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emociones con ciencia · Aug 12, 2026

Mi segundo maestro

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emociones con ciencia · emociones con ciencia

Hace unos meses decidí empezar a practicar Taichi. Si alguien me hubiera preguntado entonces por qué lo hacía, probablemente habría respondido con una lista bastante razonable de motivos: mejorar el equilibrio, ganar algo de flexibilidad, mantener el cuerpo en forma y comprobar si ese antiguo arte marcial chino podía enseñarme algo que todavía no supiera. No había detrás ninguna búsqueda espiritual ni esperaba encontrar grandes revelaciones.

Las primeras clases fueron, para decirlo con delicadeza, un ejercicio de humildad. Yo estaba convencido de que sabía moverme con cierta soltura hasta que descubrí que caminar despacio, trasladar el peso de una pierna a otra y coordinar brazos, cintura y respiración exigía la misma atención que conducir en moto por una carretera de montaña. Lo que desde fuera parecía una sucesión elegante de movimientos escondía una enorme cantidad de pequeños detalles que mi cuerpo llevaba décadas ignorando.

Lo curioso es que, mientras intentaba recordar la posición de las manos o no perder el equilibrio durante un cambio de apoyo, empecé a experimentar una sensación extrañamente familiar. No era la primera vez que me ocurría. Ya la conocía. La había vivido durante años encima de una moto.

Hace poco escribía en estas páginas sobre un pequeño mantra que me acompaña cada vez que me pongo el casco: Focus and Flow. Son solo dos palabras, pero resumen bastante bien la actitud con la que me gusta conducir. Mantén toda tu atención en lo que tienes delante y deja que el resto ocurra con naturalidad. Si el foco desaparece, el fluir también desaparece.

Lo que no esperaba era descubrir que el Taichi me estaba llevando exactamente al mismo lugar, aunque por un camino completamente distinto.

Hay una tendencia muy humana a pensar que aprender consiste en incorporar cosas nuevas. Sin embargo, mi experiencia con el Taichi está siendo justamente la contraria. Cada clase tengo la impresión de que estoy desaprendiendo. Descubro tensiones que no sabía que existían, movimientos automáticos que nunca me habían llamado la atención y pequeños desequilibrios que mi cuerpo compensaba sin que yo fuera consciente de ello. Es como si alguien hubiera encendido una luz en una habitación donde llevaba viviendo muchos años sin mirar realmente los muebles.

Y, como viene siendo habitual, hago una lectura MAT del proceso.

Todo comienza por el mismo lugar donde empieza cualquier aprendizaje auténtico: la seguridad. Antes de aspirar a ejecutar una forma con cierta belleza, el cuerpo necesita sentirse estable. No puedes construir un movimiento armónico sobre un equilibrio precario, igual que no puedes conducir relajado una motocicleta si antes no has evaluado el estado del asfalto, la velocidad o la trayectoria de la curva. La seguridad no limita la libertad; la hace posible.

Una vez asentada esa base empieza un trabajo mucho más silencioso y, quizá por eso, más interesante. El cuerpo comienza a detectar errores y a buscar alternativas. El profesor corrige apenas unos centímetros la posición de un pie y, de repente, todo cambia. Un hombro deja de estar tenso, la respiración encuentra espacio y un movimiento que hasta hace un instante parecía torpe empieza a adquirir una sorprendente naturalidad. No deja de maravillarme que el aprendizaje funcione casi siempre así: primero reconocemos que algo no encaja y solo entonces aparece la posibilidad de encontrar una solución mejor.

Hay, además, una cualidad del Taichi que me resulta especialmente fascinante. No admite distracciones. La mente puede intentar escaparse durante unos segundos hacia cualquier preocupación cotidiana, pero el cuerpo la delata inmediatamente. Basta un instante de ausencia para que la continuidad del movimiento desaparezca. La forma deja de ser una unidad y se convierte en una sucesión de gestos inconexos. Es una lección extraordinariamente sencilla: el presente no es una idea filosófica, sino una experiencia física. O estás ahí o, sencillamente, no estás.

A medida que esa presencia va apareciendo, empiezas a admirar. Admiras la inteligencia escondida en movimientos aparentemente simples, la paciencia del maestro que corrige una y otra vez el mismo detalle sin mostrar el menor signo de impaciencia y la profundidad de una tradición que ha sobrevivido durante siglos porque sigue teniendo algo valioso que ofrecer. Solo cuando reconocemos el valor de algo nace el deseo de crecer hasta estar a su altura.

También descubrí que el aprendizaje rara vez es una aventura solitaria. En la clase nadie compite con nadie. Los alumnos más veteranos ayudan a los nuevos con una naturalidad que resulta casi desconcertante en una época obsesionada por comparar rendimientos. Ese ambiente me recordó inmediatamente al saludo entre motoristas cuando se cruzan en una carretera secundaria o al compañero que se detiene para ofrecer ayuda sin preguntar siquiera quién eres. Cambian los escenarios, cambian las personas y cambian las máquinas, pero hay formas de pertenencia que parecen universales.

Y un día apareció esa sensación que llevo tantos años buscando y encontrando sobre la moto. Dejé de pensar en la siguiente postura porque el cuerpo parecía conocerla antes que la cabeza. La respiración encontró su propio ritmo, los movimientos comenzaron a enlazarse sin esfuerzo y durante unos minutos desapareció esa molesta costumbre que tenemos de comentarnos interiormente todo lo que hacemos. No había nada extraordinario. Precisamente por eso era extraordinario.

La moto fue el primer maestro. El Taichi está siendo el segundo.

Y creo que cualquier actividad capaz de enseñarnos a vivir de verdad acaba recorriendo el mismo camino, aunque utilice lenguajes diferentes. Da igual que suceda sobre una moto, en un tatami, delante de un piano, preparando una paella para los amigos o caminando por una montaña. Todas esas experiencias empiezan ofreciéndonos seguridad, nos obligan después a corregir lo que hacemos mal, nos devuelven una y otra vez al instante presente, despiertan nuestra admiración por quienes saben más que nosotros, nos permiten compartir el camino con otras personas y, finalmente, nos regalan esa alegría silenciosa que aparece cuando dejamos de luchar contra la realidad y empezamos, sencillamente, a acompañarla.

Quizá por eso sigo pensando que la felicidad no suele esconderse en los grandes acontecimientos. Se deja encontrar, más bien, en esas prácticas que consiguen reconciliarnos con nosotros mismos y recordarnos, una y otra vez, que vivir con plenitud consiste en prestar atención a lo que tenemos delante y permitir que, desde ahí, todo lo demás encuentre su propio lugar.

Abrazo presente,

Antonio.

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Mis escritos están inspirados en la obra y el legado de Preciada Azancot (1943–2017), creadora del MAT, Metamodelo de Análisis Transformacional, ciencia del ser humano.

Además de escribir sobre emociones, también acompañamos procesos de crecimiento personal a través de sesiones individuales de mentoring MAT.

Si quieres conocer mejor cómo trabajamos, resolver alguna duda o valorar si este acompañamiento puede encajar contigo, puedes escribirnos a hola@emocionesconciencia.com o mandarnos un mensaje por aquí.

Read the original on emocionesconciencia.substack.com

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