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Historias de Ernesto · Jan 3, 2026

Artículo 3: El Juego de los Interruptores

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Ernesto Butto · Historias de Ernesto

Eligió la subestación más grande. No por sentimentalismo, sino por pura aritmética de guerra. Era la que manejaba más carga, la que alimentaba las clínicas, el aeropuerto y los bomberos. Si vas a pelear, buscas la colina más alta. Y aquella estructura de hormigón, rodeada de lodo pero milagrosamente seca por dentro, era su colina.

No tenían llaves. En una situación civilizada, eso habría significado llamadas, permisos, burocracia. Allí, solo significó una patada o una cizalla. Entraron como entran los ladrones o los libertadores: sin pedir permiso.

Dentro, el silencio era absoluto. El zumbido eléctrico, ese “om” constante que indica que una ciudad está viva, había desaparecido. Solo quedaba el olor a ozono viejo y grasa estancada. Alexis miró los paneles. Sin ordenadores, sin telemetría, sin radio para comunicarse con el despacho de carga en Caracas. Estaba ciego. En el mundo moderno, operar una red eléctrica sin ojos electrónicos es un suicidio. En La Guaira, era la única opción.

—Vamos a “atacar” la subestación —dijo. El verbo no era metafórico.

El procedimiento era de manual, pero el contexto era de ruleta rusa. La electricidad venía de Tacoa, empujando contra las compuertas cerradas de la subestación. El trabajo consistía en abrir el paso, circuito por circuito, calle por calle. Pero había un problema: el suelo estaba mojado, las líneas estaban caídas y bajo el lodo había gente.

Si metía corriente en una línea rota que tocaba el suelo, no solo perdía la carga. Podía electrocutar a un superviviente que estuviera agarrado a una reja o caminando por un charco a tres kilómetros de distancia.

Alexis se paró frente a las cuchillas. Eran seccionadores al aire, viejos mecanismos de hierro y cobre. Explicó a su cuadrilla improvisada la diferencia entre la vida y la muerte, que en ese oficio se llama “arco eléctrico”.

—Esto no es un interruptor de aceite —les advirtió, señalando las cuchillas—. Si abren esto con carga, el aire se ioniza. Se hace un arco de fuego que no se apaga. Se queman ustedes y se quema la subestación.

La regla era sagrada: primero se quita la corriente con el interruptor principal (que apaga el arco en aceite), luego se operan las cuchillas en frío, y finalmente se vuelve a cerrar. Una danza mecánica precisa. Un error en la secuencia y te conviertes en una antorcha humana.

Empezaron el barrido. Alexis tenía el mapa en la cabeza. Visualizaba los cables saliendo de la estación, bajando por las avenidas, entrando en los barrios.

—Este circuito va a Los Corales —pensó—. Zona de desastre total. Riesgo alto.

—Este va al hospital. Prioridad.

Mandaba a uno de sus hombres en el Jeep o la moto a “patrullar” la línea visualmente.

—Vayan hasta el poste 40. Si el cable está arriba, volvemos.

Era una operación de fe. El motorizado volvía, lleno de barro, y asentía. “Línea limpia”. Entonces Alexis, con la pértiga en la mano y el pulso firme, hacía la maniobra. Cerrar cuchilla. Cerrar interruptor.

¡Clac!

El sonido seco del metal golpeando metal. Y luego, la espera. Unos segundos eternos mirando los amperímetros analógicos. Si la aguja saltaba violentamente, había una falla: un cable a tierra, un corto. Había que abrir de inmediato. Si la aguja subía suavemente y se estabilizaba, habían ganado.

—Tenemos luz en el sector uno.

No había aplausos. No había brindis. Solo el alivio de no haber matado a nadie y la fatiga que se acumulaba en los hombros. Circuito a circuito, interruptor a interruptor, Alexis fue tejiendo la red de nuevo. Con cada “clac”, le arrancaba un pedazo de oscuridad al desastre.

No pensaba en los muertos que sus hombres veían en el camino, ni en el general que esperaba resultados, ni en su propia falta de sueño. Pensaba en amperios, voltios y resistencia. El mundo se había reducido a eso. Y en esa reducción, encontró la calma fría y necesaria para hacer lo que nadie más podía hacer.

Hacia la medianoche, el aeropuerto brilló. No fue un amanecer, pero fue suficiente. La bestia eléctrica empezaba a despertar.

Nota: Es artículo es la continuación del Artículo 2: Territorio Hostil

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