El fútbol es el escenario, que con todos sus claroscuros, un día se encuentra con un pibe morocho pobre, pobrísimo, con una pelota que inclina la balanza un poco para el lado de los sures despojados de justicia. ¿Cómo puede una feminista disfrutar el futbol? Mi respuesta es ¿cómo podría no hacerlo? Si es el espectáculo en donde me olvido de quien soy para poder compartir algo más grande que yo misma. No le pidan al futbol lo limpio, lo puro. El futbol está hecho de lo que estamos hechos las personas: pecado y contradicción. Probablemente por eso al máximo referente se lo llame Dios, porque nadie está hecho más a imagen y semejanza que el pecador. He vivido los suficientes años como para saber que Dios es imperfecto.
En el futbol, donde circula a veces la avaricia y los egos, las apuestas y la compra de voluntades, hay una pelota que a pesar de cualquier estímulo y dirección, marca una trayectoria soberana, indisciplinada, que muchas veces -no todas las que quisiera- tuerce el destino de las injusticias, y rueda hasta lo impredecible. Transforma el destino de los sures condenados a la marginalidad y lo invisible, y pone en boca de todos, el nombre de aquellos países que pretenden ser olvidados.
Durkheim llamó efervescencia colectiva, para hablar de una catarsis global que sucede en lo religioso, en el que se produce una fuerza superior a lo que nos mueve individualmente. Por eso el fútbol tiene tanto de mítico y religioso, porque su dinámica de comportamiento opera de alguna forma en maneras similares.
No pretendo entender al futbol, ni a lo religioso para ubicarme en la lejanía de quien puede, a través del análisis racional, escindirse de algo que me hace parte inevitable de la historia de la que estoy hecha. No pretendo torcer las fuerzas superiores ni creer que puedo evitarlas.
Sé que no hay experiencia más trascendental y amorosa que verme atravesada y conmovida por aquello que no entiendo, por aquello que no puedo producir sola y que tampoco puedo disfrutar aislada. Se que esto es sumamente revolucionario en un mundo que me pide que produzca y disfrute sola, de lo mío, de lo propio, como si nadie hubiera existido en el proceso para hacerlo posible.
Me siento más identificada con quienes solo tienen un pedazo de tierra para correr una pelota hecha de trapo e hilo, que con cualquier teoría que me diga que es lo correcto o a quién hay que juzgar, sobre todo porque para eso yo tengo tiempo, lo que significa en sí mismo un privilegio que me distancia de quienes no lo tienen. Algunos no tienen la posibilidad de esperar, de hacer una pausa para decidir analizar al mundo.
El futbol me recuerda que somos, antes que cualquier bandera o cualquier teoría, un cuerpo que necesita de otro cuerpo para poder reír, y porque no hay ninguna otra cosa que en nuestra historia como humanidad compartida, nos haya posibilitado mirarnos a los ojos y sentir que los otros, son y serán siempre, mis hermanos.
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