Es una serie futurista, de ciencia ficción.
Los ricos viven todos encerrados en burbujas verdes.
En algún momento de la historia les agarró el odio a los pobres. Y ¿qué crees? Los espectadores nos parecemos más a los pobres que a los ricos.
Los ricos usan agua subsidiada para regar sus jardines, que imitan los castillos del siglo XIX.
En cambio, los pobres tienen que pagar por agua que sale color café de sus llaves.
Los ricos arrancan las flores y los árboles de los que podrían vivir los insectos y los pájaros, indispensables para la comida de los pobres.
Total, a ellos qué les importa que para producir comida se necesiten esas abejas y mariposas tan molestas, si pueden traer su carne de algún ganadero de Sonora o de Japón.
Los ricos ponen afuera de sus casas solo plantas de las que no puedan alimentarse los insectos nativos.
Traen cipreses de Roma, pasto de Edimburgo y agapandos de Johannesburgo. Y los riegan y los riegan.
Sus plantas no aportan tanto oxígeno como las que atraen a las mariposas.
Ni retienen tanto dióxido de carbono como las plantas nativas.
Igual que con el agua, tienen electricidad subsidiada, así que dejan prendidas las luces toda la noche, con lo cual terminan de espantar a los pocos polinizadores que sobreviven a las pésimas condiciones que construyeron.
Se me hace que esa serie ya la estoy viendo.
En los jardines de Puerta de Hierro: pasto, palmeras, cipreses, setos recortados.
En los jardines de Santa Anita: pasto, palmeras, cipreses, setos recortados.
En los jardindes de la Floresta en Ajijic: pasto, palmeras, cipreses, setos recortados.
El pasto necesita más agua, retiene menos carbón, requiere más cuidado con máquinas escandalosas que gastan gasolina y aporta menos oxigeno que las plantas nativas.
Por eso las mariposas no juegan golf. Pero, ¿a quién le importan las mariposas si solo sirven para que haya comida?
Resulta que los ricos podrían hacer algo por ti y por nosotros.
Cambiar sus jardines.
Es un llamado que hace el entomólogo y ecólogo Doulgas W Tallamy. Como explica, los gringos están enamorados de sus jardines con pasto recortado. Tanto que en algunas colonias hay hasta multas para quien no lo tenga perfectamente regado y podado.
Pero también en algunas ciudades de Estados Unidos ya hay programas para convertir los jardines con césped en pequeñas praderas nativas.
Dice Tallamy que si se convirtieran los jardines con ese cesped tan aburrido en jardines de flores, árboles y otras plantas nativas, Estados Unidos tendría un nuevo parque nacional de casi nueve millones de hectáreas, más grande que los parques de Yellowstone, Yosemite, Olympic, Las Secouyas, el Gran Cañón, Denali, Grand Teton, Monte Rainier, las Cascadas del Norte, Tierra de Cañones, Badlands y los Everglades.
Cuando a los clasemedieros los dejan entrar a Puerta de Hierro, Santa Anita o la Floresta, regresan a sus colonias muertos de envidia y con ansiedad por el estatus.
Tienen que demostrar que también ellos pueden tener césped inútil, jardines aburridos sin flores y plantas exóticas. Por cierto, como dice Tallamy, eso de las plantas exóticas era muy bueno para el estatus, porque en el siglo XIX demostraba que se tenían los recursos para traerlas de lugares lejanos.
Pero ahora los clasemedieros quieren copiar el mal gusto de los ricos y van a los viveros a comprar esas plantas exóticas que ya se producen masivamente.
Lavandas en lugar de salvias mexicanas, cipreses en lugar de guamúchiles, jacarandas en lugar de primaveras.
Hay quien dice que esas plantas ya tienen tanto tiempo en México que cuentan como nativas.
Parece que no. Tallamy da un ejemplo con el arce noruego, desgraciadamente tan popular que ya es el árbol de sombra más difundido en Estados Unidos, a pesar de que en América existen los arces americanos.
Los arces noruegos llegaron a Filadelfia en 1756 y desde entonces se supone que se han adaptado al continente. Pues en esos dos siglos los insectos, otros animales y plantas del ecosistema no se han adaptado a su presencia. Hay un pequeño detalle. Norteamérica se separó de Eurasia hace 80 millones de años.
En ese tiempo, los arces de cada lado del Atlántico han evolucionado de manera diferente, lo que incluye la química de sus hojas, el tiempo en que florean y tienen semillas, el ritmo de crecimiento, la tolerancia a la sombra y muchas otras cosas más.
La propuesta de Tallamy en sus libros Bringing Nature Home y Nature’s Best Hope es que convirtamos los jardines mediocres, como los de Colinas de San Javier, en praderas coloridas y biodiversas.
Pero para eso tendríamos que dejar de vivir en esa serie en la que los ricos odian a los pobres y no les importa que no tengan mariposas para polinizar plantas y así producir comida.

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