Esa mujer hermosa del pasado que quisiera ver de nuevo,
en la que se ocultaba una dulzura suave, etérea,
y que cuando paseábamos los tres junto a los campos,
se metía seria y feliz en el barrial,
que, si me miraba, me dejaba temblando,
esa mujer hermosa del pasado a quien querría no amar.
Sólo quisiera verla, no tengo otra intención,
tomando sol, soñando, sentada en el jardín
y, como ella, un libro cerrado en la mano
y el ramaje espeso bramando en el viento del otoño.
La observaría mientras, de pronto, dubitativa y lenta,
como quien piensa en algo en la glorieta sonora,
se para, mira alrededor, y súbitamente
avanza hacia la senda que, tras los arbustos del jardín,
la espera para llevarla lejos,
con los árboles a cada lado agitándose para despedirla.
Me gustaría solamente verla, como un niño a su madre muerta,
a esa mujer hermosa del pasado, mientras se aleja en la luz.
Attila Jozsef, 1936
¿Es posible traducir de una lengua que no se conoce? ¿Y tan lejana?
Attila Jozsef escribía en húngaro, un idioma que pertenece a la familia urálica (o, más precisamente, fino-úgrica), que comparte poco y nada con las lenguas indoeuropeas. ¿Cómo es posible que, limitada al conocimiento de lenguas latinas, germánicas y una ínfima introducción a las eslavas, me atreva a ensayar la traducción de un poema cuyo original me resulta tajantemente extranjero?
Todo comienza donde siempre: el amor. Hace muchísimos años, en la primera juventud de Internet, me topé con “That pretty woman from the past”, poema de un autor que desconocía, traducido al inglés por Gabor G. Gyukics y Michael Castro. Su dulzura y, sobre todo, lo fantásticamente certero de su evocación nostálgica, me impactaron muchísimo. Lo tuve guardado durante más de dos décadas y varios discos rígidos, releyéndolo en ocasiones, a veces sonriendo, a veces llorando. Siempre conmovida.
¿Por qué no intentarlo? ¿Acaso Ursula K. LeGuin no publicó su versión del Tao Te Ching sin saber leer chino? Es un libro al que ella amaba y con el cual trabajó cerca de cuarenta años, comparando traducciones a distintos idiomas y consultando la traducción literal de los ideogramas que editó Paul Carus en 1898. En sus palabras:
No la llamo realmente una traducción porque no sé chino. Es una versión desarrollada a partir de todas las otras versiones en inglés, y un par de las francesas, y la traducción del chino palabra por palabra y muchísima ayuda de mi colaborador que sí sabe chino: chino antiguo. Fue muy divertido, ay sí, fue maravilloso intentar mi propia lectura del libro infinitamente releíble.
Esta segunda dimensión es clave: la diversión. Se trataba de un texto querido y al que disfrutaría mucho llevándolo al castellano. Como primer borrador, traduje la versión de Gyukics y Castro. Luego examiné el original en húngaro en busca de patrones métricos o sonoros, a pesar de desconocer el idioma, usando únicamente la intuición. ¿No es de las armas más poderosas de la traducción literaria? Al fin y al cabo, la poesía es la materialización de una sensibilidad que, más allá de la lógica presente en todo texto gramatical, suele ser más accessible mediante la intuición y la sintonización emocional y sensorial.
Encontré varias aliteraciones, poca variación métrica y cierta rima asonante y ligera, que decidí no sostener, para que no se perdiera del todo la naturalidad. Después comparé mi resultado con la única otra traducción que encontré, a la lengua rumana y, finalmente, con la traducción literal que hace DeepL del poema original. Fue importantísimo no empezar con esto. De otro modo, mi lectura habría estado demasiado condicionada por la versión automática, que a mi juicio no debería ser un punto de partida, sino una herramienta de pulido.
Al sentirla más o menos terminada, la dejé descansar, como casi todo lo que hago, para poder volver otro día con la mirada fresca. Fue una buena idea, ya que le terminé realizando varios ajustes hasta que quedé contenta.
Al leer el resultado volví a sentir el impacto de ese texto del que me enamoré hace tantos años, esta vez en mi lengua materna. Es muy posible que, como dice LeGuin, no se trate verdaderamente de una traducción, sino de una lectura. Pero, al mismo tiempo, también de una versión escrita, una especie de cover. Un modo de dar a conocer una obra admirada y un ejercicio divertido, por supuesto, pero sobre todo, una carta de amor a un extranjero de quien uno se enamora sin hablar el idioma, un poco gracias a su intérprete, otro poco a pesar suyo, en un ménage à trois inevitable.
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