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El Enemigo · Aug 10, 2026

Ojalá que el siguiente año, cuando lleguen las fiestas de San Pedro, en Colombia aún exista la democracia

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Jacobo Santiago · El Enemigo

Las fiestas de San Pedro y San Pablo impulsan los viajes a Neiva e Ibagué -  Semana
Desfile en San Pedro. Foto tomada de la página de Semana, por Juan Carlos Sierra.

Ochenta lucas cuesta un pasaje en flota para Neiva, cuando arranca la temporada alta por las fiestas de San Pedro. Si uno viaja en cualquier otro momento del año, exceptuando diciembre, los pasajes pueden llegar a costar la mitad. Cinco peajes separan a Bogotá de la capital del Huila: un recorrido de 308 kilómetros que abarca todos los pisos térmicos del país. Cerros coronados de escarcha coexisten junto a extensos bosques tropicales mientras el Magdalena, furioso o sosegado, pasa y alimenta las más de veinte quebradas que nutren a todo el departamento huilense. La empresa de transporte Coomotor regala un paquete de achiras con una botella de agua a cada tripulante, mientras que Cootranshuila obsequia un folleto con mapas impresos a dos tintas o alguna renegrida postal del desierto de la Tatacoa. El trayecto dura, aproximadamente, cinco horas.

Cuando era niño y hacía este recorrido en la tractomula de un tío, él, para ahuyentar el terror que la desolada carretera producía a medianoche, me decía que Dios estaba sentado entre ambos, silencioso y cauto, pero jugueteando con las estaciones de radio. Yo, lejos de comprender la razón por la cual la señal del dial viraba, o hasta desaparecía por completo conforme nos acercábamos a nuestro destino, le preguntaba entonces por qué no lo podía ver.

—¿Y para qué quiere verlo? —me preguntaba Mirtiliano sin quitar los ojos de la carretera.

—Pues para saber cómo es.

—No se preocupe por eso. Dios es como San Pedro, mijo, solo que siempre está pegado a un cigarrillo.

Al final, mucho menos inquieto, me derrotaba el sueño y me desplomaba sobre el largo asiento de cuerina, arrullado por la vibración del motor Willies modelo 76, con la carretera desenrollándose como la lengua de un antiguo buey.

Esta vez, en junio de 2026, viajaba solo. Mi madre y mi hermano llevaban en Neiva ya una semana. Junto con mi padre, mi hermana y mi sobrino, radicados allí tras la pandemia, me esperaban para que pasáramos, en compañía de mi familia paterna, la celebración tradicional del departamento: las fiestas de San Pedro.

Después de comprar el pasaje, salí del terminal y me fumé dos plones en la pipa. Tirados en el suelo, junto a un arrume de maletas, unos muchachitos que portaban con orgullo la camiseta del extinto Atlético Huila se turnaban un cigarrillo. De camino a la bahía donde un enorme bus de dos pisos aguardaba por los pasajeros, un pastor alemán, sostenido por un vigilante de tez morena, se quedó mirándome con los ojos como dos canicas centelleantes. Le di un sorbo a la Coca-Cola de envase plástico para pilotear la paranoia y caminé en línea recta, como un malabarista suspendido en los aires. Ya en la bahía, y para evitar algún inconveniente, me ajusté el cabestrillo que sostenía mi brazo derecho, dislocado dos semanas atrás, y subí hasta el segundo piso para ubicar el asiento que me contendría las siguientes horas. Al lado mío, sentada en la silla que daba al enorme ventanal, una señora discutía a grito herido con otro pasajero mientras que un perro lazarillo, perteneciente a un hombre sentado junto a la ventana del otro extremo, babeaba el suelo del bus.

Juan Villoro propone en El testigo, su mejor novela, que todos los problemas de la literatura son un problema referente a la luz. El cielo grisáceo, polvoriento, empezaba a despejarse y las montañas, enclavadas en el horizonte, se desplegaban cinceladas por el sol de junio. Los objetos, al otro lado del ventanal, se iluminaron y el perro lazarillo parpadeó sumergido en la oscuridad de la flota. Yo me puse los audífonos y subí el volumen del último disco de la agrupación gringa The Brian Jonestown Massacre para no escuchar a la señora sentada junto a mí, que continuaba quejándose y lanzando madrazos a diestra y siniestra.

San Juan y San Pedro: la celebración que convirtió al Huila en símbolo  cultural - Semana
Foto: Gobernación del Huila.

El Festival del Bambuco en San Juan y San Pedro, mejor conocido como las Fiestas de San Pedro, se celebra anualmente desde mediados de junio hasta los primeros días del siguiente mes. Un promedio de quinientos mil personas asisten a los desfiles tradicionales, las cabalgatas, los encuentros de música y danza alrededor del bambuco y la rajaleña, los cuatro reinados y algunos conciertos. El último gran desfile coincide con la coronación de la reina del bambuco; juntos, transforman a Neiva en una enorme boca que bebe Doble Anís, y que canta al ritmo de la tambora un sanjuanero atemporal bajo el sol incandescente.

