Hoy la vida va a mil por hora, si no estamos apresurándonos para no llegar tarde estamos presionándonos por terminar nuestro trabajo a tiempo, las deadlines se encuentran en nuestra mente 24/7 apenas cubres una, ya tienes que empezar a cubrir otra, el ritmo de vida cada vez se acelera más hasta que parece que no tenemos tiempo ni de respirar.
En medio de todo este torbellino es nuestro deber recordarnos que no tiene por qué ser así, tenemos el poder de controlar nuestra narrativa y la velocidad a la que vemos y vivimos la vida, para esto no hay que hacer magia ni renunciar abruptamente a nuestro modo de vivir, basta con poner atención a los momentos pequeños de la vida, los que pasamos por alto por estar en modo automático.
Sobre este tema María Perdomo Ardila tiene un post muy bonito, habla sobre perderse y reencontrarse, se los dejo a continuación y simultáneamente les invito a darse una vuelta por su blog todo escribe donde nos comparte sus reflexiones acerca de la vida y la naturaleza humana.
Ya sin más preámbulo, les dejo su texto acá abajo
En estos días extrañé a Paris. Me hizo falta ir a una panadería en la mañana y ver a los franceses en la tarde bloquear su rostro del sol con un baguette y un periódico. Sentí ganas de caminar sola por ahí, observando al mundo y detallando gente. Recordé como en mis veintes cuando tenía ganas de algo, lo hacía. Me ponía las botas y salía a la calle a caminar hasta que lo encontraba. Así que hice una cita conmigo misma y escribí esto en una cafeteria que encontré preguntándole a alguien donde me podía comer un croissant en una ciudad que hace rato no visitaba.
Me gusta lo incómodo que es comerse un croissant bien gordo, de esos de chocolate doblados mil veces en sí hechos en forma de cuadrado. Siempre me atoro con el hojaldre delgadito que se va desplegando con mi mordisco y que de las ganas desaforadas que le tengo, me llevo al fondo de la garganta al aspirar con todas mis fuerzas. Me gusta cuando escribo de comida porque quiere decir que estoy aquí, presente. Los dumplings que me comí hoy estaban tan ricos que me llenó más el darme cuenta de las dimensiones de sabores y texturas en cada bocado que la cantidad de comida en sí (eran poquitos). Me di cuenta de como cambiaba la luz que entraba por las claraboyas del restaurante mientras comía y noté como la pareja sentada al lado mío compartía su comida. Él mirando su celular y ella mirándolo a él.
(Si algún día me ven así en público, que sirva esto como poder notariado de que me saquen de ahí).
Cuando no detallo mi comida es que algo ando evadiendo y que he prendido el switch de piloto automático para cada día darme menos cuenta de lo que quiero no pensar; que despierte y el día se vaya nada más en esperar a la noche para acostarme con un libro y mi playlist de sleep frequency con sonidos de 528 hertz. Así me la pasaba cuando trabajaba tiempo completo. Me olvidaba de almorzar y comía doble en la cena. Servía la comida y a los minutos me daba cuenta del plato ya vacío.
La comida me empezó a caer mal por consumirla sin intención y sólo me di cuenta cuando me vi el cuerpo diferente en el espejo de mi cuarto una noche que me atreví a mirar. Me asusté porque hace rato no me miraba detalladamente y aunque me río ahora, en ese momento me invadió el pánico creyendo que mi estómago inflamado y en llamas era un embarazado que ni de cuenta me había dado por andar tan distraída (no lo era).
Lo que si era, era mi propia ausencia.
Lo que si era, eran mis días empezando y terminando en un respiro, sin darme cuenta, sin permiso, ni fin. Y no es que no me gustara la vida que llevaba o el trabajo que tenía; ese es el problema. No te das cuenta de como te consumes cuando reconoces todo aquello como la felicidad y como la vida de la que deberías estar solamente agradecida (lo estaba). Pero también lo estoy ahora, (o al menos eso creo) viviendo de una manera un poco menos “convencional”; buscando la felicidad en un dumpling de edamame con walnuts y en el hojaldre sin fin de un croissant.
En estos días me topé con esto por aquí en Substack — una nota de
“You lost 7 years of your life.”
My mom said that to me the other day. All she sees is the career I didn’t build, the husband I didn’t marry, the house I didn’t buy.
Not the loving relationship I’ve built with myself, the deep knowledge I’ve gained about myself, the strength and power I’ve nourished that make me the self-sovereign woman I am today.
Caught in the societal dream, she doesn’t see this simple truth: happiness is an inner happening.
I could have a picture-perfect life, but it’s as good as living in a box under a bridge if I'm not at peace with myself.
And that takes time. It took me 7 years to undo the programming, come back home to myself, and love the parts I had hated for so long.
Those years were the best investment, with the highest ROI: true happiness.
The day you let go of picture-perfect is the day you find your happiness.
Siento que estoy desprogramando un computador; un computador al que alguien le instaló tantas ideas al prenderlo por primera vez que ya se llenó la memoria y no le cabe nada más. Poco a poco voy borrando archivos del inconsciente y si me descuido y hago click en un email tentador, me vuelven a aparecer. Las ideas de lo que debo ser y hacer a mis treinta y dos años que hay días se sienten muy pocos y hay otros que me doy cuenta de mis mil vidas ya vividas. Las ideas de la mujer que el algoritmo me dice debo ser, con mi pelo siempre bien peinado y voluminoso, mis senos de barbie nueva y mi nariz sin una espinilla. Y las ideas del éxito que nos venden como solo uno y uno no más, sin posibilidad de alejarse un poco del camino ya trazado. Recuerdo un día hace años hiendo a un mixer para young professionals donde la organizadora nos había mandado toda una presentación sobre que ponernos y que no ponernos. Sin tacones y con un pantalón cómodo, me sentí como mosca en leche. Pasé varias veces por la mesa de salmon puffs y me fui temprano para mi casa, sin saber porque no me sentía bien en espacios así; sintiendo siempre que el único problema era yo.
Confieso que al escribir esto me siento vulnerable, como una tortuguita gritando algo al vacío y metiendo la cabeza en su caparazón para no ver que pasa. Que me digan idealista, que me digan que ya no se puede vivir de otra manera porque el sistema capitalista en el que vivimos ya no da espacio para más, que soy muy romántica y que eso solo cabe en el cine y en la literatura.
Y pues si, de alguna manera del arte lo saco (y un poco de papá que siempre andaba preguntando que por qué esto y por qué lo otro). Pero tal vez por eso me transporto tanto en el cine y tal vez por eso me obsesiono tanto con un libro bien escrito; porque están llenos de posibilidades. De diferentes finales a veces inesperados. Porque me conmueven y frustran y me meto en historias mías y de otros y estas dos se van mezclando en el mundo ideal que me voy imaginando para mi, y cuando termino de consumir algo que me impacta, busco como atraer a ese algo a mi vida. Porque cada vez me convenzo más de que no vine a seguir las ideas del computador preprogramado y que aunque el computador sea mi herramienta de trabajo, vine fue a escribir con papel y pluma, sobre el croissant y el dumpling que me regalé aquel día que extrañe a Paris.

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