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Creemos que las canciones no aparecen de la nada. Se construyen con libros, películas, discos, ciudades, personas y años de obsesiones. Esta publicación existe para documentar ese mapa mientras terminamos el primer álbum de Maiah & Gabriel.
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He estado escribiendo canciones, no muy buenas, pero igual canciones, desde que tengo 13 años. Escribí todas las canciones de mi primera banda estudiando bachillerato, he tenido la oportunidad de hacerlo para comerciales y, en Los Angeles, terminé las canciones para el que pensé que sería mi primer disco: un disco redondo y que me encanta, pero no un disco que se parezca a quien soy hoy.
Hace 35 años escribía canciones sin pensar mucho en el cómo o el porqué. Si acaso, lo hacía para poder tener algo que tocar con mis amigos mientras fumábamos, bebíamos y perseguíamos chicas, todo a la vez. Durante esos años nunca me detuve a pensar si mis canciones se parecían a algo.
Mi primera entrevista como músico me la hicieron cuando era un muchachito de 19 años, en el mismo periódico alternativo que yo terminaría dirigiendo unos años después. El artículo era sobre un festival universitario donde íbamos a tocar, y la pregunta que les estaban haciendo a todas las bandas participantes era a cuáles bandas nos parecíamos. En ese entonces, no importa con qué perorata salí; lo único que sé es que no creo haber sido capaz de contestarla apropiadamente. Hoy en día esa pregunta es baladí, porque lamentablemente es genuinamente imposible diferenciar a Danny Ocean de Karol G, como tampoco se puede diferenciar cuál de dos paracaídas de cemento funciona mejor. Es también una pregunta innecesaria, porque las bandas y los artistas de hoy tienen claramente definidas todas las categorías y etiquetas posibles para lo que están haciendo incluso antes de coger un instrumento. Supongo que, de otra manera, se les haría muy difícil decirle a la inteligencia artificial cómo robarle las canciones a otro.
Pero el punto es que es ahora, cuando estoy haciendo este álbum, que estoy, por primera vez, tratando de responderme a mí mismo esa pregunta.
El método no es rigurosamente científico, pero se alimenta de la contemplación intuitiva de hacia dónde van naturalmente mis melodías cuando tengo una guitarra o cualquier instrumento en las manos. Para mucho de lo que estamos haciendo, el estudio obsesivo de mis influencias es totalmente consciente.
“Yo quiero usar este amplificador, con esta guitarra, con este pedal porque quiero sonar como este carajo”; “quiero hacer un disco que esté unificado por un concepto coherente, como el de este tipo”; “quiero que nos veamos como esa banda”; “quiero hacer conciertos pequeños y teatrales, como X, Y o Z”.
Pero en lo que respecta a la música, en términos puros, no hay mucho que uno pueda hacer para ocultar sus influencias. Como estar enamorado, no puede ni debería explicarse. A uno le gusta lo que le gusta y eso es. Y cuando a uno le gusta mucho algo, eso que le gusta se queda irremediablemente contigo, como un sismo creativo invisible que yace dormido y latente dentro de tu cabeza, listo para aparecer en forma de canciones que no pueden no parecerse a otra cosa, aunque tengas que detenerte seriamente a pensarlo si quieres descubrir exactamente a qué.
Como toda persona que quiere escribir canciones, o lo que sea, durante muchísimos años intenté hacerlo como otra gente. Quise ser —sin fortuna— Iggy Pop, Bob Dylan, Morrissey, Martin Gore y Kurt Cobain, pero un repaso verdaderamente honesto por las canciones que he escrito, las buenas, las malas y las peores, revela algo que, dicho en voz alta, suena como si no lo estuviese diciendo en serio:
Los dos compositores más importantes de mi vida han sido Manuel Alejandro y Juan Gabriel.
Secretos (1983) es el decimonoveno disco de José José. Lo escribió y produjo Manuel Alejandro y es uno de los discos más vendidos en la historia de México, con cinco millones de copias vendidas, 22 certificaciones de Platino y Oro a nivel mundial y una nominación a los Grammy Awards como Best Latin Pop Performance en 1985. Es también, tal vez, el álbum que más he escuchado en mi vida, aunque, para mantener esto siempre verídico y justo, no fue precisamente por decisión mía.
Maiah y yo tuvimos una crianza musical similar. Antes de que nos cayeran en las manos los discos de Metallica y el VHS de Guns n’ Roses tocando casi tres horas en Japón, en 1992, la música que escuchábamos, cuando todavía no teníamos criterio propio, era la que ponían nuestras mamás en el tocadiscos de la casa. Y si te criaron unos boomers, como nos pasó a nosotros, estoy seguro de que entiendes perfectamente de lo que estamos hablando.
Puede haber ligeras variaciones. En unas casas era un poco más Julio Iglesias; en otras, Rocío Dúrcal, Raphael, Isabel Pantoja o Emmanuel, pero el patrón es indiscutible: unas señoras en sus treinta y cuarenta años, inmersas en un drama intenso y personal, encarnando una versión moderna y permanente de Madame Bovary, lidiando con la infidelidad de sus maridos, los traumas de ser una trad wife sin opción aparente y sumergidas en la fantasía de un hombre mitológico, mitad poeta, mitad desastre; complejo y sensible, inestable y romántico, que las hacía soñar, en fotogramas de tres minutos y medio, con que esas canciones habían sido escritas para ellas.
