Fui padre por primera vez hace más de diez años. En aquel momento mi vida cambió. Es la mejor decisión que podría haber tomado. No va a haber ninguna otra cosa o experiencia que se iguale a tener un hijo (o dos).
El hecho es que ser padre no solo me ha dado la alegría de poder compartir y recibir amor y cariño sino que me ha proporcionado el mayor aprendizaje de mi vida:
Ser feliz es más sencillo de lo que creemos.
Pero no solo he aprendido esto de mis hijos. He podido comprobarlo de primera mano con los 18 niños con los que he estado trabajando este último año y que me han enseñado cómo las cosas pequeñas, si las vives con pasión se convierten en lo único y más preciado. Me han enseñado que no existe el mañana y que vivir el ahora es la única manera que existe de vivir.
Conforme nos hacemos adultos la prioridades cambian. Y a la vez, cambia nuestra percepción de las cosas que son importantes. Cada semana comparto tres horas con niños de entre 7 y 8 años a los que entreno1 y me lo demuestran durante cada entrenamiento.
Llegan sin preocupaciones y lo único que quieren es jugar. Están en el aquí y ahora. Son felices en ese momento. No saben lo que les depara el mañana y se olvidan (al menos durante la hora y media del entrenamiento) de lo que ha ocurrido antes. Son felices porque están haciendo lo que les gusta y, además, lo están haciendo enfocados al 100 %. Están completamente concentrados en cada ejercicio y eso es lo único que habita su mundo. Se alegran si marcan, se enfadan si fallan y lo viven como si fuese lo último que van a hacer.
Conforme crecemos esto se vuelve mucho más difícil. Estar centrado en lo que tienes que hacer sin que un pensamiento o preocupación ocupe tu cabeza es algo muy difícil. Los compromisos y responsabilidades llenan nuestra vida y no nos permiten disfrutar del momento. Estamos más pendientes de aquello que hice ayer o lo que tengo que hacer mañana que de lo que estoy haciendo ahora; incluso si es algo placentero. ¿Por qué pasa esto? Esta pérdida de consciencia es consecuencia de una forma de vida basada en correr y correr sin sentido. Hemos perdido la capacidad de disfrutar. Hemos perdido la capacidad de apasionarnos con algo por el mero hecho de hacerlo sin un objetivo concreto, solo para disfrutar, solo porque nos gusta.
Los niños tienen la clave. Aún no han sido absorbidos por las prisas, por la presión y por las responsabilidades inútiles. Aún pueden y saben como disfrutar el momento. Por eso, son el ejemplo a seguir. Mira a un niño o niña cuando juega. Mira lo concentrado que está, mira lo que disfruta.
Y pensarás que es difícil, que cuando somos mayores ya no podemos hacer lo mismo, que ya no podemos disfrutar igual. En realidad es todo lo contrario. La capacidad sigue allí solo que la has escondido detrás de una mente de mono que no te deja en paz. Has dejado que la rutina de la vida monótona invada tu ser y has dejado de ver más allá de tus preocupaciones.
Debes trabajar para que esa capacidad perdida aflore de nuevo. Puedes instaurar una serie de hábitos o prácticas para trabajar esta atención: meditación o mindfulness, respiración consciente, deporte, ayunos mentales, escuchar música atentamente. Cualquier cosa que te proporcione un momento en el que puedas estar presente, sin nada más, es una opción estupenda para poner en práctica esa capacidad de disfrutar de estar contigo.
Además, te propongo una serie de prácticas relacionadas que puedes usar en tu día a día:
Cuando friegues los platos intenta permanecer el mayor tiempo posible concentrado en la sensación del agua, el tacto de la vajilla, la sensación del jabón, los movimientos.
Lo mismo puedes hacer al lavarte los dientes.
Cuando te acuestes, cierra los ojos y, antes de dormir, escanea tu cuerpo y párate en las sensaciones, sin juzgar, solo obsérvalas. luego pasa a la respiración y quédate allí hasta que te duermas.
Cuando salgas a dar un paseo, deja los cascos guardados e intenta concentrarte en cada paso, uno detrás de otro, se consciente de que estás andando.
Dedica cada día 3 minutos a estar presente sin hacer nada más. Simplemente permanece sin hacer nada, respirando y observando el paisaje, tu cuerpo, las sensaciones.
Conduce sin música, sin radio. Completamente concentrado o concentrada en el hecho de conducir.
El primer paso es ser consciente de lo que te estás perdiendo por esquivar el presente. El segundo, trabajar para recuperarlo. Empieza por asomar la cabeza y mirar al cielo. Sin más objetivo que observarlo. ¿Qué sientes?
Siempre admiraré la capacidad de los niños para vivir cada segundo como si fuese el último, y seguiré nutriéndome de su sabiduría, de su nobleza, de su bondad y de su capacidad para hacer que todo lo que viven merezca la pena ser vivido. Después de todo es el único momento que podemos vivir. Ahora.
Un abrazo.
Carlos.
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El Metodo Slow es una ‘newsletter’ sencilla para leer tranquilamente. Está escrita desde mi cabeza y mi corazón para aportar valor a tu vida. Son pequeñas píldoras semanales sobre todo lo que he aprendido y lo que he sigo aprendiendo para lograr una vida mejor. Un complemento a lo que escribo en el blog para que lo consumas con calma. Quiero que te aporte valor. Pequeños conceptos pero muy valiosos. Además, he seleccionado cuidadosamente los recursos que te propondré teniendo en cuenta la calidad y el grado de valor. No me gusta perder el tiempo con cosas que no aportan nada.
Cero ruido.
Menos es más.
El tipo de deporte aquí es secundario, pero por si te interesa: soy entrenador de fútbol base. Este año en categoría prebenjamín.

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