Últimamente me pasa cuando hablo en una entrevista o escribo un artículo que los años en redes sociales comienzan a sentirse. Aparecen voces en mi cabeza en la que ya sé lo que me van a contestar respecto a lo que estoy escribiendo o diciendo. “No es tan así, otra vez con eso de los hombres y mujeres” un glosario de significantes para señalarme que el feminismo esta demodé y que por suerte ya hemos saldado todas las diferencias ¡ja!
Hablar del amor sigue siendo saber que voy a recibir como contrapartida las opiniones de un montón de varones, y algunas mujeres que tratarán de apuntar a mi vida privada para decir el porqué escribo lo que escribo: es que eres una resentida, es que odias a los hombres, es que tu papá, es que eres soltera. Eso ya lo aprendí del estudio de Harvard denominado Can an Angry Woman Get Ahead? aquí se evidencia que cuando una mujer argumenta sobre algún tema, la respuesta que suele recibir es evasiva o bien sobre características personales de ella misma que la distraigan de su punto de autoridad. Las mujeres terminan perdiendo el enfoque de lo que querían expresar y no entienden el porqué. Las conversaciones tienen como destino ser un estrado donde ellas se defienden así mismas de porqué piensan lo que piensan, o porqué sienten lo que sienten. Un estrado donde tienen que explicar el porqué no son malas, que tiene como resultado la pérdida de su voz, la pérdida de su presencia, el silencio como opción para evitar conflictos.
Y bueno, un poco así me siento yo, con esas voces que no son mías que me tratan de convencer que me calle, que no tengo nada para aportar. Es inevitable terminar cuestionándose. Un debate interior eterno entre querer denunciar lo que nos atraviesa a las mujeres, y el hecho de que no piensen que soy un poco resentida. Al carajo ¿Cómo no voy a ser resentida si todos los días el mundo me recuerda a mi, o a alguna mujer que quiero, amo o admiro lo condicionadas que estamos? Y es que para ser mujer, y que no duela, hay que hacerse bien la boluda, digamos todo.
Últimamente se me hace cada vez más difícil escribir, no más fácil, que es lo mismo que se me haga más difícil decir ¡decir, justo a mi! que capacito en cómo romper el silenciamiento de los demás y ejercitar la oratoria. Justo yo, me siento cada vez más silenciada. Supongo son esos laberintos de contradicciones por los que te suele llevar la vida, que es un poco hija de puta, para ser más exactos y utilizando la altanería de este insulto patriarcal.
En esto de las incoherencias propias, me hace acordar cuando luego de haber publicado mi cuarto libro sobre feminismo, me embarqué en una relación en la que me hice cargo de un otro adulto a nivel económico y emocional, como si fuese un hijo. Toda responsabilidad mía eh. Yo hacía exactamente lo que le decía a los demás que no hagan. Evidentemente uno es un poco el psicópata de sí mismo, a veces, y otro es el empeño de una fuerza universal para mostrarnos de qué estamos hechos realmente. En términos del psicoanálisis, el síntoma.
Salir de los laberintos mentales requiere necesariamente hacerse preguntas incómodas, porque no puede ser que cada vez que miro a mi alrededor las mujeres más brillantes que conozco terminan igual ¿Y si esa tarea autodestructiva en la que me embarqué por el hecho de ser amada, no hubiera sido otra que la fuerza que nos lleva como inercia a las mujeres, a hacer lo que tenemos que hacer, para ser amadas? Ya sé, a priori -nuevamente las voces en mi cabeza- alguien me dirá que amar siempre tiene costos, que por amor hacemos cosas que denominamos irracionales, y que perder es parte de esa tarea. Pero entonces ¿Por qué es una constante que las mujeres sientan que tener una pareja las desdibuja? ¿Es una creencia limitante propia, un recorte que hace mi cabeza de la realidad, o algo que puede reflejarse como patrón social? ¿Y si todas las opciones fuesen correctas?