Las fiestas de San Pedro surgieron hace más de dos siglos y encuentran su primer precedente en 1790. El entonces gobernador de la provincia, Lucas de Herazo, ordenó celebrar en Neiva unas fiestas en honor a San Juan Bautista reafirmando la actitud obediente de los dirigentes de la región para con la corona española. Con el paso del tiempo, las comunidades campesinas fueron transformando esta orden gubernamental en una celebración que reúne a las danzas típicas con las expresiones musicales del Tolima Grande y en 1960 el gobierno departamental la institucionalizó con el propósito de preservar las expresiones artísticas del departamento.

Apenas me bajé de la flota, en la primera parada en el norte de Neiva, me encaramé en un taxi hacia Las Mercedes, el barrio de mi familia. Por las callecitas empolvadas, las vaharadas de calor sometían a los transeúntes; los árboles de hojas calcinadas permanecían estáticos e indiferentes ante los abrumadores 32 grados con los que crepitaba la ciudad. Desde los solares enrejados de las casas, o decididamente por fuera de ellas, los neivanos se aglomeraban frente a los televisores que sintonizaban el partido del Mundial de fútbol de la selección Colombia contra la República Democrática del Congo. El calor sofocante, el aguardiente y las rancheras mezclándose con las voces de los comentaristas deportivos le daban a la ciudad un clima de expectativa inusual. Frente a la casa de mi abuelo, un grupo de niños disparaba, usando las colillas que encontraban en el suelo, un atado de voladores.

—¿Qué se toma, primo? —me preguntó Emilio cuando al fin descargué la maleta y saludé a la multitud de primos, sobrinos, yernos, nueros, tíos y tías que desfilaban por el solar de la casa. También, con un fuerte abrazo, saludé a mi abuela Emily Nicanora, reciénteme enviudada.

Una digresión aclaratoria. Mi tatarabuela, alma bendita, se llamó Emilia Rojas. De ahí en adelante, todos los que arribaron, con unas muy contadas excepciones, fueron nombrados más o menos de la misma manera. En mi árbol genealógico abundan los Emilios, las Emilias, las Emilys, los Emilianos, los Emires, las Emilianas y hasta dos desdichadas primas a las que mis tías decidieron nombrar, dizque para ahondar en el vocablo latino, Aemilia. Cuando alguno de mis primos perdía el año, en esas épocas en las que la humanidad todavía se relacionaba por fuera de las pantallas telefónicas, la confusión era tal que pasábamos hasta un mes sin enterarnos quién había sido el alumno reprobado. ¿Emilio Castañeda? ¿Emilio Aranaga? ¿Usted está seguro de que escuchó bien? ¿No habrá sido Emiliano Rojas? Y así hasta que la familia volvía a encontrarse con motivo del San Pedro, o por las navidades, y la cuestión se zanjaba. Ahora sí, avancemos.

Mi primo Camilo Emiliano, porque estudió sistemas y porque siempre le encargaban esas tareas, había puesto un proyector junto a la ceiba que mi abuelo sembró hace más de setenta años. Como nadie se estaba quieto, ni detenido en algún lugar determinado, tampoco había sitio para sentarse a ver el partido tranquilamente. Me quedé de pie junto a mi prima Camila Emilia, quien aprovechó la pausa de hidratación para invitarme, con una mirada que reconozco desde hace más de una década, para que nos fuéramos a trabar.

A medio camino nos cruzamos con mi primo Eduardo Emiliano, quien fingió mirar detenidamente algo interesantísimo dentro de la pantalla de su teléfono para no verse obligado a saludar.

A pesar de compartir la ciudad de origen, el centro de educación superior, las tradiciones del departamento y todo un cúmulo de características familiares misteriosas e innominables, bastan un par de minutos para que cualquiera compruebe que mis dos primos, Camila Emilia y Eduardo Emiliano, son diametralmente opuestos. Camila estudió Comunicación Social en la Universidad Surcolombiana (USCO) y trabaja en un medio independiente y local que se encarga de documentar los cambios climáticos en la región. Le tocó irse de la ciudad por allá en el 2009, pues su rostro apareció en la portada del diario La Nación mientras arrojaba un ladrillo contra un grupo de uniformados antidisturbios. Organizó una huelga de hambre para impedir que se celebrara una cabalgata en otra versión de las fiestas departamentales y últimamente volvió a ser noticia en la ciudad cuando la grabaron arrojando un valde repleto de pintura, desde el balcón de su apartamento, a un grupo de simpatizantes de Abelardo de la Espriella que festejaba tras los comicios de la segunda vuelta presidencial.

—Porque no tenía mierda o mierda les hubiera arrojado —le respondió tranquilamente a los dos periodistas del noticiero local cuando se hizo viral la grabación y estos llegaron hasta la puerta de su domicilio para increparla.

