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Historias de Ernesto · Jul 1, 2026

Artículo 4: Cien Mil Vatios de Esperanza

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Ernesto Butto · Historias de Ernesto

El aeropuerto brillaba. Pero La Guaira seguía a oscuras.

Una victoria no es una guerra. Es apenas el primer disparo que acierta. Alexis lo sabía. Mientras los reflectores de la pista devolvían algo parecido a la normalidad al campamento del general, el resto del litoral seguía sumergido en una negrura absoluta. Kilómetros de costa sin un solo punto de luz. Como si alguien hubiera borrado la civilización con un trapo mojado.

No durmió esa noche. Ni la siguiente. El cuerpo funcionaba con una mezcla de adrenalina, café malo y la obstinación fría de quien sabe que si se detiene, no vuelve a arrancar. Las horas se fundían unas con otras. El día era para inspeccionar líneas en moto. La noche, para operar cuchillas en la subestación. No había turnos. No había relevo. Había él y su cuadrilla de tres hombres contra la oscuridad de un estado entero.

El método no cambió. Era el mismo baile mecánico de siempre: mandar al motorizado a patrullar la línea, esperar el reporte, cerrar cuchilla, cerrar interruptor. *¡Clac!* Mirar el amperímetro. Respirar. Siguiente circuito.

Pero la estrategia sí evolucionó.

Alexis no se detenía a filosofar sobre prioridades. No hacía listas ponderadas ni matrices de decisión. Operaba como un cirujano de campaña: lo que estuviera más accesible y más viable, primero. *Quick wins*. Victorias rápidas. Si un circuito estaba limpio y alimentaba un hospital, entraba. Si otro iba a una zona donde el lodo se había tragado los postes, se saltaba y seguía. No había tiempo para lo imposible. Solo para lo posible.

—¿Dónde están las clínicas? ¿Dónde están las bombas de Hidrocapital? ¿Dónde está la Guardia Nacional?

Las preguntas no iban dirigidas a nadie. Las respondía él mismo, sacándolas de ese archivo viviente que llevaba en la cabeza. Diez años de recorrer el litoral, poste a poste, transformador a transformador. Ese conocimiento que ninguna inundación podía borrar.

Y así, noche a noche, La Guaira fue cambiando. No de golpe. No con un amanecer triunfal. Sino como aparecen las estrellas: una a una, tímidamente, hasta que te das cuenta de que ya no estás completamente a oscuras. Un foco aquí. Una calle allá. La sala de urgencias de una clínica que de pronto volvía a tener luz para operar. Una bomba de agua que empezaba a zumbar después de días de silencio.

Nadie aplaudía. Nadie se enteraba, en realidad. La gente que recuperaba la luz no sabía quién se la había devuelto. Y a Alexis le daba igual. No estaba ahí para eso.

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Fue entonces cuando aparecieron las comunicaciones. O más bien, cuando Alexis decidió que ya era hora de que aparecieran.

Las torres estaban arriba. En Galipán, en las crestas del Ávila, en los cerros que miraban hacia el mar por un lado y hacia Caracas por el otro. Antenas de telefonía, de la Electricidad, de transmisión de datos. Todas muertas. Y sin comunicaciones, la ayuda humanitaria era un chiste: barcos llegando sin saber dónde atracar, helicópteros sin coordenadas, bomberos sin instrucciones. Un ejército ciego tratando de pelear una guerra.

—Sin comunicaciones, esto no arranca —se dijo.

Restablecer las torres no era lo mismo que encender una calle. Había que subir. Cerro arriba, por caminos que ya no eran caminos, hasta las estaciones repetidoras. Alexis conocía a gente de la empresa que se había ido a trabajar en otras áreas, adquisiciones, evaluaciones. Los llamó. Mejor dicho, los buscó, porque llamar era precisamente lo que no se podía hacer. Ellos conocían esa zona. Se fueron cerro arriba a hacer lo suyo.

Cuando las primeras antenas volvieron a transmitir, algo cambió en el aire. No era solo una señal electromagnética. Era la posibilidad de pedir ayuda y que alguien te escuchara. Protección Civil se activó. Los bomberos pudieron coordinar. La maquinaria de rescate, por fin, empezó a girar.