De todos esos discos, el más completo e inolvidable siempre será Secretos. Manuel Alejandro escribió una colección de canciones que retratan la esencia tóxica, posesiva, intensa y, a ratos, desesperada y patética del hombre latino de principios de los ochenta. Y, en esa honestidad, nos presenta un personaje complejo: te cela, pero te ama; quiere que tengas veinte años menos que él; siempre está pidiendo perdón luego de portarse mal y asume que todas las mujeres estarían mejor dejando a sus parejas actuales para estar con él. Este antihéroe romántico es, a todas luces, un individuo patético y llorón, pero, con el vozarrón y los ojos tristes y derrotados de José José, se viste de un realismo que lo hace cercano y, sobre todo, humano.
Como hizo Elvis en el imaginario anglosajón, José José y Secretos presentan la radiografía de la mente de un hombre que las mujeres se atreven a creer que existe. En lugar de un adonis inalcanzable, lo que se sirve en la mesa es un hombre imperfecto, objetivamente mid, uno que finalmente pueden aspirar a cambiar. La trampa es creer que eso es, en efecto, cierto. Porque José José —el cantante, el artista, el ícono— es realmente imposible de tener.
El disco es perfecto de principio a fin, pero hay tres momentos que resaltan.
El primero es el coro de “Lo dudo”, que contiene uno de los vocabularios más impertinentes y precisos para reclamarle a una ex que ha encontrado el amor con otro:
Pero lo dudo, conmigo te mecías en el aire
Volabas en caballo blanco el mundo
Y aquellas cosas no podrán volver
Y es que lo dudo porque hasta veces
Me has llorado con un beso
Llorando de alegría y no de miedo
Y dudo que te pase igual con él, igual con él
El segundo, la manipulación disfrazada de capitulación, en forma del delirio solipsista de “He renunciado a ti”:
Porque es pura fantasía nuestro amor
Ilusiones que se forjan con el tiempo
Porque es tanta la distancia entre los dos
Que es difícil que podamos entendernos
Y el tercero, el enunciado redentor del hombre protector de “Lágrimas”, que está ahí, con una vehemencia casi divina, para no dejar que ninguna mujer que esté con él vuelva a llorar:
Lágrimas, el lenguaje mudo de tu pena
Lágrimas, la callada voz de tu tristeza
Lágrimas, la expresión mojada de tu alma
Lágrimas, la visible muestra de que me amas
Lágrimas, de pasiones hondas y de heridas
Lágrimas, de dolor profundo y de alegrías
Lágrimas, la palabra fiel de tu amargura
Lágrimas, la verdad final que tu no ocultas
Secretos es una obra maestra por dos razones fundamentales. Todas las progresiones de acordes, todas las melodías, los arreglos y hasta la producción son relativamente sencillos, pero, al mismo tiempo, épicos en su manifestación. Todo suena y se siente como una banda sonora de telenovela, el clímax de una película romántica de los setenta y la intimidad masoquista de una mujer que no pierde la esperanza de que la quieran, aunque le hagan daño, porque es mejor sentir algo que no sentir nada. Todo esto es totalmente responsabilidad de Manuel Alejandro, quien hizo esto decenas de veces y cuyo talento reside en su comprensión absoluta de ese mundo recóndito y privado, que es el que alimenta las canciones.
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La segunda razón es evidente, y su nombre es José José. “El Príncipe” tenía la suerte de ser impresionantemente talentoso y, al mismo tiempo, lo suficientemente inteligente como para verse a sí mismo como un actor interpretando a un personaje, de la misma manera en que Bowie podía mantener la distancia con un rockstar alienígena de pelo rojo, plataformas plateadas y súper gay. Pero, sobre todo, era un cantante y un intérprete que podía cantar lo que fuera y salirse con la suya simplemente por tener esa voz.
Al día de hoy, todavía no hay ninguna interpretación, vieja o actual, que le llegue a los pies a su performance de “El Triste” en 1970.
Creo que, de todos los arquetipos posibles que forjaron mi personalidad adulta, es el de este trovador problemático el que más daño me hizo. De repente, era un niño de siete años hablando y caminando como un cuarentón de telenovela. Maiah siempre bromea conmigo diciendo que lo que más risa le daba cuando me conoció era que hablara y me comportara como Raúl Amundaray, el famoso protagonista de telenovelas venezolanas clásicas como “El derecho de nacer” (1965) y “La usurpadora” (1971). Y, sin ir muy lejos, mi mamá —que Dios la cuide— siempre repite, orgullosa, que mi nombre lo sacó del protagonista de la telenovela “Ifigenia” (1979), cosa que no tiene sentido porque yo nací un año antes de que la estrenaran en televisión, lo que hace mi mitología personal aún más incomprensible.
Por fortuna, eventualmente crecí y creo seguir siendo esa misma persona, solo que tomando las riendas del personaje, de sus defectos y virtudes, de sus limitantes y posibilidades, como si lo estuviese interpretando con la consciencia plena de un actor de método.
Creo que —mi mujer lo sabrá mejor que yo, porque yo no puedo ser objetivo conmigo mismo— he transitado una suerte de individuación, como la que teorizó Carl Jung en Dos escritos sobre psicología analítica (1928). El tóxico, el dramático, el terrible, el loco... tal vez fueron, pero ya no. Hoy solo queda el romántico, que es el que está haciendo este disco para inmortalizar al amor de su vida.
G.
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