Festival del Bambuco en San Juan y San Pedro - Wikipedia, la enciclopedia  libre
Foto tomada de Wikipedia. Por Karolynaroca

Eduardo Emiliano dice que no votó por Abelardo de la Espriella, aunque vaya uno a saber. Durante todo el mes de mayo, entre las dos votaciones presidenciales, se la pasó discutiendo en Facebook con nuestro tío Beto, quien desde el principio manifestó públicamente que votaría por Iván Cepeda. Estudió Administración Financiera, también en la USCO, y una vez hasta representó a la universidad en unas olimpiadas regionales de natación. A veces compartía fotos luciendo las insignias militares que le heredara su padre, fallecido en un combate en el Caquetá; a lo largo de la campaña presidencial le dio “me divierte” a todos los post que compartí del Pacto Histórico. Al final me bloqueó cuando subí una historia metido en una marcha estudiantil. Su madre, mi tía Claudia Emilia, le preguntó a mis papás si podían recomendarle un especialista psiquiátrico pues creía, después de corroborar algunos hechos más bien difusos de los últimos meses, que mi primo estaba sumido en profundos episodios de depresión.

—¿Usted no extraña a ese marica? Como era antes, quiero decir —me preguntó Camila Emilia; sentada encima de una piedra y con el bareto en los labios, sobresaliendo del follaje, parecía una poeta beatnik.

—¿A quién? No le entiendo.

—A Eduardo, bobo.

—Pues sí. Antes era todo bien, ahora se parece a mi tío Raúl Emilio con esas mierdas de los militares.

—A mí hasta me prestó unos discos de Pink Floyd cuando estábamos en la universidad, imagínese. Facho hijueputa.

Nos quedamos callados, pasándonos el porro. Aunque el calor había mermado, por momentos el bochorno suspendía su tregua y brotaba del centro hirviente de la tierra. Sabía que ambos estábamos pensando en lo mismo o si acaso en algo muy similar: Eduardo saltando desde un risco para clavarse en la quebrada cristalina; Eduardo sonriendo detrás de un pastel de cumpleaños; Eduardo abrazado a mi padre el anterior 24. Desde la casa de mi abuelo, y multiplicado en los otros solares, llegó el rugido del gol celebrado en todo el país. Cuando fue retornando la calma, interrumpida por alguna que otra chicharra o por el estallido de un volador, Camila se puso de pie mirándome fijamente.

—¿Sí escucha?

—¿Sí escucho qué? ¿Las chicharras?

—No sea huevón, escuche… escuche bien.

Se llevó un dedo a los labios, expectante, y antes de que yo pudiera protestar me sujetó por el brazo sano, jalándome entre la calle empolvada. Ambos corrimos como cuando teníamos diez años, como cuando éramos felices, hacia el sur del vecindario.

Más allá de las ramas de los árboles, más allá de los cables por encima de las casas y de los gatos en los tejados, íbamos distinguiendo, conforme nos acercábamos al final de la calleja, el sonido de una tambora, de una trompeta, de un redoblante ensamblándose simétricamente a una voz aguda que organizaba las palabras a su antojo, improvisando, dándoles vueltas, haciendo malabares con ellas entre trago y trago:

Vengo sin prisa pero con brío
Vengo sin prisa pero con brío
Para decirle a los vecinos
Para decirle a los vecinos
Olerolerolaira este guaro no está frío
Olerolerolaira este guaro no está frío

El que cantaba era Augusto Polania, padre de Ángela y Marisol, las muchachas espigadas que, frente a nosotros, repartían el guaro tibio a toda la parranda. Las dos, apenas vieron a mi prima, se abalanzaron en nuestra dirección como impulsadas por una marea y se fundieron en un abrazo de esos que uno solo es capaz de dar en la infancia. A su lado, golpeando la tambora como si el próximo gobierno fuese prohibir el ruido, estaba el hermano de Augusto, Hernando, mientras que los otros músicos eran otros tíos, sobrinos y primos de Ángela y de Marisol cuyos nombres he ido olvidando entre los canales del tiempo. Todos estaban ataviados con pantalón y camisa blanca y el rabo de gallo ajustado al cuello. La trompeta y la tambora sonaban y sonaban y sonaban, mientras la familia entera bailaba sacudiendo el polvo de la calleja bajo las estrellas parpadeantes.

