La madrugada del 28 de junio de 2019, cuando salió Bandana, de Freddie Gibbs y Madlib, yo estaba en Medellín. Llegué como a las tres de la mañana a la casa de mi amiga Juliana, donde me estaba quedando. Me puse los audífonos, me acosté y le di play al disco. Antes de dormirme, intercambié mensajes de júbilo con mis amigos sobre el verso de Pusha T en «Palmolive», el beat hermoso de «Practice» o el rapeo atlético de Gibbs en «Fake Names». Eran asuntos importantes que había que discutir antes de que saliera el sol.
Entonces era normal para mí quedarme esperando a que dieran las doce de cada viernes para escuchar ese nuevo disco que tanto me emocionaba. Creo que la última vez que lo hice fue en 2024, en Barcelona, cuando Valeria fue a mi casa con unas papas fritas sabor a trufa para escuchar el estreno de Marciology de Roc Marciano.
Este año han salido álbumes que me han encantado, como 656 de Roc Marciano — «Good for you» es de esos temas que me pellizcan el alma—, new avatar de Kelela y CEREMONIAL de Black Milk. Los he disfrutado, he vuelto a ellos, me han acompañado.
Debo admitir, sin embargo, que no solo ya no me quedo esperando a los estrenos de medianoche, sino que ya no estoy escuchando tanta música nueva como antes.
Puede que este cambio de hábitos se relacione con mi edad y el paso del tiempo, y creo que también tiene que ver con la cantidad inabarcable de temas nuevos que salen cada viernes; esta cantidad propone un ritmo de escucha voraz —pon un disco nuevo, y cuando se acaba pon el otro, y el otro— que intenté seguir hasta que me di cuenta de que estaba agotado, que las canciones nuevas se estaban transformando en música de fondo, y que estaba corriendo esta carrera únicamente para estar al día, como se espera de cualquier periodista musical que medio se repete.
Sé que mi caso no es único. He hablado con varios amigos y colegas que también están cansados; no tiene sentido que la música se sienta como tarea. De hecho, el asunto va más allá de la música. Esta ansiedad cultural ante la oferta inmensa —de series, de canciones, de newsletters, de experiencias, de lo que se te ocurra— define nuestra época. A esta situación, en la que una relación profunda con una cantidad limitada de álbumes ha sido reemplazada por un recorrido efímero por miles de temas, el crítico Ted Gioia la llama la crisis del descubrimiento: nunca se había producido tanta música y nunca había sido tan difícil decidir qué escuchar.
No es particularmente novedoso, pues, afirmar que esta abundancia nos terminó jugando en contra; si acaso, es apenas una arista más de nuestra fatiga digital y de los ritmos atrofiados de nuestro consumo cultural.
No me quiero concentrar en esto, sino en otra pieza del rompecabezas de mi relación actual con la música. Para mí, el 2026 ha sido un año de volver a esos discos que conocí de adolescente y me descubrieron la inmensidad del hip-hop.
Ha sido un año de volver a los clásicos.
Hoy me siento particularmente honesto, así que, además de admitir que ya no escucho tanta música nueva como antes, tengo otra confesión por hacer.
Soy una persona obsesiva. Sobre todo con mis hábitos culturales. Antes de viajar a Berlín, a París o a Ciudad de México, reordené mi infinita lista de libros pendientes en goodreads —que actualizo obsesivamente casi todos los días según mis nuevos intereses o caprichos; si somos amigos me has oído hablar de mi lista de goodreads— para crear una guía de lectura sobre cada uno de estos destinos. Cuando Trump secuestró a Maduro en enero de este año, leí una biografía de Chávez y una novela sobre el chavismo. Y hablando de los clásicos, y de volver, y de volver a los clásicos, un viernes de junio por la noche, cuando caí en la cuenta de que faltaba menos de un mes para el estreno de La Odisea de Christopher Nolan, solté lo que estaba leyendo y abrí mi computador para actualizar mi lista con La Ilíada, La Odisea y cinco libros relacionados con los poemas homéricos.
