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EN LA MIRA · Aug 21, 2026

La insoportable inutilidad de LinkedIn

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Oscar Constantino Gutiérrez · EN LA MIRA

LinkedIn se vende como herramienta. Se supone que sirve para conseguir trabajo, clientes, contactos que valgan la pena, para avanzar en la carrera. La promesa completa es que estar ahí te lleva a otro lado.

La verdad es que no te lleva a ningún lado.

Los trabajos siguen llegando por donde siempre: alguien que te conoce y te recomienda, o un reclutador que vio lo que hiciste de verdad. Relaciones que ya existían antes del perfil. En ese circuito LinkedIn no participa.

En realidad, esa red social hace que sientas que trabajas en tu carrera.

La secuencia en LinkedIn recuerda a los hámsters que corren en una rueda. Posteas para tener visibilidad. La visibilidad sirve para volver a postear. Aceptas una conexión que desemboca en un pitch de ventas que lleva a otra conexión. Juntas impresiones, coleccionas medallas de Top Voice, y al terminar el año no puedes nombrar una sola cosa que te haya pasado por haber estado ahí.

Corres todo el tiempo para quedarte donde empezaste.

La red te avisa: “alguien vio tu perfil”. ¿Quién? Ah, eso cuesta. Te fabrican la curiosidad y luego te cobran un ojo de la cara por resolverla. Y cuando pagas, según la configuración del que te visitó, puede que sigas sin saberlo. Primero la inquietud, después la solución que no resuelve.

Las notificaciones son del mismo material. “Eres de los pocos con quien fulano interactuó”. “Tu publicación tiene más impresiones de lo habitual”. Cifras inventadas para que regreses. Un casino que te felicita por seguir sentado a la mesa.

Ahora el asistente de inteligencia artificial redacta los posts por ti. La pose profesional ya ni siquiera exige el trabajo de posar. Y todo se lee plástico, plagado de generalidades y lugares comunes. Como una hamburguesa de McDonald’s: tan ultraprocesada que ya no sabe a nada.

No sólo no sirve, a LinkedIn hay que aguantarlo.

Es Facebook para gente que quiere fingir que no está en Facebook. La anécdota mínima empaquetada como parábola de liderazgo, el despido reciclado en lección de vida, la gratitud de exhibición, el poema corporativo de una palabra por renglón. En lugar de contarte algo real, la mayoría enseña cosas en las que no puedes confiar.

Debería haber cerrado la cuenta hace años. Me detiene una sola cosa, la misma que termina de probar el punto.

Ahí siguen archivados los que estudiaron y trabajaron conmigo hace veinte y treinta años. Si me voy, los pierdo. Ninguna otra red guarda esa agenda vieja.

Es lo único que LinkedIn conserva bien: una lista de gente que ya casi no veo. Un archivero de tarjetas de presentación de conocidos que quizá no vuelva a saludar. Un Rolodex pedante.

La plataforma que prometió conseguirme el próximo trabajo (que no andaba buscando) me retiene por un servicio de archivo que nunca apareció en su publicidad. Si eso es lo único que me ata, ya sabemos cuánto valía todo lo que sí me vendieron.

Read the original on enlamira.substack.com

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