Hay una frase que me acompaña cada vez que me pongo el casco y arranco la moto. Me la repito casi sin darme cuenta, como quien hace una pequeña comprobación antes de despegar:
Focus and Flow. Concentración y fluir.
Es una tontería de dos palabras, pero con los años se ha convertido en mucho más que un mantra para conducir. También se lo digo a mi mujer y a mis hijos cuando empiezan una actividad que exige toda su atención. Da igual que sea estudiar, hacer deporte o enfrentarse a cualquier reto importante. Si consigues mantener el foco y dejar que las cosas fluyan, normalmente todo acaba encajando.
La moto, sin embargo, tiene una ventaja sobre casi cualquier otra actividad: no negocia. Si tu cabeza está en la discusión que tuviste ayer, en el correo que tienes pendiente o en la reunión de mañana, la carretera se encargará de recordarte muy deprisa que has dejado de estar presente.
Por eso me gusta tanto montar en moto. Porque me obliga a vivir exactamente donde transcurre la vida: aquí y ahora.
Esa sensación que llevo años experimentando sobre dos ruedas coincide con la secuencia que describe el MAT.
Todo empieza por la seguridad.
Antes de disfrutar de una carretera de curvas hay algo mucho más importante: llegar entero al siguiente kilómetro. El miedo auténtico hace precisamente ese trabajo. No está ahí para asustarnos, sino para detectar cualquier amenaza que pueda comprometer nuestra integridad. Revisa el estado del asfalto, la adherencia, la distancia con el vehículo que llevamos delante, la velocidad de entrada en la curva... Gracias a él ponemos límites y evitamos hacer tonterías.
Una vez que la seguridad está garantizada, aparece la tristeza auténtica. Y sé que suena raro hablar de tristeza mientras disfrutas de una moto, pero el MAT utiliza esa emoción de una manera muy distinta a la habitual. La tristeza es la que busca opciones cuando algo no encaja, la que calcula, compara y resuelve problemas. Si una curva se cierra más de lo esperado, si cambia el firme o aparece gravilla, es ella la que empieza a trabajar para encontrar la mejor solución.
Después entra en escena la rabia, no como enfado, sino como energía para permanecer completamente despierto. Ya no estás pensando en nada más. Solo existe esa curva, ese coche, ese adelantamiento o ese cambio de rasante. Estás conectado con la realidad, sin películas mentales, sin conversaciones imaginarias y sin ruido de fondo. Exactamente aquí y exactamente ahora.
Y es curioso lo que ocurre cuando esas tres primeras piezas encajan. Empiezas a fijarte en la belleza de la propia máquina. En cómo un grupo de ingenieros ha conseguido que cientos de piezas trabajen con semejante armonía. Aparece la admiración, que para el MAT es el primer movimiento del orgullo auténtico, el que nos impulsa a reconocer el valor de las grandes creaciones humanas.
A eso se suma algo que cualquier motorista entiende sin necesidad de explicarlo. Existe una especie de fraternidad silenciosa. Nos saludamos aunque no nos conozcamos, paramos si vemos a otro compañero detenido en el arcén y compartimos rutas, cafés e historias con una facilidad sorprendente. Es una forma sencilla y muy humana de pertenencia.
Y entonces, casi sin darte cuenta, llega la alegría.
No esa alegría ruidosa que confundimos con la euforia, sino una mucho más serena. La de sentir que todo encaja. Que tú, la moto y la carretera formáis un único movimiento continuo. Que no sobra ningún gesto porque cada uno llega exactamente cuando tiene que llegar. Es una alegría que nace del fluir.
Lo importante no es la moto. La moto es solo mi lugar. Cada persona tiene el suyo.
Hay quien lo encuentra corriendo por la montaña. Otros escalando, cocinando, pintando acuarelas, tocando el violonchelo o perdiéndose durante horas en un taller de carpintería. La actividad es casi lo de menos. Lo importante es descubrir ese espacio donde desaparece el ruido, el tiempo deja de importar y toda tu atención se concentra en lo que estás haciendo.
Creo que todos necesitamos un lugar así.
Un rincón donde practicar nuestro propio Focus and Flow.
Porque, cuando lo encontramos, dejamos de sobrevivir para volver, sencillamente, a vivir.
Abrazo enfocado,
Antonio.
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Mis escritos están inspirados en la obra y el legado de Preciada Azancot (1943–2017), creadora del MAT, Metamodelo de Análisis Transformacional, ciencia del ser humano.
Además de escribir sobre emociones, también acompañamos procesos de crecimiento personal a través de sesiones individuales de mentoring MAT.
Si quieres conocer mejor cómo trabajamos, resolver alguna duda o valorar si este acompañamiento puede encajar contigo, puedes escribirnos a hola@emocionesconciencia.com o mandarnos un mensaje por aquí.

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