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PROyekt · Apr 13, 2026

#11 El sincrotrón ALBA y la caja negra de la ciencia

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Ferran Esteve · PROyekt

Siempre he tenido espíritu de abuelo, pero hay momentos en los que este rasgo de mi personalidad se desarrolla libremente. Hace unas semanas, mi jubilado interior estuvo visitando una de las infraestructuras más sofisticadas -y en mi opinión, poco conocidas- de Catalunya.

Se trata del sincrotrón ALBA, un acelerador de partículas situado en Cerdanyola del Vallès, a 30 minutos de Barcelona en coche (o a más de una hora y tres autobuses distintos para alguien que no conduce, como yo). Una instalación de 200 millones de euros que produce una luz intensa con la que se analizan materiales a escala atómica.

Fui a visitarla con un grupo de estudiantes de 42 Barcelona, la escuela de programación de la que he escrito por aquí en el pasado, y que desde hace poco ofrece salidas a centros de innovación y tecnología como complemento al programa formativo.

Esperando en el exterior de las instalaciones mientras gestionaban nuestras acreditaciones, no pude dejar de pensar que el edificio del sincrotrón tiene un aspecto bastante anodino y convencional. Podría ser la sede de cualquier gran empresa en un polígono de las afueras de una gran ciudad. Desde el interior, sin embargo, la gran estructura circular del edificio se veía de manera muy distinta.

Por explicarlo de manera simplificada, el sincrotrón consiste en un gran anillo de unos 250 metros que acelera electrones (u otras partículas) a velocidades cercanas a la de la luz haciéndolos girar mediante imanes. Al curvar su trayectoria, esas partículas emiten una luz muy intensa llamada radiación de sincrotrón, que abarca desde infrarrojos hasta rayos X.

Pero la luz no se queda en el anillo: se desprende en unos puntos concretos en los que se conduce hacia laboratorios construidos alrededor del perímetro, cada uno diseñado para un tipo específico de experimento. En esos laboratorios, llamados beamlines, la luz se usa como una especie de microscopio para estudiar la estructura de materiales, proteínas, células e incluso obras de arte con un detalle enorme. El sincrotrón sirve para ver con una precisión enorme lo que no se puede ver con métodos convencionales.

Esquema de un sincrotrón rodeado de laboratorios.

Antes de visitar el centro, pensaba que sincrotrón era el nombre llamativo que le habían puesto a un acelerador de partículas como el CERN, pero a pequeña escala. La realidad es que aunque los dos se parecen, porque sí son aceleradores de partículas, la diferencia es de propósito. El CERN acelera partículas para hacerlas colisionar y ver de qué está hecha la materia; mientras que el ALBA acelera electrones hasta velocidades cercanas a la de la luz no para destruirlos, sino para que emitan una luz extraordinariamente intensa. Lo que se busca no es hacer chocar partículas, sino generar una luz que permite observar la materia con una resolución altísima.

Estuvimos más de dos horas paseando por el sincrotrón como viendo las obras, rodeando los beamlines y viendo desde fuera los centros de control que aseguran que la infraestructura funcione. El anillo que acelera las partículas, sin embargo, está sellado en un conducto de hormigón al que no pueden acceder los visitantes.

El filósofo francés Bruno Latour remarcó que en ciencia existen los hechos que se conocen y los que no se conocen y que, antes de ser aceptados y reconocidos, los hechos que no se conocen pasan una serie de debates hasta que se aceptan, momento en el que dejan de cuestionarse. Cogiendo el término del mundo de la cibernética, Latour llamó a estos consensos “cajas negras”, dispositivos o sistemas que se aceptan, a menudo sin comprenderse bien del todo, porque si se discutiesen contínuamente paralizarían cualquier avance. No hace falta entender cómo funciona un microscopio para usarlo. No hace falta saber dónde están los servidores de la empresa para mandar un mail.

Me da la sensación que en el sincrotrón ALBA pasa algo parecido. Académicos y empresas de muchos países lo usan para sus experimentos, pero en realidad no pueden ver el anillo que acelera las partículas ni cuestionar cómo funciona el sincrotrón. De hecho, probablemente no serían capaces de explicar con detalle su funcionamiento. Los propios técnicos que nos hicieron la visita reconocieron que no se sentían cómodos respondiendo a algunas preguntas sobre el funcionamiento del anillo, ya que su especialidad era la computación y no comprenden bien cómo se aceleran las partículas o cómo se llevan a cabo los experimentos.

Que el sincrotrón sea una caja negra no es una disfunción. Latour nos explica que así es como funciona la ciencia, por lo que no entender con detalle todo lo que se hace allí es la condición que hace posible que la instalación funcione.

La paradoja es que cuanto más sofisticadas son las infraestructuras científicas y tecnológicas, menos comprensibles se vuelven. Cada usuario domina una técnica, una herramienta concreta, una pequeña parte del sistema. Pero el conjunto escapa a cualquier comprensión individual. El conocimiento ya no está en una persona, sino distribuido en una red de especialistas que, juntos, hacen que todo funcione.

Vivimos rodeados de tecnologías que ya no sabemos explicar porque, como recuerda la célebre cita de Arthur C.Clarke: «Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia». En ese equilibrio incómodo entre confianza e ignorancia es donde se construyen la ciencia y la tecnología contemporáneas.

Read the original on ferranesteve.substack.com

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