El disco que siempre quise hacer suena a muchas cosas y una de esas cosas es Depeche Mode. No es el Depeche Mode de Speak and Spell (1981) y tampoco el de Memento Mori (2023). El Depeche Mode que siempre he estado obsesionado con copiar comprende el período de 11 años que termina con Ultra (1997) y comienza con Black Celebration (1986).
Yo tenía 8 años cuando salió Black Celebration, así que, por más precoz que yo haya sido con respecto a saber desde muy pequeño lo que me gusta y lo que no, no fue hasta tres años después, en 1989, que lo escuché por primera vez. Y lo odié.
A finales de 1989 había pasado de ser un niño encantador jugando con Transformers a una pesadilla de 11 años que ya fumaba y se escapaba por las noches buscando una mala hora. El pico de esta adolescencia adelantada fue precisamente el 30 de septiembre de ese año, cuando le robé 180 bolívares a mi mamá para comprar una entrada y entrar con otras 3 mil personas al primer concierto al que fui en mi vida. Se llamaba Encuentro en el Ruedo y reunía a mis tres bandas venezolanas favoritas de ese momento: Zapato 3, Sentimiento Muerto y Desorden Público. El concierto comenzó a las 4 p. m., pero yo recuerdo haber llegado como dos horas antes y pegarme a un grupo de bichos con Levi’s y franelas blancas y pelos locos que primero me veían con asco, pero que al rato, supongo que por lo absurdo de la situación, me adoptaron como mascota.
—Quédate por aquí, carajito. Pilas con una vaina —me dijo uno, y yo, obediente y sin decir nada, pero mirándolo todo, hice caso.
Cuando abrieron las puertas, la gente entró al recinto —el Nuevo Circo de Caracas, que lamentablemente hoy está destruido por los dos terremotos que pasaron en Venezuela a finales de junio de este año— y yo me pegué con el grupo de punketos, que me pedían cigarros y me preguntaban si mis papás sabían que estaba allí. Les dije que sí, pero no me creyeron.
—Carajito loco —me decían.
Entonces uno de ellos me preguntó qué otras bandas me gustaban.
—Guns n’ Roses, La Polla Records, Ilegales, Hombres G —le dije.
El muchacho se rió.
—¿Hombres G? Jajaja. ¿No te gusta The Cure? —preguntó.
—Sí, sí, claro —mentí.
Sabía que a todo el mundo le gustaba The Cure, pero yo no lo había escuchado nunca. Mi experiencia musical se limitaba a los casetes que copiaba de mi primo Eduardito, que era cinco años mayor que yo y que, cada vez que venía de visita desde Puerto Ordaz, se los traía y los ponía todo el día, cosa que habría atormentado a todo el mundo, pero no a mi papá, que nos dejaba hacer lo que nos diera la gana y que siempre llegaba a casa con revistas de rock viejas que compraba debajo del puente de la avenida Fuerzas Armadas, el mercado de pulgas de libros y discos de vinyl más fascinante del mundo para un niño de 11 años. Así que sabía cómo se veía Robert Smith antes de escuchar las canciones de Robert Smith y, curiosamente, en sus fotos se veía bastante parecido a los mamarrachos que estaban en el concierto conmigo.
—Fino, carajito. Así es. The Cure es arrechísimo. Y si te gusta The Cure, te va a gustar esto.
El muchacho sacó el walkman del bolso, me puso los audífonos y le dio play. Arrancó la canción a la mitad. Se notaba que la venía escuchando.
And I haven’t felt so alive in years...
La escuché moviendo la cabeza, concentrado, hasta que terminó. Y miré al muchacho, con cara de medio perdido.
—¿Te gustó? ¿Arrechísimo, verdad? —preguntó.
—Sí vale. Muy fina —le dije.
Pero estaba mintiendo otra vez. Lo que realmente pensé es que eso no era rock. No tenía guitarras, no había rabia ni groserías y, además, la melodía era como de canción de telenovela. Nada que ver con el verdadero punk. Era como música de discoteca sifrina, no de slam dance.
—Se llama Depeche Mode. Es de Inglaterra. Y lo hacen todo con teclados. Muy punk —dijo.
Comenzó el concierto y se armó la olla. Yo, que medía cinco centímetros de altura, estaba aterrado de meterme. Pero mi grupo de nuevos amigos punketos entró y me arrastró con ellos. Empecé a lanzar coñazos para todos lados con los ojos cerrados, alguien me jaló la franela por el cuello, pero nadie se metió realmente conmigo, porque estaba rodeado por un muro de contención de muchachos con pelos locos parados con laca. Ya para la última canción, con la camisa toda estirada y sucia, y mis zapaticos Adidas Stan Smith todos pisados, me sentía envalentonado y peligroso, y sobre todo, feliz.
