Hay textos que envejecen mal en cuestión de horas y este es, sin remedio, uno de ellos. Según el momento en el que llegues a estas líneas, puede que España esté todavía a un partido de proclamarse campeona del Mundo, con la tarde por delante y el país entero conteniendo el aliento. O puede que ya sepas cómo ha terminado todo, que el resultado sea, a estas alturas, un dato más entre las noticias del día, algo cerrado y comentado desde hace horas. Da igual. Lo que te quiero contar hoy no depende del marcador, así que si has llegado tarde o pronto a esta cita, entra sin miedo: no vas a perderte nada por saber ya cómo acaba.
España solo ha disputado dos finales de un Mundial de fútbol en toda su historia. Solo dos. Y las dos, sin que sirva de casualidad, las ha dirigido un entrenador cortado por el mismo patrón: Vicente del Bosque en 2010 y Luis de la Fuente ahora. Dos hombres que nunca fueron estrellas sobre el césped, futbolistas discretos que jamás llenaron un estadio por sí solos, y que construyeron toda su carrera como entrenadores desde abajo, en la cantera, formando chavales en categorías donde nadie mira, donde no hay cámaras ni focos ni gradas llenas, solo el trabajo de cada tarde repetido mil veces. Del Bosque tardó años en llegar arriba. De la Fuente pasó por casi todas las categorías inferiores posibles, incluso fue cesado dirigiendo en Tercera División, y siguió subiendo peldaño a peldaño sin atajos, sin heredar plantillas de lujo, sin que nadie le regalara nada. Los dos comparten algo que va más allá del currículum: un estilo personal asentado en la discreción, esa manera de estar en el sitio importante sin necesitar que se note que están ahí. Ninguno de los dos ha vivido de la exhibición. Los dos han preferido que hablara el equipo, que hablaran los resultados, que hablara el trabajo bien hecho antes que ellos mismos.
Y aquí es donde el paralelismo se me hace inevitable, porque llevo años en otra clase de banquillo, el de la Inspección de Educación que sin capacidad para dirigir, sí que me ha permitido poder observar y conocer muchas realidades distintas, y he visto exactamente el mismo perfil repetirse curso tras curso. Conozco docentes que llevan toda una vida de trabajo silencioso, que jamás han subido una foto de su clase a ninguna red, que no han competido nunca por un premio de esos que hoy proliferan con jurado, gala y photocall, y que sin embargo hacen, cada mañana, una labor humilde y sensacional a la vez. Docentes de cantera, formadores de personas en categorías donde nadie retransmite nada, donde el único marcador es si ese chaval que llegó perdido en septiembre sale en junio sabiendo un poco mejor quién quiere ser. No necesitan que ninguna entidad les entregue una placa para seguir haciendo bien su trabajo cada día. No buscan audiencia, buscan que a sus alumnos les vaya bien. Y son, precisamente por eso, los que de verdad se quedan grabados: no en un titular, sino en la memoria de quien tuvieron delante. Se les recuerda en el pasillo, en la sala de profesores, en la conversación de un antiguo alumno que años después dice aquel nombre con una voz distinta a las demás. Ese es su único trofeo, y es el único que de verdad pesa.
Por eso, gane hoy España o no, por eso da igual en qué momento de este cuaderno me estés leyendo, quiero que te quedes con esto: la discreción no es ausencia de mérito, es la forma más elegante que tiene el mérito de instalarse. Del Bosque y De la Fuente nos han regalado las dos únicas finales de nuestra historia sin necesitar levantar la voz ni una sola vez. Y a ti, que trabajas en un aula sin cámaras, sin trofeo y sin aplausos, que llegas cada mañana sabiendo que de tu buen hacer depende gente que ni siquiera te lo agradecerá nunca en voz alta, te digo lo mismo que les diría a ellos si los tuviera delante: gracias por hacerlo bien incluso cuando nadie está mirando. Ese es, siempre lo ha sido, el único triunfo que de verdad merece la pena.
Gracias una semana más por dedicar parte de tu tiempo a leerme. Es algo que valoro especialmente, más aún si estás de vacaciones.
Besos y abrazos,
Fran Nortes
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