—¿El rolito todavía toma guaro? —me preguntó Ángela, mostrándome sus enormes dientes brillantes y blanquecinos, y sin esperar respuesta me embutió, sin contemplaciones de ningún tipo, un largo trago de Doble Anís tibio:

La familia Polania insiste en la algarabía
La familia Polania insiste en la algarabía
Olerolerolaira este guaro no está frío
Olerolerolaira este guaro no está frío

Y no sé si fue la marihuana de Camila, o la nostalgia de volver, o el guaro, o todo junto, pero era como si la música que escuchaba, que a su vez era la misma música que tocaban mis tatarabuelos cuando descendían del cerro Pacandé, en el norte del departamento, sudorosos, nimbados de una vida ulterior que perdimos al ingresar a la ciudad y al fundar nuestros rascacielos, era como si esa misma música llegara de los aires, de ese cielo toteado de estrellas que se negaba a mutar, como si proviniera del centro mismo de los chimbilás que se deslizaban suavemente sobre el aire caliente de la noche soterrada, sobre el aire caliente de la gran noche americana repleta de enigmas, y yo los miraba sobrevolar y me faltaba el aire pero no quería ni sentarme ni huir, sino todo lo contrario, y entonces empecé a palmear con la mano contra el brazo dislocado sin que me importaran las punzadas de dolor, sin fijarme siquiera, como si tomara conciencia, como si estuviera enloqueciendo, pero no. Temiendo y temblando, pero aplaudiendo y tomando guaro también.

Pongan a enfiar rápido el guaro
Pongan a enfiar rápido el guaro
O ya no canto ni mierda
O ya no canto ni mierda
Olerolerolaira es la última vez que lo digo
Olerolerolaira es la última vez que lo digo

Archivo:Fiestas de San Pedro en Neiva 03.JPG - Wikipedia, la enciclopedia  libre
Foto tomada de Wikipedia. Por Karolynaroca

—Se perdió el gol anoche, primo— me dijo Martín Emilio sentado en la mesa y detrás de un caldo de costilla humeante. Martín es un fatal aficionado del balompié y desde muy joven fue desarrollando una memoria digna de Hernán Peláez. Capaz de recordar hasta el último partido del Chigüiro Benítez en el Deportivo Cali del 2003, todos mis otros primos le consultaban acerca de las posibles llaves de la siguiente fase del Mundial o por el marcador de cualquier partido ya disputado en el torneo.

La jaqueca, la resequedad en la garganta y una punzada en el hombro dislocado me despertaron antes del mediodía. Estaba tirado, rodeado por otros primos fundidos en la mañana, sobre un colchón puesto en el medio de la sala. Camila Emilia roncaba a mi lado junto a mi tía Consuelo y Emily, otra de mis primas menores, babeaba el sofá sobre el que dormía. Un rayo de sol se filtraba por las cortinas y golpeaba la fotografía de mi abuelo, fallecido dos meses atrás, puesta al otro extremo de la enorme sala. Toda la casa parecía el escenario de una tripulación amotinada con el bullicio llegando desde las habitaciones, los pasos de los niños correteando y con la voz de un locutor que anunciaba el desfile de esa mañana entre ruidos de cohetes.

Después de una ducha, y de dos tazas de caldo, me senté sobre una matera del solar. Todo el suelo de baldosines rectangulares estaba tapizado por hojas de la ceiba y por trozos de mango mordisqueados por las aves nocturnas de la jornada anterior. Mi tío Pedro Emilio, sosteniendo una cerveza helada y desperezándose, se me acercó con los ojos empañados:

—¿Entonces qué, don Jacobo? ¿Me va a acompañar a traer un petaco de cerveza a la licorera? Camine y de una vez traemos la olla para los tamales de esta noche.

—No puedo, tío. Me voy para el desfile.

—¿El de ahorita? ¿El de las reinas departamentales? No jodás.

—Sí, señor. Es que estoy escribiendo algo acerca de San Pedro para un… —dudé un segundo mientras mi tío me miraba con curiosidad. Sabía lo que me iba a responder —… Para una revista en la que estoy trabajando.

Mi tío se acercó un poco más posando su rostro junto al mío. Lagañas secas y tufo.

—¿Usted no ha pensado, mijo, en conseguir un trabajo de verdad? Algo que sirva, algo que le aporte al país. Todos esos libros, todas esas güevonadas. ¿Eso para qué?

No supe qué responder y me encogí de hombros. Mi tío, alejándose, hizo un gesto de fastidio y antes de desaparecer por la puerta me advirtió levantando el índice:

—Ojalá sea cierto que va para el desfile ese. Si lo vuelvo a ver por aquí, me acompaña o me acompaña.

Como mi familia asistía con una disciplina minuciosa al desfile de la siguiente jornada, el que cerraba las fiestas San Pedrinas, lo normal era que ninguno de ellos fuera al de aquella mañana. Tras las cuatro exhaustivas semanas del festival, muchos habitantes de la región preferían conservar las fuerzas para la última parranda, que por la extensión del desfile y la aglomeración de turistas resultaba todavía más exigente. Me despedí de mis padres y empecé a caminar hacia el centro. En la Carrera Veintiséis encontré abrigo bajo una enorme ceiba contra el sol calcinante y tras veinte minutos de espera, empecé a dudar de si debía seguir caminando hasta la avenida Circunvalar, o continuar aguardando por una buseta en el andén. En esas estaba cuando vi un rostro familiar, que me contemplaba fijamente desde la ventana del copiloto de un Renault Clio azul oscuro.

—Pare, pare —dijo Andrés Mahecha, casi gritando por encima de la música que sonaba dentro del vehículo —. Pare que ese es el viejo Yeicob.