No tenía reloj, pero ya estaba como que muy oscuro y tenía que agarrar una camionetica hasta mi casa, y después ver cómo iba a sortear el incómodo momento de entrar a mi apartamento en El Silencio, en esas fachas, y calarme el castigo que seguramente me iban a poner, aunque sabía que me lo iban a quitar al día siguiente.
Me despedí de los punketos y caminé hasta la parada. El muchacho con el que había estado hablando toda la tarde me gritó:
—¡Chamín! ¡Epa! Dame un cigarro pa’l camino.
Me quedaba uno, pero el día había sido tan fascinante que, sin dudarlo, se lo di.
—¡No vale! —me dijo—. ¿Seguro?
Yo asentí con la cabeza.
El muchacho sonrió, sacó el casete del walkman y me lo dio.
—Gracias, carajito loco. Toma, para que lo escuches completo. Gracias por el cigarro.
Me despeinó la cabeza, prendió el cigarro y se fue.
Guardé el casete en el bolsillo y me fui a esperar la camionetica.
No escuché el casete hasta un año después, cuando lo encontré en una gaveta, buscando uno para grabarle encima Lies de Guns n’ Roses. Cuando lo encontré no lo ubiqué al principio, porque no tenía nada escrito, solo DM BC en bolígrafo.
Lo rebobiné y lo puse para poder comprobar que no estuviera borrando algo importante.
Let’s have a black celebration
Black celebration
Tonight
To celebrate the fact
That we’ve seen the back of another black day
I look to you, how you carry on when all hope is gone
Can’t you see?
Your optimistic eyes seem like paradise to someone like me
I want to take you in my arms
Forgetting all I couldn’t do today
Black celebration
Black celebration
Tonight.
No lo reconocí, porque en efecto nunca lo había escuchado. No me había equivocado en mi primera evaluación. Sin duda no sonaba a rock. El error fue pensar que eso fuese, en efecto, algo malo.
Los primeros segundos de Black Celebration no suenan a rock porque suenan a otra cosa. La atmósfera, épica y melancólica, se va construyendo poco a poco, pero no con el desborde de una canción que te explota en la cara, sino como la banda sonora de la escena de una película, quizás de todas las películas, que todos los niños de mi generación veían los domingos por la noche en televisión.
Con los audífonos puestos, cerré los ojos y claramente vi a Sylvester Stallone, con un palillo mondadientes en la boca, lentes oscuros, rodando por las calles de una ciudad peligrosa, con tomas de las lámparas de vapor de sodio, dejando un halo sombrío a su paso.
Cuando el disco continúa con Fly on the Windscreen, estoy seguro de que Sylvester Stallone divisa a lo lejos un trío de malvivientes atacando a una mujer inocente en un callejón. En mi mente lo veo detenerse, bajarse, pistola en mano, y veo a uno de los malandros amenazarlo con un cuchillo.
Pero eso no lo detiene. De un tiro certero le quita el cuchillo de las manos, y el siguiente lo dirige hacia las rodillas del criminal, que cae al suelo gritando de dolor. Los otros dos criminales se miran las caras, sueltan a la chica y huyen, mientras la chica sale corriendo hacia los brazos de Stallone.
Cuando comienza A Question of Lust, el eco profundo de Dave Gahan da paso a la textura angelical de la voz de tenor de Martin Gore. Reafirmo que suena a canción de telenovela de Rudy La Scala, pero, dentro del contexto de la película que tengo en la cabeza, en lugar de Carlos Mata y Jeannette Rodríguez, es Sylvester Stallone quien besa a la mujer que acaba de rescatar.
La escena siguiente, efervescente, con las reverberancias de las voces y el piano de Sometimes, se reproduce en mi cabeza como una elipsis, donde Sylvester Stallone está terminando de vestirse, ya con la luz del sol entrando por la ventana de un motel, y se marcha mientras la chica duerme.
It Doesn’t Matter Two muestra a Sylvester Stallone entrando a su carro, mirando las cortinas de la ventana de la habitación del motel de la que acaba de salir, hasta que arranca el carro para irse a cumplir su destino.
Y aquí es que la película se vuelve interesante.
A Question of Time nos trae a Sylvester Stallone mirando por el retrovisor mientras una banda de motorizados armados con escopetas lo persigue. Obviamente, Sylvester Stallone es el mejor conductor del mundo, así que frena dramáticamente, haciendo que el carro quede de frente a sus perseguidores, y les dispara, haciendo que las motos exploten por los aires.
Sin embargo, entre el humo y las llamas de sus perseguidores, entra caminando en escena, en cámara lenta, Willem Dafoe, vestido con un sobretodo, mientras Stripped suena de fondo.
Flashback.
