ahora prueba a formularlo de otra manera:
«Cuando termine, quiero que dejen de ver la inteligencia artificial como una colección de herramientas y empiecen a verla como una forma distinta de organizar el trabajo.»
El tema sigue siendo el mismo.
Pero la charla ya no, ahora hay una dirección.
De repente, algunas ideas ganan importancia y otras dejan de ser necesarias. Hay ejemplos que encajan y otros que distraen. Algunos datos ayudan a avanzar y otros, aunque sean buenos, solo añaden ruido.
Incluso el cierre empieza a insinuarse.
Porque una charla se construye alrededor de lo que quieres provocar.
Y no hace falta ponerse solemne con la palabra «provocar».
Puede significar que alguien entienda algo que antes no veía. Que cuestione una idea que daba por hecha. Que cambie de opinión. Que recuerde un concepto al día siguiente. Que tome una decisión. O simplemente que mire un problema desde un ángulo distinto.
Lo importante es que haya alguna diferencia entre cómo entra la audiencia y cómo quieres que salga.
Cuando esto no está claro, aparece uno de los problemas más habituales de las presentaciones: la acumulación.
Añades una idea porque es interesante.
Luego otra porque también lo es.
Después recuerdas aquel gráfico tan bueno que llevas años guardando.
Metes un caso.
Una cita.
Dos datos.
Y, cuando te quieres dar cuenta, tienes 47 diapositivas para veinte minutos.
Entonces empieza la poda.
Quitar esta. Acortar aquella. Pasar más rápido por la otra.
Pero probablemente estás intentando resolver demasiado tarde un problema que empezó mucho antes.
El problema no era tener demasiado contenido.
Era no haber decidido qué contenido necesitabas.
Por eso, antes de preparar tu próxima charla, prueba algo muy sencillo.
Completa esta frase:
«Cuando termine, quiero que las personas que me han escuchado…»
Y no te conformes con la primera respuesta.
«Sepan más sobre liderazgo» no vale demasiado.
«Conozcan mejor nuestro proyecto» tampoco.
«Entiendan la importancia de la innovación» sigue siendo tan amplio que cabe casi cualquier cosa dentro.
Hay que apretar un poco más.
«Quiero que los responsables de equipo se den cuenta de que tener diez prioridades equivale, en la práctica, a no tener ninguna.»
«Quiero que el comité entienda por qué este proyecto debe ponerse en marcha este trimestre y no el siguiente.»
«Quiero que quienes me escuchan cambien la forma en que preparan su próxima presentación.»
Ahora sí.
Ahí empieza a aparecer una charla.
Pero solo empieza.
Porque saber qué quieres provocar no te dice todavía cómo construir la charla que va a conseguirlo.
Después tendrás que decidir cuál es la idea que quieres que quede, qué necesita escuchar la audiencia para llegar hasta ella, qué información sobra aunque sea interesante, en qué orden debes contar las cosas, cómo abrir para que quieran seguirte y cómo cerrar para que todo tenga sentido.
Y ahí es donde empieza de verdad el trabajo.
En nuestro libro dedicamos buena parte precisamente a ese recorrido: desde la primera intención hasta convertirla en una charla completa. No como una colección de trucos para hablar en público, sino como un proceso para decidir qué quieres conseguir y construir después la presentación que te permita conseguirlo.
Hoy nos hemos quedado únicamente con la primera pregunta.
Porque, antes de pensar en historias, diapositivas, datos o frases memorables, hay algo que conviene tener claro:
¿Qué quieres que sea diferente cuando termines de hablar?
Cuando tengas eso, puedes empezar a construir. Y para seguir tirando del hilo, puedes seguir profundizando en el libro.
Una vez tienes claro qué quieres provocar en quien te escucha, aparece la siguiente pregunta:
¿Cómo consigues que esa idea llegue de verdad?
Kelly D. Parker propone una respuesta que seguramente no te sorprenderá: a través de las historias.
Pero ojo, no habla de contar anécdotas porque sí ni de meter una historia al principio para parecer más interesante. Habla de utilizar las historias con intención.
Una buena historia puede hacer que una idea se recuerde mejor, que una propuesta resulte más cercana y, sobre todo, que quien escucha tenga más razones para moverse.
Porque saber qué quieres provocar es el punto de partida.
Después tienes que conseguir que la audiencia quiera recorrer el camino contigo.
¡Espera!
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