Muchos años después, frente al mapa eléctrico de una ciudad resucitada, Alexis habría de recordar aquella tarde de diciembre en que el mundo se deshizo en agua y tuvo que volver a aprender el olvidado lenguaje de la luz. Fue por los tiempos en que un nuevo coronel pregonaba desde el Caribe el advenimiento de una patria redimida, sin saber que la tierra bajo sus pies se estaba pudriendo de lluvia, y que la montaña que vigilaba la costa, el Ávila, esa bestia dormida durante un siglo, había despertado con una sed antigua y se estaba bebiendo el estado de La Guaira con la paciencia mineral de los diluvios.
En su casita de Caracas, donde la vida transcurría con la predecible placidez de los cargos corporativos, Alexis contemplaba el cataclismo por televisión, como quien mira una profecía ajena, sin sospechar que el destino ya lo había sentenciado. Hacía años que había renunciado a los oficios de la emergencia, a ese saber íntimo de los postes que cantan con el viento y de las subestaciones que duermen con un ojo abierto, y se había resignado a la paz de los organigramas. Pero la memoria del desastre es más porfiada que el olvido, y fue un teléfono el que lo trajo de vuelta de su exilio.
La voz que lo convocó venía de tan arriba en la jerarquía del poder que parecía un eco, una reverberación de los tiempos en que los hombres de su estirpe eran necesarios. Era un vicepresidente con el poder suficiente para admitir en un susurro que el gobierno, que acababa de anunciar por la radio y la televisión su dominio sobre la tragedia, en realidad no tenía más que palabras.
—Alexis, tenemos La Guaira —dijo la voz, sin preámbulos—. No hay luz en toda La Guaira.
—Acabamos de decir por televisión que nos estamos encargando de eso —continuó el vicepresidente, con un tono que mezclaba la desesperación y la astucia de quien acaba de firmar un cheque sin fondos—. Pero la verdad es que no tenemos nada. Ni a nadie.
—Te conozco de operaciones —remató el vicepresidente—. El lodo se lo ha tragado todo. Las oficinas, los archivos, los mapas. No queda nada. Por eso no sirve un técnico de manual. Necesito a alguien que no necesite planos, ni computadoras, ni celular. Tienes todo en la cabeza. No hay otra persona que conozca eso mejor que tú.
Y en esa frase sencilla se revelaba la verdad del mundo: que en la hora de la verdad, cuando la naturaleza reclama sus fueros, los gobiernos se quedan sin nada, y es menester recurrir a los brujos. Porque Alexis era el último que recordaba de memoria el mapa secreto de la luz, el único que podía caminar a ciegas por el sistema nervioso de la ciudad sin necesidad de los papeles que el lodo se había tragado.
No hubo tiempo para la duda, porque los hombres marcados por un destino no pueden rechazarlo. Supo entonces que debía descender al reino del fango, y que para ello necesitaría el vil metal de los mortales, así que fue a un banco y extrajo de su propia fortuna un fajo de billetes con el que habría de pagarle a un motorizado anónimo, un barquero de Caronte con motor de dos tiempos que lo llevaría al otro lado del mundo.
El umbral era una fortaleza militar en Caracas, un laberinto de poder donde un general con más estrellas que soluciones le entregó un carnet que olía a permiso y a condena.
—Hablé con el general de allá —le dijo el de Fuerte Tiuna, entregándole un carnet que era a la vez un pase y una sentencia—. Me dijo que te encargaras. Pero una cosa: trata de resolverle la luz a mi gente primero.
Después, montado en una bestia de metal que resoplaba humo, Alexis inició el descenso por una carretera que ya no era más que el recuerdo de un camino, una cicatriz de asfalto en una tierra desollada por el agua.
Vio a los peregrinos del desastre, hombres y mujeres que subían a pie, con el alma en los talones, huyendo de la ciudad que se había hundido en un sueño de lodo. Él, en cambio, bajaba hacia el corazón de esa pesadilla, con una bolsa de comida que era un insulto a la hambruna y una sed de resolver el problema que era más fuerte que el miedo.
El aeropuerto de Maiquetía lo recibió con su aliento de catástrofe. Era un Macondo de la desolación, un lugar inverosímil donde los vivos con heridas mortales, los muertos frescos y los muertos de hacía días convivían en un desorden febril, bajo la autoridad impotente de un general que parecía el rey de un carnaval de espantos.
Allí, en medio de ese torbellino de gritos y lamentos, Alexis se bajó de la moto. Se sintió como un hombre de otro siglo, un alquimista convocado para realizar un milagro elemental en una tierra donde Dios se había olvidado de decir “Hágase la luz”. Estaba solo, con el recuerdo de un mapa en la cabeza, destinado a ser el último que recordaba cómo hacerlo.
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