Andrés Mahecha fue novio de mi hermana y de dos de mis primas. Cayó preso en el 2008 cuando lo capturaron, en flagrancia, atracando una panadería en el barrio Cándido. Al recuperar su libertad, se fue para Estados Unidos ilegalmente, de donde lo deportaron a los tres meses. De ahí en adelante se la ha pasado viviendo de trabajos informales y entrando y saliendo, por motivos irrastreables, de algunas cárceles al sur del país. En la casa de mi abuelo tiene prohibida la entrada porque dicen que envició a dos de mis primos menores. También dicen que tiene un hijo en Paicol, municipio en el sur del departamento. Yo no lo veía hacía más de cinco años. Extraño presagio en la mañana huilense.

Totalmente consciente de que se trataba de una pésima idea, dudé un instante detenido sobre la acera. En toda la avenida, extrañamente desierta a esa hora de la mañana, no se veía ni una buseta ni un taxi ni ningún otro vehículo. El rostro de mi tío Pedro, amenazante, llegó hasta mí como envuelto en una bruma y, sin más opción, me apeé como pude dentro del carro, encaramándome encima de tres desconocidos que se turnaban media botella de Doble Anís y un bareto del tamaño de una vela. El carro arrancó y Andrés, con los ojos puestos en un cuaderno en el que servía dos líneas de perico, y completamente paranoide, vigilaba los espejos laterales cuando nos deteníamos bajo algún semáforo. Si bajaba las ventanas, el carro se convertía en una enorme locomotora; si las subía, en un sauna turco. Todos los ocupantes palidecimos cuando una moto de la policía se detuvo, por unos segundos, junto al vehículo, embutido en un pequeño trancón.

Andrés se giró para ofrecerme el cuaderno. Me negué y entonces uno de los tipos que me cargaba, sin mediar palabra, lo cogió y, haciendo un esfuerzo sublime con el tronco, sacó su propia bolsita que fue desocupando sobre la superficie acartonada. En la radio, mientras avanzábamos por los vecindarios, sonaban los Beastie Boys y Jorge Oñate. Después, cuando nos acercábamos al desfile, Andrés puso un CD con pura electrónica.

—Este marica es escritor, ¿si o qué viejo Yeicob? Ha publicado libros y todo.

—¿A lo bien? —le preguntó el piloto con fingido entusiasmo.

—Lo que hay que hacer es levantarnos una vieja —respondió, embalado, otro de los tipos que me cargaba y que miraba por la ventana sin seguir la conversación y con gesto de querer abalanzarse contra el vidrio.

Parqueamos el carro a dos cuadras de la avenida Circunvalación y a una calle del desfile. Junto a nosotros se arrastraba una marea de asistentes que rodeaba los puestos callejeros en los que se comercializaba, sobre las aceras atestadas, desde instrumentos musicales hasta sombreros de fieltro. Justo mientras pensaba en cómo escabullirme, para llegar hasta el desfile, el tipo que manejaba el Clio me palmeó la espalda y puso frente a mí una cerveza helada, mirándome amistosamente detrás de sus lentes oscuros.

—Ole, mi socio, camine y nos tomamos una cerveza, que si usted es compadre de Andrés Mahecha, también es compadre mío. Además, todavía falta un buen rato para que empiece esa vaina, aquí todo arranca tarde.

Entramos en la casa ubicada junto al primer local de la avenida. Víctor, el piloto, me contó que se trataba de la vivienda de un amigo y que ellos rara vez iban a un desfile, pero que todo bien, que confiara, que seguro a este sí iban, solo que antes aguantaba darle a unas cervezas. Tanto el sol iracundo arriba, como las camisetas con rectángulos de sudor en los sobacos, le daban la razón.

A la hora, después de dos six pack, ya íbamos bajando hacia la avenida Circunvalación rodeados por sombreros, rabos de gallo y camisetas de la selección Colombia.

En la esquina, un agente de tránsito lamía una paleta de agua. Junto a la avenida, donde ya se arremolinaban cientos de asistentes, unos muchachitos ataviados con taparrabos, pintados de negro y coronados por largas pelucas, iban de un lado a otro pidiendo limosna. Otro grupo de muchachitos cargaba sillas y las iba depositando ante los billetes de diez mil pesos que les ofrecían los espectadores. Al otro lado, junto al río Magdalena, los palcos estaban repletos de asistentes que aleteaban detrás de sus abanicos y un animador hablaba por encima del estruendo, entre una que otra canción de vallenato. Cuando llegó la primera carroza, cargando a la reina del departamento de La Guajira, la voz del animador se perdió entre el estruendo de la primera papayera de esa mañana. Desde la carroza, la reina arrojaba dulces de colores y los niños se abalanzaban contra el suelo.

—¿Usted por quién votó? —me preguntó Víctor mientras batía una media botella de Doble Anís sin destapar. Por el bullicio, tuve que pedirle que me repitiera la pregunta.

—Que por quién votó, mano.

