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Las cosas buenas les pasan a los otros · Apr 20, 2026

Romance en la era de las apps de citas: más conectividad, menos conexión real y paciencia

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Flor Tundis · Las cosas buenas les pasan a los otros

Soundtrack de este artículo:

En el chat de WhatsApp de mi grupo de amigas solemos contar si alguna tiene una cita, una casi cita, un like en una storie. Una de las que más se expone soy yo: soltera, ansiosa, en mis treinti largos, bisexual, un poco promiscua, presente en todas las apps de citas y redes sociales, y ahora con la inquietud de si quiero ser madre o no. Y, sobre todo: soy una persona muy charleta, a que le encanta explayarse a troche y moche sobre lo que le pasa. Sí, hago terapia. Aparentemente no me alcanza.

Una de mis amigas me recordó el capítulo de Friends en que Rachel cumple 30 años. Hace las cuentas de a qué edad debería conocer a su futuro marido para estar casada y con su primer hijo a los 35 años. Las cuentas no le cierran. Debería conocer a su alguien especial pasado mañana.

Yo pensaba… tengo 37 años. Si quiero tener un hijo, máximo a los 40, debería conocer a alguien ahora para tener tiempo de conocernos bien, convivir… Como a Rachel: no me dan las cuentas. Pero ahora muchas mujeres tienen hijos a los 40, ¿no? Y tampoco soy biologicista, me gusta la idea de adoptar. Congelar óvulos ya lo descarté, pueden leerlo acá y acá. Además, si incluso formo pareja con otra mujer, si yo no puedo embarazarme, quizás se puede embarazar mi pareja. En fin, cuando hay varias alternativas y mi ideal de familia no está delimitado, ¿por qué me corre la ansiedad?

Ayer entré en ese loop de tiktok en el que dejás un video más de dos segundos y el algoritmo decide que el tema de ese tiktok va a ser el tema de todos los tiktoks que te aparezcan durante las próximas tres horas. Generalmente me pasa con edits de Heated Rivalry, The Pitt o videos de gatitos. Pero cuando estoy medio trabada amorosamente, me quedo unos minutos de más viendo videos de chicas atravesando una situationship (palabra que odio, pero también odio el término chonguear), varones gritando y dando consejos malísimos y, claro, los psicólogos especialistas en parejas, unos Adiós Cachorra… ¿un poco más formados? Me aparece sobre todo ella, que me cae muy bien.

Entre las opiniones de mis amistades, los tiktoks de extraños y los consejos de pseudoprofesionales, me suelo marear y olvidarme de qué es lo que en realidad pienso de la situación que atravieso y cuáles son mis deseos a corto y a largo plazo. Sí, otra vez, hago terapia, pero no es magia. Es como cuando en twitter scrolleás y ves una opinión sobre un tema y decís “re, es así”, le das like, y al rato ves otra opinión mejor argumentada pero totalmente contraria a la anterior y le das like también.

Este año me propuse no exponer situaciones íntimas en mis redes sociales. Ni laborales, ni de amoríos, o al menos nada puntual ni con nombre propio que esté pasando en el momento en que escribo las cosas. El año pasado me drené con toda la situación del que me rompió el corazón. Escribí cosas acá, en tuiter, en chats infinitos, en mis notas privadas de telegram, en el taller de escritura que estaba haciendo. En vez de aliviar la angustia que me generó, me hizo repetir una y otra vez momentos que nunca digerí bien y que me arruinaron el ego. Pero, si bien esa situación está superada, los miedos y ansiedades en cuanto a vincularme con otros y otras siguen estando. Y si bien yo tengo cosas a trabajar, el romance moderno nos está llevando puestos a todos.

Me cuesta fluir, me cuesta dejar que las cosas sigan su rumbo, me cuesta mantener mis posturas y conclusiones con respecto al amor. ¿Qué quiero? ¿Dónde está mi deseo? ¿Dónde están mis límites? ¿Por qué conocer a alguien me suele desregular emocionalmente? ¿Es mi culpa? ¿Es del otro? ¿Es la sociedad actual? ¿Es culpa de Milei y Toto Caputo? ¿Cómo perder a un hombre en 10 días me arruinó? Kate Hudson, ¿fuiste vos?

Diré un cliché: las redes y la inmediatez, estar siempre online, en vez de acercarnos y facilitar las relaciones interpersonales, las complicaron y terminaron de romper la formación de nuestras autoestimas. Todo está al alcance de la mano, todos estamos conectados la mayoría del tiempo. Puedo ver muchas de las cosas que hacés a través de Instagram. Y si subiste una storie, ¿por qué corno no me respondés por WhatsApp?
Todo esto me llevó a pensar en mi primer noviazgo. Sin smartphones. Con el MSN, mensajes de texto y llamadas por teléfono donde quizás hasta te atendía mi mamá.

