En 1325, un grupo de recién llegados se asentó en un islote pantanoso en medio de un lago salado, en el único pedazo de tierra que nadie más quería.
No es que eligiesen ese lugar, es que fue lo único que les dejaron.
Los mexicas habían llegado tarde al Valle de México. Las mejores tierras llevaban siglos ocupadas por pueblos más antiguos, más ricos y más respetados. Los recién llegados tenían fama de gente violenta y de costumbres extrañas. Habían sido expulsados de varios territorios antes de acabar en aquel islote rodeado de agua, sin piedra para construir, sin madera y sin tierras de cultivo. Sobrevivían cazando aves acuáticas y vendiendo su único activo: su capacidad para pelear las guerras de otros.
En 1519, menos de doscientos años después, ese mismo pueblo gobernaba la estructura política más poderosa que había existido jamás en América. Su capital, construida sobre aquel islote miserable, tenía más habitantes que cualquier ciudad de España. Recibía tributo de cientos de pueblos. Su palabra decidía guerras, mercados y dinastías desde el Golfo de México hasta el Pacífico.
Roma tardó siglos en construir su hegemonía sobre el Mediterráneo. Los mexicas hicieron algo comparable en seis generaciones.
Esa velocidad no se explica con épica, tampoco con mitos fundacionales ni con la idea de un pueblo especialmente belicoso. Se explica con mecanismos. Cuatro, exactamente. Cuatro piezas que, ensambladas, formaron una máquina de expansión que ningún otro pueblo mesoamericano supo construir.
Esos cuatro mecanismos son lo que viene a continuación.
Y cómo funcionaba este sistema por dentro, desde la cosmología que lo ordenaba todo hasta la vida cotidiana de quienes lo habitaban, es lo que vamos a ver en la siguiente entrega: el curso central de este recorrido.

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