—¿Por quién cree? —le respondí sonriendo y señalándome la barba.

—Por Cepeda, obvio. Con esa pinta de guerrillo.

—¿Y usted por quién votó?

—Yo vivo jodido, no tengo ni trabajo formal, hermano. Con Andrés, mi compadre, estamos echándole pañete a una casa, pero paila, no alcanza el billete.

—¿Pero por quién votó?

—Pues por Cepeda. Qué voy a votar por ese hijueputa de Abelardo, ni que fuera marica. Mire los palcos —señaló en dirección a un punto indefinible al otro lado de la avenida —. Todos tienen la camiseta de la selección, fijo votaron por ese frentón. Yo no sé si uno es más güevón por votar por ese man o por pagar para meterse a un palco en San Pedro.

Un conjunto vallenato, que separaba las carrozas de la reina del departamento de Caldas y la del departamento de Antioquia, se detuvo frente a uno de los palcos y varios asistentes brincaron la reja para servirle aguardiente al acordeonero y para bailar con los otros integrantes de la agrupación. Cuando el desfile avanzó, el vallenato se fue apagando, tragado por los instrumentos de otra papayera que custodiaba la siguiente carroza y por la voz de Karol G, brutalmente expulsada por los enormes parlantes dispuestos junto al palco.

—Es que es increíble, parcero —me dijo Víctor después de servir otra ronda de guaro y con un cigarrillo sin encender colgándole de los labios—. Aquí la gente ama San Pedro, mírelos cómo se ponen con una papayera, y aun así son capaces de votar por un tipo de esos. ¿No le parece raro? Aquí ganó Abelardo sobradamente y Petro perdió hace cuatro años, en todas las elecciones es la misma vaina. Usted es rolo, allá por lo menos siempre ganan los otros candidatos, o al menos tienen oportunidad de ganar. Pero aquí la gente come mierda y esperan que se la sirvan caliente.

—¿Qué tiene que ver San Pedro? —Le preguntó uno de los tipos del carro, mientras liaba un bareto.

—Usted ama su tierra, ¿sí o qué? Dígame. Usted ama a la gente que vive aquí, ¿o no? Si es así, entonces cómo puede votar por un man que nos tiene asco, llave, un man al que se le nota que si por él fuera nos mandaría a todos a la mierda, a usted, a su familia, a sus descendientes y hasta a las mascotas de sus descendientes. ¿Cómo hijueputas? —dijo, y me pareció que hasta la voz se le quebraba.

—Pero Petro es un guerrillero, viejo Víctor. Que coman mierda él y las putas FARC.

Y yo iba a contestarle que las FARC no tienen nada que ver con Petro cuando escuchamos gritos seguidos de silbidos y vimos a unos policías tratando de contener a un caballo desbocado y aturdido con una jinete retrepada encima suyo, aterrada y pálida. Los músicos, atrapados por la reja, volaban por los aires para esquivar al animal que tomaba cada vez más velocidad y que finalmente, después de la primera carroza, fue a estrellarse contra otro palco. La estructura de varillas y engranajes de acero crujió antes de venirse abajo y no pasaron ni cinco minutos para que los quejidos de los heridos, que brotaban por debajo de los escombros, fueran apagados por los ruidos de las trompetas, los redoblantes y la voz de Maluma expelida por el altavoz.

—Esto es el Huila, vida hijueputa —gritó Víctor al lado mío, con rabia, pero también con un orgullo mal disimulado y levantando la media botella de guaro —. Por eso que usted acaba de ver es que aquí votamos por Abelardo. Si hay guaro y perico y música nos importa todo lo otro una mierda. Al fin y al cabo, ¿qué se le va a hacer? Compremos más trago, esta maricada ya se acabó.

Archivo:Fiestas de San Pedro en Neiva 01.JPG - Wikipedia, la enciclopedia  libre
Foto tomada de Wikipedia. Por Karolynaroca

—¿Cómo le fue, mijo? —Me preguntó mi tía María Emilia al verme traspasar el solar. Con una mano sostenía la escoba y con la otra el recogedor. Su delantal, manchado de aceite, brillaba por el reflejo del bombillo. Hacia el sur del vecindario, los voladores reventaban por los aires y las copas de los árboles se iluminaban fugazmente—. Sus papás estaban preocupados, mire la hora.

—Ya hablé con ellos, tía. Hubo un accidente en el desfile con heridos y todo. Había un trancón muy bravo y nos vinimos caminando desde el centro.

—¿Nos vinimos? ¿Con quiénes?

—Con unos amigos de Bogotá que sumercé no conoce y que me encontré de camino hacia la Circunvalación. Tía, ¿dónde están todos? ¿Por qué está tan sola la casa?

—Están haciendo tamales donde los Monroy, aquí atrás. ¿Por qué no va un rato, mijo? Hasta su prima Camila, que no le gusta nada de eso, anda por allá.

—Se me había olvidado, claro. Pero creo que estoy cansado, tía. Me voy a dormir. Además, mañana es el último desfile y mejor guardar fuerzas, ¿no?