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Y entonces llegaron los refuerzos. No del ejército. No del gobierno. Llegaron del lugar más inesperado.

Alexis los oyó antes de verlos. Un rugido de motores de dos tiempos, agresivo y sucio, subiendo por donde ya no había asfalto. Aparecieron como una estampida: motos de cross cubiertas de barro hasta el manillar, piloteadas por tipos con gafas de motocross y la energía de quien no le tiene miedo a nada.

Los fangueros.

Deportistas de motocross de Caracas y La Guaira que se habían organizado solos. Sin órdenes, sin estructura, sin uniforme. Subían cerros, cruzaban quebradas, llegaban a donde ningún vehículo militar podía llegar. Rescataban gente, llevaban agua, servían de mensajeros en un mundo sin teléfonos.

Alexis los vio y por primera vez en días sintió algo parecido al alivio.

—Por fin alguien útil —murmuró.

No eran técnicos. No sabían nada de electricidad. Pero sabían moverse. Y en aquel terreno, moverse era la mitad de la batalla. Los frenaba al pasar:

—¿Qué hay? Necesito que bajen para allá. Revisen si la línea está arriba desde el poste 20 hasta la curva.

Los tipos asentían, aceleraban y desaparecían en el barro. Volvían en media hora con el reporte. Línea arriba. Línea caída. Cable en el suelo. Información que antes le costaba horas de recorrido en Jeep, ahora llegaba en minutos. Los fangueros se convirtieron en sus ojos y sus piernas.

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Después llegó Leonardo.

Leonardo Mariña era un viejo compañero. Un especialista en mantenimiento de subestaciones que estaba con Alexis en otra área de la empresa, lejos de las operaciones de campo. Pero cuando supo lo que estaba pasando, no preguntó. Se presentó.

—Jefe, ¿no necesita alguien para las vainas serias?

Alexis lo miró. Mariña era un tipo que no necesitaba instrucciones. Sabía leer una subestación como quien lee una partitura.

—Las estaciones son tuyas —le dijo.

Y así fue. Mariña tomó el control del trabajo pesado en las subestaciones. Las quince instalaciones del litoral, las que aún tenían salvación, pasaron a sus manos. Alexis pudo soltar ese peso y concentrarse en la visión de conjunto: qué circuitos abrir, qué zonas priorizar, cómo distribuir los recursos que empezaban a gotear desde Caracas.

La cuadrilla de tres hombres se había convertido en algo parecido a un ejército irregular. Motorizados civiles, un ingeniero de subestaciones, operarios rescatados del desastre, y un tipo en una moto de cross que coordinaba todo desde su cabeza. Sin radio. Sin planos. Sin dormir.

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Al cuarto día, Alexis miró La Guaira desde un punto alto. No lo hizo por sentimentalismo. Lo hizo para evaluar. Para contar los puntos de luz como un general cuenta sus posiciones en un mapa.

Había focos. Dispersos, irregulares, insuficientes. Pero los había. Donde tres días antes solo existía una mancha negra entre el mar y la montaña, ahora parpadeaban señales de vida. El hospital tenía luz. Las bombas de agua funcionaban. El aeropuerto era un faro en medio del caos. Y en las crestas de los cerros, las antenas volvían a parpadear, tímidas, como faros para los barcos de la ayuda que empezaba a llegar.

No era suficiente. Faltaban sitios donde la línea estaba enterrada bajo toneladas de lodo, subestaciones que habían desaparecido, barrios enteros que ya no existían. Esos no se resolvían con cuchillas y pértigas. Esos necesitaban otra cosa.

Pero eso sería mañana.

Por ahora, La Guaira respiraba. Tenuemente, con el pulso débil de un paciente que acaba de salir de quirófano, pero respiraba. Y cada foco encendido era un latido más. Cien mil vatios de esperanza arrancados a la oscuridad, circuito a circuito, interruptor a interruptor, por un hombre que no había dormido en cuatro días y que ya había olvidado cómo se sentía el descanso.

La guerra no había terminado. Pero la noche, por primera vez, era un poco menos oscura.

Notas:

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Read the original on ernestobutto.substack.com

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