Vamos a lo que me gusta a mi: datos. Según una investigación publicada en el American Economic Journal: All the Single Ladies: Job Promotions and the Durability of Marriage los matrimonios heterosexuales con igualdad de género en los países progresistas son en su mayoría una ilusión: las mujeres en Suecia se enfrentan a tasas de divorcio más altas después de ser ascendidas a puestos de alto nivel en la política y los negocios. Es decir, incluso en paises donde la desigualdad cultural parece ser menor por ciertas cifras de desarrollo humano, el amor sigue siendo un dato sociológico. Me acuerdo una vez que me dijeron -que triste que lo veas así- con la mirada fija, y la cabeza torcida para un lado del hombro. Esa persona ahora sufre los males de estar cargando con un hijo y una profesión como una verdadera malabarista china, mientras el marido los viernes tiene sus partiditos irrenunciables con los amigos, tudo bom, tudo legal. Merece un capítulo aparte cómo la maternidad enfrenta a algunas mujeres a las desigualdades que negamos ver en nuestra etérea juventud, donde creímos que nuestra libertad estaba sujeta simplemente a deseos individuales. En la maternidad muchas se hacen feministas y descubren que esa a la que señalaban no era tan exagerada.
El artículo citado explica que las mujeres son más propensas a experimentar mayores niveles de estrés y fricción -para decirlo suavemente- cuando se producen cambios en la división de sus roles económicos y sociales con su par masculino, es decir, cuando tienen que comenzar a negociar pequeñas cuotas de una tensión dada por las modificaciones de las dinámicas familiares habituales, donde ellas sostienen el rol de administradoras emocionales. Una de las cuestiones que me parecieron graciosas sobre la respuesta que tuvo este riguroso estudio que utilizó muestras de la composición de los hogares desde el año 1979 al 2012, fue que se argumentó que esto sucedía porque una vez que las mujeres estaban en posiciones más altas decidian “reemplazar” a la pareja. Una sutil forma de decirnos putas especuladoras, en vez de cruzar el dato con otros como la enorme carga de tareas familiares que llevamos adelante aunque seamos la mismísima primer ministra de Suecia con un harem -de otras mujeres por supuesto- que trabajan para nosotras.
Por supuesto que soy partidaria de pensar estos divorcios -y las tensiones que nos acompañan hoy en el ámbito de la vinculación heterosexual- como algo positivo. Si las mujeres se ven envueltas en relaciones desiguales con una pareja que no apoya su carrera, el divorcio nos permite continuar una trayectoria profesional sin tanta carga emocional. No obstante me parece un costo injusto, porque aunque creamos que no necesitamos del mandato de la pareja, y aunque nos empecinemos por querer escindirnos de él, al final del día todas y todos desearíamos sentir que tenemos un partner in crime, como reza el dicho. Un compañero, una compañera.
Otro estudio publicado en Oxford academic, denominado. Social Norms, Labour Market Opportunities, and the Marriage Gap Between Skilled and Unskilled Women del año 2021 documenta que en la mayor parte del mundo desarrollado, las mujeres cualificadas se casan con menor frecuencia que las menos cualificadas. Pero notan algo muy interesante, a medida que las oportunidades laborales para las mujeres han mejorado a partir de la década del 90, la brecha matrimonial aumenta en algunos países pero disminuido en otros ¿por qué? Por la cultura de ese país. En las regiones donde disminuye la tasa de matrimonio es justamente donde hay un mayor conservadurismo respecto a los roles femeninos y su participación como trabajadoras. A medida que las estructuras sociales que institucionalizan la desigualdad nos empujan a ser mujeres abnegadas, las mujeres naturalmente eligen menos casarse o tener hijos. Esto último es de particular importancia si tenemos en cuenta que la brecha de retracción sobre la natalidad en todo el mundo se da tanto en países desarrollados como no desarrollados. No es que no tenemos hijos porque las condiciones estructurales no están dadas, en países desarrollados las tasas de natalidad decrecieron porque las condiciones culturales no lo están.