Sylvester Stallone es unos años más joven. Su mundo no es sombrío. En su casa, bordeada de cercas blancas, lo vemos en la cama con Kim Basinger. Ambos ríen. El rostro de Stallone no muestra las cicatrices de dolor que muestra hoy. Here Is the House es la canción que suena, hasta que Willem Dafoe entra por la puerta junto a cuatro secuaces armados hasta los dientes. Las ráfagas de los disparos dejan la casa hecha una nube de pólvora. Kim Basinger está sin vida en la cama y Sylvester Stallone está a su lado, herido e inconsciente. Suena la sirena de la policía y Willem Dafoe se va junto a sus matones.
Fade to black.
Sylvester Stallone abre los ojos en un hospital. El sonido del monitor cardiovascular suena rítmico, seco, distante, pero real, mientras World Full of Nothing suena de fondo.
It’s easy to slip away and believe it all
It’s easy to slip away and believe it all
It’s easy to slip away and believe it all
It’s easy to slip away and believe it all
Fade to black.
Sylvester Stallone está frente a una tumba en el cementerio mientras suena Dressed in Black y llueve levemente. Deja la rosa que lleva en la mano sobre la tumba.
Shadows fall onto me
As she stands there over me
And waits to encompass me
I lay here helplessly
But, oh, what can you do
When she’s dressed in black?
Flash forward.
Sylvester Stallone y Willem Dafoe están frente a frente mientras New Dress suena de fondo. El duelo es inminente. Aquí sabemos las razones de la persecución. Y aquí sabemos que es el momento de la justicia.
Willem Dafoe intenta disparar, pero ya es demasiado tarde. Sylvester Stallone le ha dado un disparo en la cabeza.
Y, mientras se disipa el humo de las calles brumosas de la ciudad, escucho:
You can’t change the world
But you can change the facts
And when you change the facts
You change points of view
If you change points of view
You may change a vote
And when you change a vote
You may change the world
Y así, Sylvester Stallone vuelve a montarse en el carro. Saca de su billetera una foto de Kim Basinger y le prende fuego. Ajusta el retrovisor y arranca.
Comienzan a rodar los créditos y la canción es But Not Tonight.
Oh God it’s raining
But I’m not complaining
It’s filling me up with new life
The stars in the sky
Bring tears to my eyes
They’re lighting my way tonight
And I haven’t felt so alive
In years.
Gracias por leer Forever Indie. Si crees que estas cartas pueden significar algo para alguien más, compártelas.
Black Celebration es el disco que siempre he querido hacer. Podría argumentar que es por su sonido, pero no es cierto. Independientemente de su producción industrial, tan distinta a cualquier cosa que yo hubiese escuchado antes, su cualidad más interesante, al menos para mí, es lo emocionante que es sentir que, más allá de las letras, está contando una historia.
En mi cabeza, la historia que cuenta siempre cambia. No es la misma historia la que imaginé en 1990, cuando la escuché por primera vez, que la que cuento hoy, cuando lo escucho al menos cuatro veces a la semana, en el vinyl original de 1986 que compré usado por $15.
Pero, aunque la historia cambie, la odisea es la misma. Eres alguien al comenzar y eres otro cuando termina. Su drama está en su alma, no en la superficie. Black Celebration es el disco que me mostró que la música puede tener ambición cinematográfica. Y, con todo lo que he leído obsesionado con él, también le enseñó lo mismo a la banda. Depeche Mode era una banda pop haciendo flores de un día (maravillosas, pero al fin y al cabo, flores), y, de repente, era una banda haciendo monumentos, una banda con perspectiva. Black Celebration también es un disco puente. Los siguientes cuatro discos simplemente escalan la ambición o la visten con distintos trajes sonoros, pero no la abandonan. Si acaso la exageran, la adaptan al rock de estadios, al blues, al gospel y al trip hop. Hablaré de cada uno de ellos en su momento, pero lo que quiero dejar claro es que esa ambición nunca se va. Cuando le quitas las etiquetas y los problemas internos y el estrés y el caos y la fama, sigue siendo Martin haciendo canciones para que Dave las cante y para que Alan las haga sonar como deben sonar, mientras Andrew les recordaba a todos que la ambición puede ser desmedida, sí, pero que siempre puedes no tomártela tan en serio.
Con los discos, como con los libros y las películas, tenemos la mala costumbre de esperar que nos expliquen exactamente lo que el artista quería hacer. No obstante, yo he tratado siempre de responderme a mí mismo esa pregunta.
Ahora que mi primer disco está prácticamente listo. Ahora que he estudiado hasta el paroxismo cada cadencia, transición y tensión melódica de los discos que amo, solo ahora soy capaz de calcar ese template para poder contar también una historia.
Mi primer disco suena a muchas cosas y una de esas cosas es Depeche Mode. Pero no creo que lo escuches y te des cuenta. Porque no me estoy robando sus sonidos ni sus notas ni su estética. Me estoy robando su drama para hacerte sentir lo que sentí yo aquella tarde cuando escuché Black Celebration en un casete regrabado que me dio un mamarracho punk cuando yo tenía 11 años y le di mi último cigarro luego de mi primer concierto de rock.
G.
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