Era segundo semestre y hasta entonces, mi clase de “Protistas y Algas” había resultado muy interesante. Conocer el mundo microscópico había impulsado mi curiosidad sobre el mundo y me hacía sentir que la carrera de Biología había sido la decisión correcta.
Cuando nos anunciaron que la práctica de campo sería en el estado de Nayarit, me emocioné, nunca antes había estado ahí. Serían 5 días en total, siendo dos los de ida y regreso. Era mi práctica de campo más grande hasta entonces.
Nuestra primera parada fue Sayulita, una playa rocosa —y bastante turistificada a decir verdad— Hasta ese momento yo sólo conocía las arenas blanquecinas por lo que encontrarme con arena dorada fue casi mágico. Recuerdo vívidamente su textura suave, casi como arcilla; el color base era café oscuro con sedimentos negros y dorados, en el momento pensé que podría ser pirita porque, además de la diamantina, no conocía otro material que brillara de esa forma.
Por primera vez tuve confirmación visual de que las características de la arena cambian dependiendo de dónde se forme, algo que sólo había visto en libros.
Ese momento en la playa me dejó una sensación que aún me entusiasma: hay tanto que no he visto y aún más por conocer.
Estábamos ya en la segunda locación: San Blas —sí, como la canción de Maná— al anochecer el profesor nos avisó que nos preparáramos para salir en un par de horas. Iríamos a la playa, con algo de suerte observaríamos bioluminiscencia.
La bioluminiscencia es el mecanismo por el cual algunos seres vivos —en este caso, protistas— producen luz
Obviamente no alumbran el océano pero, sí iluminan lo suficiente como para que se vea mágico.
Llegamos a la playa y si no mal recuerdo, la luna menguaba, por lo que no relucía mucho y eso aumentaba las probabilidades de ver dicho fenómeno.
Nuestro camino a la playa había sido alumbrado por las linternas de nuestros celulares. El profesor nos pidió apagarlas, obedecimos.
Y entonces…
alcé la mirada.
Nunca había visto un cielo así de estrellado.
Verdaderamente es de las cosas más bellas que he visto.
Recuerdo sentirme embelesada al ver el cielo nocturno. Había visto las estrellas antes, sí, pero no así, no tan cercanas. Parecía que si extendías la mano podrías tocarlas.
Reconocí constelaciones como La Osa Mayor y Orión que hasta entonces únicamente las había conocido a lo lejos en el cielo citadino. Aquí, las tenía a sólo dos pasos, se veían impresionantes, tan próximas.
Nunca me había sentido tan feliz de estar viva.
Mientras contemplaba el cielo nocturno, mi profesor señaló a la distancia:
–“Esta noche no hay mucho oleaje pero, si miran con atención, el borde de las olas brilla un poco, lo mismo cuando rompen contra la playa”.
Era verdad. Me tomó unos segundos encontrar una ola en el negro mar pero cuando lo hice fue fantástico, el mar verdaderamente estaba brillando.
No brillaba como en las películas, ni siquiera como en las fotos que circulan por internet. Era un brillo más tenue, apenas te dabas cuenta de que estaba ahí, pero una vez que lo veías podías apreciar su color verdoso, era mágico.
En ese momento me hice consciente de lo pequeña de mi existencia. No en un sentido pesimista y fútil, sino más bien como parte de un todo. De un breve instante en la escala temporal del universo. Ese instante era mío para vivirlo y de nadie más. Las estrellas, el mar, la playa, los protistas… todo eso ha estado aquí más tiempo del que he estado viva y seguirá mucho tiempo después. Y aún así, pude presenciarlo. Sentí la arena bajo mis pies y la espuma chocar contra mis tobillos, escuché el oleaje bramando con su ritmo hipnótico, olí la brisa marina y saboreé la sal.
Esa noche, sentí la inmensidad del universo en la arena bajo mis pies y en las estrellas sobre mi cabeza. El momento me robó el aliento. Quería llorar por toda la belleza que estaba frente a mí. Me sentí viva.
Considero que esta práctica de campo cambió mi psique para siempre. Porque la naturaleza dejó de ser algo ajeno y distante que sólo estudiaba a través de artículos y ejemplares conservados. Se convirtió en algo real y tangible frente a mí. La teoría pasó a la práctica porque viví y entendí los conceptos en carne propia.
La sensación de formar parte de algo tan vasto fue incomparable e irrepetible. No la he vuelto a experimentar, o al menos no con la misma intensidad. Hasta la fecha sigo pensando que es algo que todos merecen –y tienen que– experimentar. Porque el mundo es maravilloso, hay que comprenderlo y protegerlo. Literal no hay algo más como esto, es tan único como la humanidad misma.

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