Hace unos días hablé con una amiga sobre alguien que llevaba meses sin mencionar.
La conversación surgió sin más, como cuando le cuentas a alguien qué cenaste anoche. Empecé a escarbar mi pasado poco a poco y mientras le contaba todo, soltamos alguna que otra carcajada. Hasta que, en mitad de una frase, noté ese calor que sientes en los ojos segundos antes de que empiecen a salir lágrimas.
Pero tenía tiempo de evitarlo.
Podía hacer lo que hacemos casi todas cuando sentimos que estamos a punto de emocionarnos delante de alguien: tragar saliva, mirar hacia otro lado, hacer una broma o cambiar de tema como quien mueve un jarrón de sitio para que nadie vea la mancha que hay debajo.
Y eso fue exactamente lo que hice.
Seguimos hablando de otra cosa, nos despedimos, llegué a casa y, una vez cerré la puerta, lloré.
Entonces me di cuenta de que no recordaba la última vez que había llorado delante de otra persona.
Y no porque no llore. Lloro muchísimo.
Lloro con canciones que tienen una melodía melancólica, con películas que probablemente ni siquiera pretendían hacer llorar a nadie o cuando llevo varias semanas acumulando pequeñas cosas hasta que una tontería cualquiera termina haciendo de última ficha del dominó.
Pero siempre espero a estar sola.
Como si, sin darme cuenta, hubiera decidido que determinadas emociones solo podían existir con la puerta cerrada.
Y lo peor es que no recuerdo cuándo aprendí eso.
Porque de pequeña lloraba donde me pillaba. Si me hacía daño, lloraba. Si suspendía un examen, lloraba. Si una amiga no quería jugar conmigo, lloraba. Nadie esperaba que una niña supiera gestionar perfectamente todo lo que sentía.
En algún momento crecimos y, sin que nadie nos lo dijera, empezamos a sentir que llorar delante de alguien era una de esas cosas que había que dejar atrás.
Como si hacerse adulta consistiera, entre otras cosas, en aprender a contenerse.
Y cuanto más lo pienso, menos sentido me tiene.
Hay una versión de la adultez que admiro muchísimo y detesto un poco al mismo tiempo.
La de esa persona que siempre parece estar bien. Esa que responde "jajaja" por WhatsApp exactamente igual aunque lleve una semana fatal. Que llega a cenar con sus amigas y nadie sospecha que ha llorado diez minutos antes de salir de casa. Que siempre encuentra la forma de decir "ya estoy mejor" incluso cuando todavía no sabe muy bien qué le pasa. Da la sensación de que lo controla todo. De que nunca termina de derrumbarse. Como si hubiera encontrado una forma discreta de sufrir.
Creo que llevamos años intentando parecernos a esa persona.
Y no es que haya venido alguien a decirnos que debamos hacerlo, pero da la sensación de que el mundo funciona mejor cuando no incomodamos demasiado.
Cuando seguimos siendo eficientes incluso estando tristes.
Cuando respondemos “todo bien” aunque llevemos una semana sintiendo que algo no termina de encajar.
Cuando somos capaces de sostener nuestra vida sin que nadie note que, por dentro, llevamos un rato intentando que no se nos caigan las piezas.
Y no sé cuándo decidimos que eso era fortaleza.
Porque hay días en los que me pregunto si no estaremos confundiendo ser fuertes con ser discretas.
Me hace gracia porque vivimos en una época en la que hablamos muchísimo de emociones.
Decimos con bastante naturalidad que vamos a terapia, que tenemos ansiedad, que necesitamos descansar o que llevamos unos días un poco saturadas. Y me parece increíble haber nacido en la época en la que podemos ponerle nombre a tantas cosas que antes se vivían en silencio.
Pero hay una diferencia enorme entre hablar de una emoción y dejar que alguien la vea mientras está ocurriendo.
Yo puedo decirte perfectamente que la semana pasada lloré muchísimo.
Lo que me cuesta es llorar mientras te lo estoy contando.
Y creo que no soy la única.
De hecho, si alguna vez te has emocionado delante de alguien, probablemente hayas dicho una palabra que a día de hoy no sé ni porque decimos. (Y justo el otro día mis compañeros de trabajo me dijeron que la digo hasta cuando estornudo):
“Perdón.”
Perdón por llorar.
Perdón por emocionarme.
Perdón por necesitar un minuto.
Es curioso que pidamos perdón precisamente cuando más humanas estamos siendo.
Como si las lágrimas fueran una interrupción en lugar de una forma completamente normal de sentir.
Pensaba que el problema era enseñar nuestras emociones.
Ahora creo que el problema es lo que viene después.
Porque cuando lloras delante de alguien pasan cosas.
La otra persona deja de preguntarte qué tal el trabajo y empieza a preguntarte cómo estás tú.
Te abraza.
Te escucha.
Se preocupa.
Y, de repente, tú dejas de ser la persona que sostiene para convertirte, aunque solo sea durante unos minutos, en la persona que necesita que la sostengan, en la protagonista de la conversación.
Y eso no es nada fácil.
Sobre todo cuando llevas años construyendo una identidad alrededor de ser la amiga resolutiva, la hija responsable o la persona que siempre puede con todo.
Aceptar ayuda también significa aceptar que, durante un momento, no puedes hacerlo sola.
Y eso, aunque no lo parezca, también requiere práctica.
Llorar sola tiene algo muy cómodo.
Nadie intenta arreglarlo.
Nadie te dice “no pasa nada” cuando precisamente sí está pasando.
Nadie cambia de tema porque no sabe muy bien qué hacer con tus lágrimas.
Puedes llorar todo lo feo que quieras. Con la nariz roja, con hipo, incluso haciendo sonidos raros.
Y cuando terminas, te lavas la cara, respiras hondo y vuelves a salir al mundo como si nada hubiera ocurrido.
La cosa está en que cuando siempre hacemos eso, las personas que más nos quieren acaban conociendo perfectamente nuestros gustos, nuestras rutinas, nuestras manías o nuestra comida favorita.
Pero muy pocas veces conocen nuestra tristeza.
Y eso me hace pensar en cuantas veces hemos estado solas, o nos hemos sentido solas, incluso estando acompañadas.
Siempre pensamos que conocer a alguien consiste en saber cómo toma el café, cuál es su película favorita o qué música pone cuando conduce.
Pero cada vez estoy más convencida de que la intimidad empieza mucho después.
Empieza el día en que alguien te ve completamente rota y no intenta arreglarte.
Solo se queda.
No llena el silencio con consejos. No busca la frase perfecta. No intenta convencerte de que mañana será otro día.
Simplemente está.
Y quizá por eso me di cuenta de que hacía tanto tiempo que no lloraba delante de nadie.
No porque me haya vuelto más fuerte, ni porque ya no haya cosas que me duelan.
Sino porque, sin darme cuenta, aprendí que determinadas emociones era mejor sentirlas sin nadie a mi alrededor.
Y quién sabe.
A lo mejor hacerse mayor no consiste en aprender a llorar menos.
A lo mejor consiste en volver a encontrar a esas pocas personas delante de las que, cuando las lágrimas aparecen, ya no sentimos la necesidad de pedir perdón.

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