—Como quiera. Vaya y se acomoda en la cama de su primo Daniel y yo lo acuesto a él en otro lado.

Hasta la habitación de mi primo llegaban, provenientes de más allá del ventanal, las risotadas de mis tíos, borrachos como una cuba frente a la casa de los Monroy. Soñé con un caballo desbocado, color beige, que en vez de estrellarse contra los palcos desaparecía bajo los toldos. Luego, al reaparecer, la multitud aplaudía y el caballo, orgulloso y despidiendo un halo magnético, zapateaba hábilmente.

En algún momento de la madrugada desperté envuelto en sudor y con el rostro ardiendo producto del sol recibido aquella tarde. Fui hasta la sala, para acomodarme entre mis otros primos arrojados por ahí sobre las colchonetas y mientras atravesaba el reguero de cuerpos esparcidos por todo el suelo, escuché desde algún punto indefinido de la sala la voz de Silva y Villalba. El crujido del dial me indicó que la tonada provenía de un radio y solo ahí me fijé en que alguien, muy cerca de mí, lloraba.

Qué triste quedó mi rancho y abandonado,
Porque tuve con mi negra que irme de allí
Quedó mi trapiche solo, todo acabado
Ya no es la misma tierra que conocí.

Mi abuela sollozaba con las manos sobre el rostro. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, pude distinguir su silueta en una esquina de la sala, frente a la foto de mi abuelo. No supe qué hacer y me quedé quieto, apenas respirando. Una tuteca, reptando velozmente, avanzaba junto a la claraboya.

Como añoro y recuerdo al viejo Tolima
como con mi morena podía vivir,
Hasta que una tarde de crudo invierno
tuve que con mi negra salir de allí.

Me senté entre mis primos Juan Emilio y Ricardo Emiliano, acomodándome y tratando de no despertar a nadie ni de llamar la atención de mi abuela. Los ronquidos de mi tía Consuelo se mezclaban con el ruido de un ventilador encendido en alguna de las habitaciones del fondo. Un chapulín del tamaño de un dedo, detenido contra el balaustre, también contemplaba a mi abuela, mientras que el perro de mi tía Mery, en el que no me fijé sino hasta que estuve sentado, respiraba pesadamente enroscado sobre una almohada. El escarabajo, de un verde encendido, dio un enorme salto hasta el barandal de la silla de mimbre en la que la anciana sollozaba.

Me quitaron el rancho con las vaquitas
y aunque eran tan poquitas, eran de mí
Como te extraño entonces, viejo Tolima
Como quisiera ahora volver allí.

Mi abuela, advertida por el zumbido del escarabajo, se fijó en la baranda de la silla. Luego, producto de una sincronía que aún no logro comprender, la anciana estiró su palma y el chapulín, entendiéndolo todo, dio un segundo brinco y se posó en el centro de su mano. Me restregué los ojos, incrédulo, pero mi abuela, iluminada por la luz de un poste eléctrico al otro lado del ventanal, efectivamente sostenía al escarabajo y lo miraba fijamente. Yo, vencido por las circunstancias, apoyé mi cabeza contra la sábana haciendo el menor ruido posible. Al rato escuché los murmullos de la anciana y estuve seguro de que ella conversaba, por medio del escarabajo y como si el bicho se tratara de un teléfono misterioso, con mi abuelo. Entre los ronquidos de mi primo Gabriel Emiliano y el ruido del radio yendo y viniendo por el dial, con Dios jugueteando por ahí, me fui quedando dormido otra vez.

Así está la programación para las Fiestas de San Juan y San Pedro en Neiva  - Infobae
Foto de Colprensa

—¿Usted por quién votó? —le preguntó mi tío José Emilio a Pipe, el novio de mi prima Emiliana. La mañana era nublada, como si el bochorno fuese aglomerándose e inflando los nubarrones grisáceos dispuestos en el cielo raso.

—Por Cepeda, sí señor.

—¿Y usted? —arremetió de nuevo mi tío, esta vez contra mi prima.

—Por Cepeda, lógicamente.

—Pero ¿por qué? ¿No les preocupa la seguridad? Lo de la paz total de Petro fue un fracaso, la guerrilla está reclutando otra vez menores y en las ciudades uno ya no puede ni salir. Miren no más todo ese mierdero en el Cauca. No hay derecho.

—Sí, pero Abelardo hasta presentó firmas falsas para postularse, tío. Eso es todavía más criminal.

—Quizá, mija, pero si nos salva de la hecatombe, pues que sea el criminal que quiera, que haga lo que se le dé la gana. A mí eso no me importa.

—Acompáñeme a la tienda, primo —me dijo Camila antes de levantarse del colchón. Tenía el ceño fruncido—. Ya me sabe a mierda todo este cuento de las elecciones.