Un último estudio que cito, porque créanme hay muchísimos que están tratando de dar respuesta a los desencuentros del amor heterosexual es del Centre d'Estudis Demogràfics: Desajustes en la búsqueda de pareja: educación y valores de género en el mercado matrimonial español Se trató de explicar cómo las mujeres a medida que sus niveles educativos aumentan comienzan a encontrar más dificultoso el camino de amar y ser amadas. Por lo tanto, no me digan que el amor es un destino que tenemos todos esperando que nos cruce y nos demuestre que ese par existe para todas y todos. La investigación se centra en mostrar primero una diferencia entre oferta y demanda dicho de manera torpe. Donde las mujeres están más calificadas tienen menor “oferta” amorosa de hombres con su mismo nivel de educación, primero porque ellas son más numéricamente, y segundo porque estas mujeres suelen tener estándares relacionados a la igualdad de género que los varones con su misma formación decían rechazar o expresar que los mismos “son muy exagerados”. También hay otra variable, los hombres con su mismo nivel educativo no tienen como estándar obligado vincularse con mujeres del mismo nivel de formación y de hecho no las prefieren.
Entonces volviendo a las preguntas iniciales, a este laberinto emocional de contradicciones, no puedo dejar de sentir que a medida que la vida me ha dado más herramientas económicas, de gestión emocional, de conocimiento de mi misma, de un nivel educativo más alto, he sentido que la construcción de una pareja heterosexual se ha hecho cuesta arriba. Es inevitable, más allá del nivel educativo, no sentir que cuando las mujeres creemos en la igualdad de género y por ende la exigimos como estándar en nuestras dinámicas, hay algo de la expectativa romántica de un varón que aprendió que el amor es una mujer obnubilada, detallista y presente, que se rompe -y peor- que no logra sentirse atraido por una propuesta de pareja que sea eso, pareja, en todo el sentido de la palabra.
Por años nos conformamos con el solo hecho de tener vínculos románticos como una expectativa deseable, primero por mandato cuasi legal dado que para las mujeres andar por el mundo sin pareja era sencillamente peligroso. Y hasta el día de hoy nos acompaña la idea de que tener novio es mejor que no tenerlo, incluso a pesar de que esto se lleve un cansancio mental en nuestras vidas que muchas veces sólo logramos ver en una adultez avanzada. Como dicen los estudios esto se está transformando ¿pero cómo nos habitan esas tensiones? pagando nuevamente un costo. Si este artículo formara parte de un capítulo o de un libro se llamaría: “Todo lo que pierde una mujer en el camino" y es que me es inevitable no sentir que estamos acorraladas entre el deseo genuino de amar y de saber que para nosotras hacerlo tiene un costo mucho más alto que lo que exige sencillamente hacerlo, es un costo extra dado por tener que negociar constantemente entre ser deseadas desde un lugar genuino y el ser deseadas porque la construcción cultural que hay de una mujer deseable sigue siendo la de ser la que cede, la que contiene, la sensible, la que no habla de dinero para no incomodar, la que da sin mirar. Para nosotras embarcarnos en lo que supone una pareja tiene muchas etapas en las que vamos dejando cosas de nosotras mismas: tiempo, cansancio, sobre explicaciones en las que tenemos que sostener al otro, pensar en la autoimagen corporal, etc. Nadie puede negar que en nuestra cabeza escuchamos frases del tipo: “no te abandones” “no seas tan pesada” “no te enojes tanto” “entendelo más” “quién te va a querer gorda” “quien te va a querer vieja” “los hombres son más simples, eso es lo que pasa” “quien te va a querer tan enroscada con esas cosas de la desigualdad de género” “quien te va a querer tan ocupada en tu trabajo” “quien te va a querer con ese carácter” “quien te va a querer… por lo que sos”. Voces del infierno.
Seguramente algunas- algunos dirán, bueno, pero por suerte esto está cambiando. Sí, esto es real también, no obstante incluso en las parejas que parecen más pares y que conformaron una familia, cuando la misma se disuelve, por muchas razones, la carga queda desproporcionadamente en una mujer. Y es que no se trata de buscar enemigos, una frase que escucho también en mi cabeza, y que apunta “no todos los hombres” pero el problema está en que no se trata de pensar en los varones como personas que nos quieren mal, sino en entender que el problema está justamente en los varones buenos. Los buenos, los que no lo ven, los que lo hacen sin querer, los que están intentando. Ese punto medio, el limbo en el que nos piden a las mujeres: aguanten un poquito más chicas, que ya llegamos, estamos deconstruyéndonos. Ese es el problema, que mientras nosotras esperamos, parece que tenemos que conformarnos con las buenas intenciones, y son justamente éstas las que trazan el camino de una Penélope que espera eternamente, que espera, envejece y muere.
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