Hace unos días envié un audio de WhatsApp de casi cinco minutos a una amiga. Empezaba contándole que estaba muy contenta con mi trabajo y al final acabé desvariando y contándole cincuenta temas más.
Cuando terminé de grabarlo me quedé unos segundos mirando la pantalla pensando en si volver a escucharlo, si borrarlo o si volver a grabarlo resumiéndolo en dos frases para no hacerle perder el tiempo.
Pero al final, lo envié.
Y, exactamente dos segundos después, apareció el pensamiento de siempre.
Qué pesada eres.
Ella ni siquiera lo había escuchado. No me había dejado en visto, no había respondido con desgana ni me había dado ninguna razón para pensar que ese audio le molestaba. La única persona que ya había decidido que yo estaba ocupando demasiado espacio era yo misma.
Y toda esa situación me hizo replantearme: ¿En qué momento empecé a pensar eso de mí?
Porque no creo que nadie nazca creyendo que habla demasiado. Tampoco creo que una niña mida el tiempo que lleva contando una historia antes de terminarla. Eso lo aprendemos después. Poco a poco. Casi sin darnos cuenta. A fuerza de escuchar determinadas palabras, de interpretar ciertos silencios o de empezar a creer que entusiasmarse demasiado, preguntar demasiado o querer demasiado podía convertirse en un problema.
Y un día descubres que ya no hace falta que nadie vuelva a llamarte pesada.
Porque ya lo haces tú sola.
Durante mucho tiempo creí que la solución era aprender a hablar menos. Interrumpir menos. Enviar menos mensajes. Hacer los audios más cortos. No escribir dos veces seguidas si no me contestaban. Esperar un poco más antes de volver a preguntar algo.
Sin darme cuenta, empecé a forzar mi personalidad quitando todo aquello que pudiera resultar excesivo.
Y es agotador vivir así.
Salir de una cena y volver a casa repasando mentalmente cada conversación. Preguntarte si aquella anécdota era demasiado larga. Si te reíste demasiado alto. Si monopolizaste la conversación sin darte cuenta. Si deberías haber escuchado más y hablado menos.
Lo peor de todo es que muchas veces nadie más está haciendo ese análisis.
Solo tú.
Mientras el resto probablemente ya esté pensando qué va a cenar mañana.
¿No os parece raro que casi nunca se nos pase por la cabeza que simplemente nos gusta hablar? Solemos pensar que hablamos demasiado.
Tampoco decimos que somos cariñosas, decimos que quizá somos demasiado intensas.
Tampoco que algo nos hace ilusión, sino que nos estamos emocionando demasiado.
Es curioso cómo muchas cualidades dejan de parecernos bonitas en cuanto sentimos que ocupan un poco más de espacio del que deberían.
Y, sin embargo, nunca he visto que esa palabra se utilice igual con todo el mundo.
He conocido personas capaces de hablar cuarenta minutos seguidos sobre fútbol, Fórmula 1 o el último videojuego al que estaban jugando sin que nadie pensara que eran pesadas. Al contrario. Decimos que les apasiona el tema.
Pero cuando alguien manda un audio largo contando algo que le hace ilusión, es inevitable que el primer pensamiento sea “qué pesada”.
Creo que una de las consecuencias derivadas de todo esto es la cantidad de veces que pedimos perdón por cosas que nadie nos ha reprochado.
Perdón por el audio.
Perdón por el tocho.
Perdón por insistir.
Perdón por molestar.
Es como si nos adelantáramos a un juicio que ni siquiera sabemos si va a existir.
Como si necesitáramos justificar nuestra presencia antes de ocupar un poco de espacio en la vida de otra persona.
Y no digo que nunca podamos resultar pesadas. Claro que podemos. Igual que todos podemos monopolizar una conversación o interrumpir más de la cuenta.
Pero una cosa es revisar una actitud concreta y otra muy distinta convertir toda tu personalidad en un defecto.
Porque llega un momento en el que ya no corriges lo que haces.
Empiezas a corregir quién eres.
Y eso sí da miedo.
Lo bonito llega cuando sin esperarlo, aparecen personas con las que desaparece esa voz.
Las amigas a las que les mandas un audio de siete minutos y te responden con otro de nueve.
La persona con la que una conversación de media hora siempre termina convirtiéndose en una de tres.
La gente con la que nunca piensas si estás hablando demasiado porque ellos también ocupan espacio contigo.
Y entonces entiendes algo que me habría gustado descubrir mucho antes.
Que quizá nunca fui la pesada, quizá simplemente estaba intentando caber en lugares donde todo lo que yo era parecía sobrar.
Porque cuando estás con las personas adecuadas, nadie está contando cuánto hablas. Están demasiado ocupadas escuchándote.
Todavía hay días en los que envío un mensaje y, cinco segundos después, me arrepiento. Días en los que salgo de una comida con amigos y empiezo a preguntarme si he hablado demasiado. Supongo que esas inseguridades tardan tiempo en irse porque llevan años viviendo con nosotras.
Y quién sabe.
Quizá hacerse mayor no consiste en aprender a hablar menos, ni en volverse más discreta, ni en calcular constantemente cuánto ocupas en la vida de los demás.
Quizá consiste en encontrar a esas personas delante de las que puedes dejar de medir cada palabra, cada audio y cada emoción.
Personas con las que, por fin, dejas de preguntarte si eres demasiado.
Y empiezas a sentir que, exactamente así, ya eras suficiente.
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