En la tienda de los Mota un tipo tocaba una caja de vallenato mientras otro, recostado contra la reja del establecimiento, apretaba un acordeón. Ambos combatían para no caer vencidos por el alcohol. Un cuncho de Doble Anís reposaba en el suelo y en la cancha de microfútbol, unos niños jugueteaban con un balón de trapo. Frente a la casa de los Patiño, doña Nelly organizaba unos palos para encender el asador.

Para el último desfile, mi familia suele ir toda junta en el platón de la camioneta de mi tío José Emilio hasta algún punto de la avenida Circunvalación. Mis tías alquilan sillas plásticas y se encargan de organizar la vaina de modo que todos logremos ver, mientras que otra comitiva se encarga de traer la cerveza, la espuma y las bolsas de agua imperativas para soportar el abrumante calor.

Pensé que este año sería igual, pero al salir de la ducha, mis primos discutían a viva voz en la sala de la casa. Vi a mi tío José Emilio que daba un cabrillazo en su camioneta justo antes de desaparecer en la esquina. Me acerqué a mi tía Cristina.

—¿Qué pasa, tía?

—Una maricada, su tío José Emilio se acaba de ir emputado. Dijo que este año no prestaba la camioneta porque no va a transportar a un grupo de insurgentes. Casi hasta se da en la jeta con su tío Beto.

—¿Cómo así? ¿Por las elecciones?

—¿Por qué más va a ser?

—¿Y entonces?

—Pues nada, nos tocó coger bus.

En la Veintiséis pasaban caravanas de familias enteras, taxis repletos y motocicletas en las que se encaramaban hasta cinco pasajeros. Una enorme buseta, adornada con un letrero a lápiz que decía ÚLTIMO DESFILE, se detuvo frente a mi familia, que la tripuló como si una inundación amenazara con arrancar los árboles de la ciudad. Llegando a la avenida Doce, la más próxima a la Circunvalación, el tráfico no permitía avanzar, así que no hubo de otra que tirar infantería. Miles de sombreros se encaminaban, como nosotros, en dirección al desfile.

—Compremos unas polas —me dijo mi primo Daniel cuando ya toda la familia, sobre sillas, bancas y hasta llantas y en el lado opuesto de la avenida, se había instalado. Detrás suyo, mi primo Jorge Emilio destapaba una garrafa de aguardiente. Camila, sentada sobre una barda, prendía con disimulo una pipa de la que daba breves caladas. El cielo seguía nublado, por fortuna.

Después de que empezara la primera contienda de espuma y agua, y mientras ya pasaban las primeras carrozas y las papayeras, una anciana iracunda se levantó de su asiento para llamar a la policía y así impedir la continuación de la batalla. La rechifla fue descendiendo desde los palcos hasta nuestro sector y, antes de que algún agente del orden se acercara, la denunciante decidió darse por vencida. A orillas del Magdalena, jóvenes de todas las edades orinaban los aguardientes amarillos y los bailarines, de alpargatas y sobre el asfalto tibio, aplaudían al ritmo del Sanjuanero.

Unos borrachines, trenzados en una discusión, empezaron a darse puñetazos al otro lado de la avenida, y hasta que no aparecieron varios policías, que dificultosamente lograron contenerlos, no siguió avanzando el desfile. Cuando arrancó la cabalgata, que anunciaba el final de la jornada, empezamos todos a caminar de vuelta hacia la Doce. Algunos primos, que se encontraban con los camaradas de antaño, iban quedándose rezagados en las esquinas y uno sabía, porque así es como funciona la vaina, que no volvería a verlos hasta el siguiente San Pedro.

Al llegar a la Doce, mi tío José Emilio, mirando hacia el frente y con el ceño fruncido, nos aguardaba metido en su camioneta. Cuando nos vio aparecer, y sin decir nada, se bajó del asiento y alcanzando la parte posterior de la camioneta retiró la puerta del platón. Todos, en silencio, empezamos a ascender.

—¿Por qué se habrá arrepentido? —preguntó mi prima Emily, como pensando en voz alta,cuando ya avanzábamos por la Doce.

—De pronto le dio pesar.

—Deberíamos poner el himno del M-19 en el bafle de Pipe.

—Fijo nos baja.

—Fijo ahí se le acaba el arrepentimiento.

La camioneta avanzó, traqueteando, entre el bullicio. El olor a mierda de caballo se espesó bajo el sol que ahora sí despuntaba. Sobre la avenida, unos tipos completamente borrachos, vestidos con la camiseta de la selección Colombia, bloqueaban el paso vehicular y festejaban lanzando harina. Uno de ellos, el más borracho de todos, invitaba a los demás transeúntes a unirse a la repartición de aguardiente. Muy lejos sonaba la Billos Caracas Boys y otra papayera. Porque necesitaba estirar las piernas, y porque la camioneta no iba a avanzar en un buen rato, me bajé del platón y ya en la acera encendí un cigarrillo. Me dio nostalgia ver a mi familia allí, detenida en el trancón, pero también arrinconada contra las circunstancias, contra las contradicciones de nuestro tiempo. Un batallón de Emilios, