Los vampiros existen y no, no son como tú te los imaginas por el cine y las películas.
No llevan capa aunque tienen mil capas. No se alimentan literalmente de sangre, aunque les encantaría chuparte la sangre: esa energía que desprendes, de empatía y sensibilidad.
No tienen colmillos afilados. Tienen los mismos colmillos que tú y que yo. Los colmillos son esos dientes más largos diseñados para morder y rasgar. Parecen en desuso, pero energéticamente están. Si estás cerca de un vampiro los vas a tener que afilar. ¿Para qué? Para mostrar tu firmeza, tu fortaleza de espíritu. Para marcar el territorio y no dejarte usurpar.
No viven de noche. Malviven de día y de noche. Están ahí, al lado, mirándote descaradamente, buscando ocupar tu lugar.
No se muestran como tu enemigo. Te sonríen e incluso te piropean. Te imitan. Te copian. Y al mismo tiempo te desprecian. No soportan tu carisma ni tu halo de autenticidad.
No tienen cara de malos. Muestran cara de ángel. Se esfuerzan mucho en resultar atractivos, bellos e inocentes. ¡Cómo si no van a conseguir acercarse lo suficiente!
Pero su sombra es tan alargada que te engulle con una mirada. Y puedes atisbar algo raro, oscuro, oculto, detrás de la mirada angelical.
¡Pero qué mierda buscan en ti, si tú solo quieres que te dejen en paz! Tú solo buscas armonía y tranquilidad, respirar a gusto, resolver y colaborar.
Buscan eso que perdieron en una infancia robada con temas intrafamiliares muy oscuros que no se pueden ni nombrar. La vergüenza y la miseria, la escoden detrás de ese personaje aparentemente exitoso, incluso amigable, que quiere triunfar allá donde va. En realidad, por dentro están huecos, vacíos, negros, como un agujero insondable en el que jamás entrarán ni permiten que nadie se asome a kuskuxear. Antes te mato que dejar mis miserias asomar.
Su alma está fragmentada y los cachitos rotos, perdidos, aniquilados, en aquella desolada primera edad, ahora buscan un pegamento externo y unas joyas nuevas, brillantes, grandiosas, para disimular.
Y tú eres esa preciosa joya. Esa persona que miran, admiran y buscan fagocitar. ¿Para qué? Para ver si se les pega algo de tu belleza y capacidad. Para tapar el agujero negro que les corrompe por dentro, como un veneno que no se calma con nada. Ni con compras de lo más finas y caras, ni con planes dignos de la mejor influencer ni con unos hijos moldeados a imagen de ese narcisismo viciado que vivieron y replican por pura imagen y necesidad de aparentar.
Pero, ¿y tú? ¡Cómo es posible que te hayas dejado engañar! ¿Cómo has podido caer en esta trampa y ser la mosca que la araña se quiere zampar? ¿Qué hay de malo en ti que no lo has visto venir?
No te culpes y no te fustigues por que el comportamiento de otros no es tu responsabilidad.
Fíjate, eso sí, en la parte de ti que, viendo las señales, las omite y las ignora y tiene esa idea infantil de que “si yo me porto bien, todo irá bien”.
Fíjate también en tus aprendizajes tempranos. ¿Tienes memorias de bullying y de humillación? ¿Te programaron para aguantar lo inaguantable? ¿Te empeñas en gustar y ser aceptado porque te da pánico el rechazo y la hostilidad?
El vampiro y tú podéis compartir la misma herida de raíz: sentiros poco dignos, poco amados, no suficientes, no vistos, y en ocasiones, profundamente dañados. En aquel entonces, ambos os portabais muy bien, pero adultos poco responsables no supieron respetar los límites de esas almas inocentes y arrasaron con impunidad.
Después cada uno se recompone y sobrevive como puede. Unos buscando ser buenos, competentes, conciliadores, aceptados; otros, buscando que no los dañen nunca más, siendo poderosos, omnipresentes, reconocidos y adorados.
¿Comprendes ahora el juego de luces y sombras en el que todos estamos inmersos?
Los vampiros no son horribles ni malos por naturaleza, pero no pueden evitar su naturaleza manipuladora como la araña en su telar. Las personas empáticas no son tontas ni cobardes por naturaleza, pero su naturaleza sensible les lleva más a agitarse como moscas perdidas en telares ajenos y auto-juzgarse negativamente, hasta que aprenden a no merodear espacios peligrosos y dejar a cada uno con su drama existencial.
Asegúrate de no caer en sus redes. Aléjate de su círculo próximo. Asegúrate de no estar accesible para sus enredos energéticos. Asegúrate de no ser su alimento emocional. Deja de intentar caerle bien para que no te quiera dañar. Tampoco romantices ese amor imposible entre un vampiro y su presa potencial. No hay amor que colme el agujero negro, el pozo infinito en el que vive y que tú no vas a poder llenar, ni con mil sonrisas ni agachando el cuello para que cada mordida resulte indolora y hasta normal.
Cuánto mejor le caes y más accesible estás, más le apetece acercarse a tu yugular. Está salivando de gusto, imaginando a qué sabe hincarte el diente y paladeando el desconcierto de tu rostro encogido de sorpresa y dolor.
Los vampiros existen. Se alimentan de energía ajena para seguir tirando, para soportar su estructura quebrada, compensan su frialdad interna con tu calidez de alma. Puedes sentir su energía turbia, su envidia, sus lazos negros como cepos. Y no estás equivocada, no eres una paranoica egocéntrica despistada. Eres una criatura sensible que nota en la nuca y la espalda, esas miradas perturbadoras. De ahí que te duela desde la cabeza hasta el alma.
Si te toca esta gran prueba de vida, el resultado óptimo es no enloquecer ante esta presencia chupóptera:
Ten la humildad de alejarte, de no estar disponible, de no poder más.
Ten la osadía de caerle mal, de no gustarle y que ya no te desee.
Ten el coraje de aguantar la manipulación posterior. En caso de que todavía engañe a algunos despistados, buscará aliados para dejarte mal. Pero eso, en sí, ya es una buena noticia. Implica que has avanzado mucho en el camino de escucharte. Y no hacerle caso. Además, mientras conspira con sus cómplices puedes fortalecer tu yo interno y liberarte. Esos que le ríen las gracias, en realidad son títeres sin cabeza que pagarán su juego sucio con síntomas y malestar.

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