El otro día me quedó dando vueltas en la cabeza una frase que decía: “Lo peor de la soltería es que no dejás de pensar en el amor. Es como cuando no tienes dinero: no piensas en otra cosa”. Es de Alain de Botton.
Los pensamientos intrusivos de la depresión se podrían describir también de esa manera. Pero multiplicados por mil. No dejás de pensar en todo lo que te falta, en todo lo que no sos, en todo lo que tu cabeza te dice que no vas a ser. Una y otra vez, una y otra vez. La rumia no para.
Muchas veces, ciertos antidepresivos se recetan para frenar estos pensamientos a los que nada parece frenar. Ahora se usa mucho la palabra hiperfoco para cualquier cosa, pero un hiperfoco de una persona depresiva o ansiosa no tiene nada que ver con obsesionarse con un tema de manera funcional. Tu cabeza se transforma en ese tema. Investigás, muchas veces, sí, trataás de leer artículos relacionados, también, pero el tema ya se adueñó de tu pulso de vida.
Por supuesto, se transforma en un agujero sin fin. No tengo amor, ¿dónde encuentro amor? no estoy llegando a fin de mes, ¿qué hice mal en mi vida laboral para llegar acá? (sacamos de lado el tema político porque a nuestra conciencia no le interesa razonar de esa manera), este trabajo no me salió, repaso todo lo que hice mal durante la entrevista. Estos pensamientos se multiplican hasta que te falta el aire. Si es algo que no tiene explicación, como la muerte, una enfermedad o un duelo, la cosa se pone muy fea.
Bueno, el amor tampoco tiene explicación, ¿no? Y por eso también obsesiona. ¿Por qué ella sí y yo no? y lo que mas duele, ¿Por qué no me eligió? No hay lógica para entender por qué conocés a una persona y te encanta, y querés verla y conocerla más y más y la otra persona… te pone un freno. Ni hablar si se desencanta o desenamora de un día para el otro y vos te quedá con tu enamoramiento en la mano. No hay explicación. Como si la causa igualmente pudiera darte algún tipo de paz.
No hay paz en el desamor.
Estos días tuve que frenar. Quedarme en mi casa. Dormir más horas de las que estuve despierta. Usar clona como rescate. Escribir esto acurrucada en el sillón, con una sola mano. Júpiter encima mío, todo el tiempo, vigilando. Constatamos mutuamente que la otra siga respirando. ¿Qué va a pasar cuando Jupi no esté más?
Borré Twitter e Instagram del celular. Quizás por eso volví a Substack. No quiero compararme más, no quiero ver parejas felices, panzas deseadas de embarazadas. No quiero ver stories de amigas que ya no son tan amigas o de posibles amantes que no me hablan. No quiero que la gente se entere cosas de mí solo por stories. Qué pasó con el viejo y querido “¿Cómo estás?”. Y ahora, igual, no quiero contestar ningún whasapp.
Siento como algunas amistades se alejan y ya no puedo hacer nada para aferrarlas.
Me tomé estos días para escribir. Quiero escribir. ¿Por qué no puedo escribir? Ante la frustración de no poder vivir de la escritura, mi psicóloga suele cerrar la sesión con un “¿Y estás escribiendo?”. Solo tengo excusas como respuesta.
Pero ante la frustración del amor no correspondido, ¿qué acción no estoy poniendo en práctica para que suceda?
Mi soledad me pesa y solo me provoca ganas de aislarme. No entienden. No quiero querer esto que quiero. No quiero anhelar amor y un proyecto de familia. Quiero poder sola. Quiero ser ejemplo de que está bien ser desfachatada, desapegada, una persona en busca solo de su placer. Egoísta, independiente. Alguien que nunca quiso a nadie más compartiendo su casa, su espacio, su intimidad.
Pero no es así y estoy cansada.
Me vuelvo a dormir.

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