Durante el último año hemos documentado en este espacio cómo el sistema de liquidación global se está reconfigurando: BIS, DTCC, tokenización, marcos regulatorios como MiCA. Esta pieza aborda la otra cara de esa misma moneda — no la infraestructura de mercado, sino la infraestructura social que la sostenía hasta ahora: la empresa familiar. Y por qué su debilitamiento estructural es, en realidad, una condición previa para el ciclo de concentración de capital que ya está en marcha.
La base de la sociedad ha sido tradicionalmente la familia. La base de la economía productiva de un país ha sido, en gran medida, la empresa familiar: el negocio que se funda, se capitaliza con ahorro propio y se transmite de una generación a otra, acumulando capital paciente y arraigo territorial. Cuando ese mecanismo de transmisión se rompe, no desaparece el capital — cambia de manos. Y las manos que lo recogen no son locales.
Antes de defender esta tesis, conviene mirar los datos con rigor, porque la narrativa habitual — “las empresas familiares están desapareciendo” — no es exactamente lo que muestran las cifras. Lo que muestran es algo más específico, y en cierto modo más inquietante: el problema no es la cantidad de empresas familiares, sino su capacidad de reproducirse generacionalmente.
Según el informe Relevancia y Supervivencia de la Empresa Familiar 2025 del Instituto de la Empresa Familiar, España cuenta con más de 1,1 millones de empresas familiares, un 92,4% del tejido empresarial — tres puntos y medio por encima de 2015. En términos brutos, el modelo no retrocede: crece.
Pero dentro de ese crecimiento hay una fractura. El propio informe señala que solo un tercio de las empresas familiares planifica con antelación su relevo generacional, y apenas un 1,2% de ellas logra superar la tercera generación. Casi un 30% supera los 25 años de vida con, como mucho, dos relevos. Es decir: el modelo familiar se mantiene numéricamente porque nacen negocios nuevos, no porque los existentes se perpetúen dentro de la misma familia. Además, en el mismo periodo el número de sociedades no familiares cayó un 12,3%, lo que apunta a un proceso de oligopolización — cada vez menos jugadores, de mayor tamaño, controlan cuota de mercado en sectores como distribución, farmacéutico u hostelero.
En Italia el patrón es más agudo. Las empresas de control familiar representan entre el 80% y el 90% del tejido productivo, según el censo permanente de Istat y el Osservatorio AUB. Pero de las aproximadamente 35.000 empresas familiares que cada año inician un proceso de sucesión, solo el 30% sobrevive al paso a la segunda generación, y esa cifra cae entre el 10% y el 15% al llegar a la tercera.
Istat lo vincula directamente al envejecimiento demográfico: la edad media de quien dirige una empresa italiana ha pasado de 53 años en 2007 a 60 en la actualidad, y cerca de 721.000 empresas se enfrentarán a una decisión de relevo en los próximos años, con un 30% de ellas especialmente expuesto por falta de sucesor cualificado.
El caso alemán es, quizá, el más explícito porque hay una brecha oferta-demanda medible. Según la DIHK (la red de cámaras de comercio alemanas), en 2024 cerca de 9.600 empresas del Mittelstand buscaban activamente un sucesor, frente a apenas 4.000 candidatos interesados. El propio informe del DIHK proyecta que hasta 250.000 empresas podrían desaparecer en la próxima década por falta de relevo — muchas de ellas, económicamente viables.
Los datos del panel KfW son igual de reveladores: la edad media del propietario de una pyme alemana ha subido de 45 años en 2003 a 54 hoy, y el porcentaje de propietarios mayores de 60 años ha pasado del 12% al 39% en dos décadas — un máximo histórico. Y aquí aparece el dato que conecta todo el argumento: entre las opciones de sucesión que hoy contemplan los propietarios alemanes que no encuentran heredero familiar están, cada vez con más peso, los inversores financieros y compradores estratégicos externos.
Ninguno de estos tres países muestra una “desaparición” simple de la empresa familiar en términos de conteo. Lo que muestran, de forma consistente, es la ruptura del mecanismo de continuidad intergeneracional: envejecimiento del empresariado, ausencia de sucesores dispuestos o cualificados, coste fiscal de la transmisión y valoraciones de compra cada vez más alejadas de lo que un heredero puede o quiere pagar.
La explicación convencional se queda en lo demográfico y lo fiscal — natalidad a la baja, fiscalidad sucesoria, falta de vocación empresarial en las nuevas generaciones—. Son factores reales y no deben minimizarse. Pero hay una lectura adicional que conviene no descartar solo por incomodidad: la crisis del modelo familiar tradicional — como estructura social, no solo como unidad económica — coincide en el tiempo, país por país, con la misma curva de erosión del relevo generacional empresarial. No es evidencia de causalidad, pero es una correlación demasiado consistente como para ignorarla sin más.

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