Todos los veranos ocurre lo mismo.
Desde donde me alcanza la memoria, el verano siempre empieza el 7 de julio, con el primer encierro de San Fermín. Resulta curioso que viva a más de setecientos kilómetros de Pamplona, que solo haya estado allí una vez (hace ya veintisiete años y, además, fuera de fiestas) y, aun así, sienta un vínculo difícil de explicar con esos ocho días de julio.
Quizá porque hay costumbres que no nacen de la cercanía, sino de la repetición.
Soy de esa generación que creció con dos canales de televisión. Después llegaron las privadas, hasta sumar cinco, y uno de ellos se llenaba de rayas grises cuando emitía en versión de pago. Da igual. Aprendíamos a mirar entre aquellas rayas. Incluso llegábamos a imaginar lo que estaba pasando detrás. Sobre todo si jugaba nuestro equipo.
No teníamos tantas pantallas, ni tanta oferta, ni la posibilidad de verlo todo cuando quisiéramos. Por eso levantarse durante una semana, a las ocho de la mañana, para ver el encierro en La 1 era casi un acto solemne. Era la manera de decir que el verano había empezado de verdad.
Después llegaba agosto. Y el verano parecía eterno hasta que pasaba el día 15. A partir de ese primer lunes después del día 15, los días empezaban a descontarse solos. Septiembre asomaba por el horizonte y, con él, el colegio. En Murcia el golpe siempre era algo más suave porque la Feria de Septiembre servía de puente entre el verano que terminaba y el curso que estaba a punto de comenzar.
Hoy todo eso ha cambiado.
Los sanfermines siguen emitiéndose por Televisión Española, pero ya no hace falta madrugar. Si no llegas, lo ves después. Desde otro plano. Con otra cámara. En el móvil. Cuando quieras.
La tecnología nos ha dado mucho. También nos ha quitado algo. Hemos perdido aquella agradable incertidumbre de saber que, si no estabas sentado antes de que terminaran los tres cánticos a San Fermín, simplemente te lo perdías. No había botón para volver atrás. Como tantas cosas de la vida.
Ahora julio tiene otro significado para mí. Desde que accedí a la Inspección de Educación, este mes se ha convertido en semanas de trabajo silencioso. Del que casi nadie ve. Mientras muchos cierran el curso, nosotros empezamos a preparar el siguiente. Septiembre exige llegar con toda la normativa estudiada y con las respuestas preparadas antes de que aparezcan las preguntas. Suelo decir que el inspector de educación se parece bastante al panadero: siempre tiene que ir por delante.
Mi curiosidad por los sanfermines me llevó hace años a leer «7 de julio», de Chapu Apaolaza. Es uno de esos libros que consiguen algo poco frecuente: explicar por qué alguien hace algo que, desde fuera, parece incomprensible. Porque correr delante de un toro no se entiende solo mirando.
Apaolaza cuenta el encierro desde dentro. No desde la épica ni desde la temeridad, sino desde quienes vuelven cada verano porque allí encuentran algo que les pertenece. Uno puede compartirlo o no. Puede incluso pensar que jamás lo haría. Pero entiende mejor a quien sí lo hace. Y comprender al otro siempre merece la pena.
Nunca he corrido un encierro de San Fermín. Ni creo que ya lo haga. Lo más cerca que he estado fue en Blanca, uno de los pueblos más bonitos de la Región de Murcia, a orillas del Segura y tierra del universal pintor Pedro Cano. Allí, durante las fiestas de San Roque, los encierros forman parte de una tradición que algunos sitúan varios siglos atrás. Basta estar allí una tarde para entender que no es solo un festejo. Es una manera de reunirse un pueblo alrededor de algo que siente como suyo.
Fue precisamente en Blanca donde pasé uno de los peores ratos que recuerdo. Y no tuvo nada que ver un toro. Fue una mosca. Se me metió en la boca y empecé a toser sin parar. Parece una tontería cuando se cuenta después, pero hubo unos segundos en los que sentí un auténtico agobio. Apenas podía respirar.
Entonces ocurrió algo que aún recuerdo con absoluta nitidez. En una casa situada al otro lado del río salió Pedro. Había sido alumno mío en la preparación de oposiciones. Salió él. Salió su madre. Salió más gente. Alguien apareció con un vaso de agua. Y aquel vaso de agua fue suficiente.
Hay personas que aparecen justo cuando uno más las necesita. Pedro es una de ellas. Conozco bien su historia. Ahora que ya se saben los resultados de la primera prueba de las oposiciones docentes conviene recordarla. También él sabe lo que significa una oposición que no sale como uno esperaba.
Recuerdo un desayuno de julio, como este, en el que vino a contarme que estaba pensando cambiar de especialidad. Había dudas, incertidumbre y miedo. Hablamos largo y tendido. Valoramos ventajas e inconvenientes. Pero, sobre todo, hablamos de la posibilidad de empezar de nuevo.
Dio el paso. Hoy es funcionario de carrera, maestro de Educación Primaria. Y por cada colegio por el que pasa deja huella.
Por eso estos días, mientras tantos opositores viven pendientes de una nota, pienso mucho en quienes sienten que todo se ha terminado. Porque una mala calificación tiene algo de cornada inesperada. Uno cree que ya no hay salida, que el verano se ha acabado antes de empezar. Y, sin embargo, la vida tiene la extraña costumbre de colocar, cuando menos lo esperas, a alguien con un vaso de agua en la mano.
A veces ese alguien es una familia en Blanca. Otras veces es un amigo. O un compañero. O una oportunidad distinta de la que uno había imaginado.
Cada 7 de julio vuelve a sonar el primer cohete en Pamplona. Y, de alguna manera, también vuelve a empezar el verano.
Gracias, una semana más, por dedicarme este rato de lectura. Especialmente si estás de vacaciones y has decidido regalarme unos minutos entre tantos planes posibles.
Besos y abrazos,
Fran Nortes
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