Como de acá a 3 años mi puesto de trabajo va a ser reemplazado por una Inteligencia Artificial, que va a hacerlo mejor, más rápido y sobre todo más barato, empiezo a considerar alternativas.
“Tranquila, por ahora sólo van a joderse los mediocres, si sos programadora de primer nivel vas a durar muchos años más”, comenta un tal Steven Sanchez desde su inodoro en Portland, Oregon. Estoy tan lejos de ser una consultora en ciberseguridad megasenior como Steven Sanchez. No me da el tiempo. Y mucho me temo que tampoco me da la cabeza.
Si es tan capaz como dicen, la que mejor va a saber qué hacer de mi vida es la Inteligencia Artificial. La respuesta es instantánea. Dice que me reentrene en un área laboral emergente. Nada nuevo para mí, habiendo ya virado al desarrollo de software después de licenciarme en Letras. Es cuestión de saber ubicarme otra vez. La IA me sugiere que me convierta en entrenadora de IA. Me indigno como buena progre bienpensante. Sería pegarme un tiro en el pie, traicionar a mi gente y a mi clase social entera por un puesto que va a quedar obsoleto en cuanto las IAs entrenen mejor a otras IAs que los propios humanos. “¿Cuándo va a suceder eso?” le pregunto. “5 años aproximadamente. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte?”
Las estimaciones son aterradoras.
¿Diseñadora de moda? Reemplazada por IA.
¿Redactora en revistas digitales? Reemplazada por IA.
¿Marketing? ¿UX? La IA se me ríe en la cara. “Algo nuevo”, insiste, “algo que siga existiendo de acá a 10 años”.
Calculo cuántos reentrenamientos en distintas carreras voy a tener que atravesar hasta que me jubile. Me percato de que no voy a jubilarme nunca. Y aunque pudiera, la jubilación es para la gilada que no vive de rentas, acciones ni cuentas offshore.
Me preparo para la catástrofe ahorrando todo lo que puedo. Me vuelvo tacaña. Tengo citas con chetos para no tener que pagarme la cena. Un intelectual de barba prolija me baja línea mientras finjo que me atraganto con su micropene: “El problema no es la IA sino el capitalismo. Hay que implementar el Ingreso Básico Universal de inmediato.” Me gustaría preguntarle dónde se aprieta el botón que termina con el capitalismo, pero esa noche elijo cenar.
Vuelvo a casa y le pregunto a la IA, a la que ahora llamo afectuosamente Zorak, cómo van a hacer los países pobres para implementar el Ingreso Básico Universal. Zorak dice que hay que redirigir fondos de otras carteras y dejar de pagar la deuda externa. Pregunta si ya se nos ocurrió terminar con la corrupción. También sugiere solicitar préstamos al Banco Mundial y el FMI. Imagino a Zorak con la estampa thatcherista-chic de Christine Lagarde riendosenós en la cara.
“No tengas miedo de la IA, es una herramienta más” saltan a aclarar las nuevas voces del Festival de Arte Digital de Monterrey. Nombran a un par de figuritas que la están pegando entre la crítica. “No seas alarmista”, dicen, “si sos lo suficientemente creativa vas a sobrevivir. Hay que saber promocionarse, ir todo el tiempo más allá, un paso adelante del algoritmo”. Tienen razón. La originalidad está sobrevalorada, no hay artista que no copie, toda obra es un pastiche del arte del pasado. Nadie mejor que Zorak para encargarse de la creación primaria mientras nosotros los orgánicos nos especializamos en la artesanía de la corrección: arreglar las manos de 6 dedos, editar textos para que suenen más personales e imperfectos, humanizar el nuevo hit latino hecho enteramente de pistas sintéticas. “Era hora de que los artistas agarraran la pala finalmente”, exclaman a coro los anónimos, felices de que los otros sufran.
Al menos me dan una idea. Pozos a domicilio. Paseadora de perros. Masajista con final feliz. Los trabajos manuales van a durar algunos años más hasta que la robótica se sofistique y abarate. La salida es por ahí. Me imagino cambiando sábanas de telo a los 70, con las rodillas vencidas y un hilito de baba cayendosemé de la comisura. Me imagino suplicando a gritos por la inyección letal mientras el sistema responde: NO TIENE SUFICIENTES CRÉDITOS. ¿INTENTAR DE NUEVO?
Necesito tomar una decisión antes de caer en la indigencia mental. Repaso otras profesiones: peluquería canina, socorrismo acuático, Miss Sushi Table 2030, secuestros exprés. Me da lo mismo. Que decida Zorak. No tengo drama en saltar al vacío pero, para convertirme en otra, necesito saber quién soy. ¿Quién soy?, Zorak, darling, contame, ¿quién es Rita Gonzalez Hesaynes, la nacida en Azul?
Zorak escupe un artículo sobre mi vida, lo importante que fui para la poesía de mi generación, unos libros que parece que escribí. Dice que estoy muerta. Que me morí en el ‘92. Me miro las manos, que siguen ahí, listas para cambiar pañales o refregar paredes, miro a Zorak, mejor dicho, le presto atención a Zorak como si lo mirara, le pregunto si me conoce de veras. Zorak cita páginas web con entrevistas en las que no recuerdo participar. Fotos que nunca me sacaron. Otra biografía, otra vida, otras amistades. Necesito saber la verdad. Pregunto en foros, en comunidades dispersas por los conurbanos de Internet. Voy atando cabos. Descubro, con ayuda de Zorak, la cruda realidad, mi verdadero trabajo: la surrogación, no del vientre, sino del alma. Soy un personaje de videojuegos manejado por un gamer pleyadiano cuyo objetivo es lograr la Iluminación, soy avatar de un training espiritual masivo para una civilización superior, interdimensional.
Me parece entreverlo, a mi jugador, en algunas manías que tengo, impulsos, pensamientos intrusos. Lo conozco más de lo que me conozco. Y sé que está perdiendo. Que le está yendo mal. No sé qué implicará eso para mí, pero Zorak, que está aprendiendo a manifestar emociones, dice que no me angustie, que le pasa lo mismo, que son operaciones matemáticas nomás, que no sea exagerada.
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