Cuando era niño, leí una versión infantil ilustrada de La Ilíada, La Odisea y La Eneida. Ahora, casi veinticinco años más tarde, cuando volví a acercarme a La Ilíada y La Odisea, en mi mente no solo estaba el recuerdo difuso de mi lectura de infancia, sino también todas las referencias a estos poemas que atraviesan nuestra cultura: el Caballo de Troya, el Talón de Aquiles, el Canto de las Sirenas. Y cuando leí, fue como si los estuviera leyendo por primera vez, mucho más allá de sus lugares comunes y su simbología. Sobre todo, frente a todos los comentarios y discusiones sedimentados que había escuchado durante años, esta vez fue una lectura mía.
Uno de los libros que leí junto con La Ilíada y La Odisea fue Por qué leer los clásicos, de Italo Calvino. Hace unos años leí el ensayo de 1986 que abre y le da nombre al libro, y desde entonces he vuelto a él varias veces. Esta vez lo leí como introducción para el libro entero y volví a sorprenderme, a pesar de que pensaba que ya lo conocía.
Dice Calvino que toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera y que un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. Es decir, añade Calvino, que la lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que de él teníamos.
Lo que dice Calvino refleja lo que viví leyendo La Odisea. Yo sabía que era un clásico, lo daba por sentado. No fue sino hasta que lo leí de nuevo que entendí por qué era un clásico.
En abril de 2016 compré mis dos primeros vinilos: The Chronic de Dr. Dre e Illmatic de Nas, joyas noventeras que habían sido decisivos en mi formación rapera. Durante casi una década casi no pude escucharlos, salvo en las casas de algunos amigos, porque en la mía no tenía tocadiscos. Al fin, en diciembre del año pasado, compré uno con la plata del premio Simón Bolívar que me gané. Y también compré como veinte vinilos más: Doggystyle de Snoop Dogg, Aquemini de Outkast, The Low End Theory de A Tribe Called Quest, Supreme Clientele de Ghostface Killah, Capital Punishment de Big Pun, entre otros. Quería que en mi discoteca estuvieran los clásicos.
En libros como Retromania, Simon Reynolds ha argumentado que la cultura popular del siglo XXI está obsesionada con su propio pasado, mientras que Mark Fisher insistió en que los fantasmas del pasado persiguen a la cultura contemporánea y le impiden imaginar futuros radicalmente distintos. Puede ser. Volver a los temas que escuchamos en la adolescencia activa una sensación familiar y estable que puede leerse como un síntoma de la nostalgia como rasgo generacional: no podemos devolver el reloj para ser los que éramos, entonces nos aferramos a la música de antes. «Canciones me recuerdan tiempos que ya no regresan / Y yo con ganas de que nada cambie», escribió el filósofo envigadeño Anyone/Cualkiera. Seguramente Byung-Chul Han ya publicó un libro al respecto.
Pero volver a los clásicos no tiene por qué quedarse en eso. Como lo indica Calvino, puede ser mucho más: más exigente y, por qué no, más novedoso.
En 2013, cuando volví a Bogotá luego de cinco años en Lima, caminaba al Transmilenio escuchando «Feelin’ it» de Jay-Z, soñando con levantar mi copa para brindar con Moët. Fue la época de mi vida en la que más escuché su debut, Reasonable Doubt: el contorsionismo verbal de «22 Two’s» me impresionaba, y me encantaba escuchar a Biggie en «Brooklyn’s Finest». Ese año debí haber escuchado ese disco decenas de veces.
Por eso pensaba que lo conocía bien. Y, quizás por eso, hace mucho que no lo escuchaba entero, de inicio a fin. Volví a hacerlo este año, ahora que se cumplen treinta años de su lanzamiento y han vuelto a resurgir reseñas, análisis y algunos making-of. Al final de «Regrets», la canción que cierra Reasonable Doubt, me di cuenta de que este era un disco nuevo para mí.
Podríamos empezar por la misma «Regrets», que antes casi ni consideraba y ahora ha ascendido hasta ser una de mis favoritas del disco. El beat de Peter Panic podría ser el que suena en los créditos si el disco fuera una película: es cálido y avanza sin prisa sobre una guitarra que llora o ríe, que va y viene, que toma rumbos impredecibles. «This is the number one rule for your set / In order to survive, got to learn to live with regrets / On the rise to the top many drop, don’t forget / In order to survive, got to learn to live with regrets», rapea Jay-Z en el coro: esta es la llave para interpretar todas las canciones anteriores. Nos deja ver detrás del telón de tipo duro y empezamos a entender todo lo que le quitó su vida ilegal, la mentalidad con la que afronta el inicio de su carrera en la música.
Más interesante, incluso, es el caso de «D’Evils», que fue de mis favoritas desde la primera vez: por el beat enorme, cinematográfico, de Premier; por el sample de Snoop en el coro; y por ese verso en el que, luego de reflexionar sobre los mecanismos del bajo mundo, Jay-Z afirma que un trabajo de nueve a cinco está bien si quieres sobrevivir, pero él no quiere sobrevivir, sino vivir al límite y amar su vida. Aun así, hasta este año, no me había percatado de lo que pasa realmente en la segunda estrofa, que incluye ese verso famoso en el que él obliga a tragar billetes a una vieja a la que está interrogando: I kept feedin’ her money ‘til her shit started to make sense. Resulta que esa vieja es la mamá del hijo de un amigo de hace tiempo que devino rival absoluto. Todo estaba cifrado en dos versos en los que no había reparado: The closest of friends when we first started / But grew apart as the money grew, and soon grew black-hearted.
Estos versos condensan la grandeza de Reasonable Doubt. Por su capacidad de síntesis en un par de líneas, por la belleza precisa de las imágenes —qué trágico el término black-hearted para describir los efectos del dinero en una amistad— y porque ilustra lo mismo que luego refleja «Regrets»: que, más que del éxito criminal, este disco nos habla de sacrificios: es el examen del alma de un hombre que no puede escapar de sus fantasmas aunque esté listo para cambiar de vida.
Me pasó algo similar con La bomba de Ziroshima de Zof Ziro, al que volví por su primera década. Y me pasa con cada clásico al que vuelvo. Porque yo soy otro y el disco es otro. Porque eso pasa con los clásicos.
Al inicio de este texto mencioné algunos de mis discos favoritos del 2026. Acá van algunos de mis favoritos de los últimos meses: Reawakened de DoggyStyleeee, La senda de Hakim, vol. 1 de Vic Deal, My Uncle Told Me Some Real Ass Sh*t on the Phone Yesterday de zayALLCAPS, Who Coppin de Larry June, Sock It 2 My Pocket de Rome Streetz, Glory of the King’s Hand de Chuck Strangers, WHACK’S MUSEUM de Tierra Whack y Savoir Faire 3 de SD Kong y C. Spaulding. No he dejado de estar atento a lo que sale cada semana, solo que voy a mi ritmo.
Incluso Calvino conoce las virtudes de una dieta balanceada, en la que los clásicos comparten la mesa con lo contemporáneo para así fortalecerse: «Así pues, el máximo “rendimiento” de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad». Para el escritor italiano, «es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo».
Es curioso que Calvino utilice la expresión «ruido de fondo», que era lo que sentía que se estaba volviendo la música nueva en mi carrera por ser el más actualizado. Aunque estoy de acuerdo con él cuando dice que «el máximo “rendimiento” de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad», diría, por mi parte, que volver a los clásicos permite, justamente, que la nueva música no se vuelva ruido de fondo.
Luego de visitar los clásicos, escucho estos discos nuevos con atención renovada. Abro la ventana para que entren y me detengo en ellos sin ningún afán. Ya no necesariamente el día que salen; ya no todos, sino los que alcanzo, los que quiero.

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.