Diciembre de 1999. El agua se había tragado la tierra. Desde la relativa calma de Caracas, los televisores escupían imágenes borrosas de un desastre sin nombre en La Guaira. Lodo, piedras, un mar color fango devorando la costa. Para la mayoría, era una tragedia lejana, un horror ajeno que se comentaba en voz baja. Para Alexis, era el eco de un trabajo que ya no era el suyo. Hacía tiempo que había colgado las botas de operaciones. Ahora era un hombre de empresa, de reuniones y de otros vicepresidentes.
El teléfono sonó. Seco. Urgente. Al otro lado no estaba su jefe, sino una voz del pasado. Un vicepresidente de otra división, un hombre que lo conocía de sus años de batalla en la calle, cuando la electricidad era un asunto de postes y no de presentaciones en Power Point.
La conversación fue corta. Directa. Como una orden de operaciones.
—Alexis, tenemos La Guaira —dijo la voz, sin preámbulos—. No hay luz en toda La Guaira.
No era una pregunta. Era un diagnóstico. Y una convocatoria.
—Acabamos de decir por televisión que nos estamos encargando de eso —continuó el vicepresidente, con un tono que mezclaba la desesperación y la astucia de quien acaba de firmar un cheque sin fondos—. Pero la verdad es que no tenemos nada. Ni a nadie.
Alexis escuchaba en silencio. Sabía lo que venía.
—Te conozco de operaciones —remató el vicepresidente—. El lodo se lo ha tragado todo. Las oficinas, los archivos, los mapas. No queda nada. Por eso no sirve un técnico de manual. Necesito a alguien que no necesite planos, ni computadoras, ni celular. Tienes todo en la cabeza. No hay otra persona que conozca eso mejor que tú.
Esa era la verdad. Una verdad incómoda que lo arrancaba de su mundo ordinario. Diez años de su vida los había dedicado a coordinar la Protección Civil en sus ratos libres, a montar un centro de control donde hombres de la Electricidad, de Tránsito y de la Guardia Nacional aprendieron a trabajar juntos. Sabía cómo pensaba la red. Dónde le dolía. Dónde sangraba.
No hubo negociación. No hubo un “déjame pensarlo”. Hay misiones que no se eligen. Te eligen ellas a ti. Alexis colgó el teléfono, se levantó y empezó a moverse. El primer paso fue al banco. Sacó dinero de su tarjeta de crédito. Sabía que en la zona cero, el plástico no serviría de nada. El efectivo, sí.
Su próximo destino: El Fuerte Tiuna. El cerebro del poder militar.
La entrada no fue un problema. Una llamada previa del vicepresidente había engrasado los engranajes. Un general lo esperaba. Un hombre superado por la magnitud del desastre, acumulando cadáveres en La Guaira mientras intentaba coordinar un ejército inútil contra el lodo.
—Hablé con el general de allá —le dijo el de Fuerte Tiuna, entregándole un carnet que era a la vez un pase y una sentencia—. Me dijo que te encargaras. Pero una cosa: trata de resolverle la luz a mi gente primero.
Alexis asintió. No discutió. En territorio hostil, la primera regla es no crearse más enemigos. Le asignaron una moto. Una máquina militar, de dos ruedas, diseñada para el fango y la guerra. No una moto china de paseo. Y con ella, un conductor.
Empezó el descenso.
La autopista Caracas-La Guaira ya no era una autopista. Era el lecho de un río muerto. A medida que bajaban, el asfalto desaparecía bajo una capa de lodo y piedras. Piedras del tamaño de un coche. Veían gente subiendo a pie, con la mirada perdida, huyendo del infierno. Eran los afortunados.
Pasaron por el segundo túnel. La subestación que le daba servicio estaba sepultada. No se veía. Simplemente, ya no estaba. Alexis no necesitaba un mapa para saberlo. Lo llevaba en la cabeza. Cada poste, cada transformador, cada línea.
La moto avanzaba a duras penas. Con una mano, Alexis se aferraba al conductor. Con la otra, a una bolsa con algo de comida y agua. Un recurso insignificante ante la sed y el hambre de miles, pero era lo único que tenía. No pensaba en el miedo. No pensaba en el horror. Pensaba en el trabajo. Era un reto. Un problema de operaciones. El más grande de su vida.
Al final de la autopista, la civilización terminó por completo. La Guaira era Zona Cero.
El motorizado lo dejó en el aeropuerto. O lo que quedaba de él. La pista era una mezcla de campamento de refugiados, hospital de campaña y morgue al aire libre. Una zona de triaje. En un lado, los heridos graves, los que necesitaban cirugía inmediata. En otro, los que podían esperar. Y más allá, tapados con mantas, los que ya no esperarían nada. El aire era denso, olía a sal, a barro y a muerte.
Alexis se bajó de la moto. El suelo era inestable. Miró a su alrededor. Una nube de gente se movía sin rumbo, como en una selva de desesperación. Militares gritaban órdenes que nadie obedecía. El caos tenía el control.
Estaba solo. Con un carnet en el bolsillo, una bolsa de comida en la mano y diez años de conocimiento en la cabeza. Su misión acababa de empezar.
Notas:
Lee el siguiente capítulo: Territorio hostil
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