A fines de 2007, con 18 años, empecé a salir por primera vez con un chico. Recuerdo que yo quería hablar por teléfono todos los días (ahora no le atiendo el celular ni al delivery aunque esté en la puerta con mi cuarto de helado de Rapanui y yo en Narnia) y la verdad es que no había mucho de qué hablar. Él me lo cuestionó: “¿Te parece enojarte si un día no te llamo?”. Yo me enojé, por supuesto; mi mamá decía que teníamos que hablar todos los días. Pero, obvio, él era el que tenía razón. ¿Qué tenía para contar una chica de 18 que recién terminó el CBC de Economía y se la pasaba leyendo Crepúsculo? Al mes o dos meses de salir, me acuerdo de que me dijo que recién salía de una relación larga y que no sabía si quería ponerse ya de novio. Me puso mal, yo estaba re enganchada, yo quería un novio. ¡Quería un amor como el de Bella y Edward! (Mmm…). Pero, a fin de cuentas, poco importó: al tiempo me pidió ser la novia y estuvimos juntos cuatro años.

¿Cuál es la diferencia con el ahora, que en cuanto las cosas se ponen un poco intensas te tiran el famoso “no sé qué quiero”, “no quiero nada serio” aunque tengan 40 años y se estén quedando pelados? No digo que antes no pasaba; el primer capítulo de Sex and The City empieza con un ghosteo analógico de 1998. Pero en el 2008, si bien me angustié un poco cuando me dijo que todavía no quería que fuera la novia, creo que ni lo hablé con nadie y seguí, no se puso en juego mi ego ni mi validación como persona. No había grupos de WhatsApp, no había consejos de influencers del amor, no existían las apps de citas y las supuestas mil posibilidades (frustrantes) de conocer a otros. Sí, está bueno pensar que si no te quedás con tu primer novio no vas a morir soltera porque ahora es más fácil conocer gente (ponele), pero ¿a qué costo?

En el transcurso entre mis 19 años y mis casi 40 pasó algo: ya no tengo esa ¿seguridad? ¿paciencia? Será que… ¿las redes sociales me volvieron loca? ¿El reloj biológico me pide que no pierda más el tiempo, sea lo que sea que signifique eso?

Ahora pongo en debate continuo cómo debería proceder en cada instancia de un nuevo romance. Qué opina este grupo de amigas, qué opina este otro, qué dice mi mejor amigo varón. Ah, en tiktok a todas les pasa lo mismo, los varones son unos idiotas. A ver qué me aconseja Adiós cachorra (es un chiste, no me tomo en serio lo que aconseja Adiós Cachorra… ¿o sí?). Trato de encajar cada movimiento que siento que hace la otra persona dentro de los términos modernos del mundo de las citas: ghosting, love bombing, bread crumbing. Todos los días hay uno nuevo. Parece una partida de ajedrez.

Encima la oferta de personas, si este no me sirve, parece infinita. Basta con abrir OkCupid, Bumble o Tinder y coquetear con un par. Si vos no me servís, alguno de estos otros tal vez sí me sirva. ¿O no? Pero a la vez, no me tengo que olvidar de que es difícil concretar salir con alguien, sentir una conexión, verse más de dos veces seguidas. Entonces tengo que aferrarme a este vínculo incipiente porque ya pasamos tantas citas y puede salir bien. Volver a empezar me cansa tanto…

Pero la rumia sigue. Él/Ella debe estar saliendo con otras. Hablando con otras. Tengo que hacer lo mismo, no tengo que ser tarada, tengo que repartir la energía, tener varios y varias en el tintero. No le voy a responder rápido, no le voy a proponer vernos siempre yo. ¿Pero no se supone que no me tengo que limitar en lo que siento? Si me siento forzada a hacer o no hacer, no sirve. A ver qué dice la psicóloga de tiktok.

¿Acaso estoy escribiendo todo esto para que él o ella me comprenda un poco más? ¿Es un metatexto? ¿Se lo paso a mi psicóloga para que ya sepa de qué va a tratar la próxima sesión?

Las reflexiones principales que me rondan estos días giran en torno a no desesperarme cuando empiezo a conocer a alguien. Si yo tengo una vida bastante estimulante, con muchos amigos, actividades, ideas por escribir, ¿por qué no puedo poner lo otro en segundo o tercer plano? Cuando llevás conociendo a alguien unas semanas, unos meses, tu vida debería seguir como si nada si no aparece mucho, si las cosas no salen bien. Todavía es un/a desconocido/a.

Finalmente, ¿cuánto tiempo nos damos realmente para conocer a alguien? ¿Cuántas interacciones? ¿Cuántas oportunidades me da verdaderamente el/la otro/a? Lo más fácil, cuando el otro ya no me sirve, es desaparecer. Ghostear. Y volver a empezar.

Read the original on flortundis.substack.com

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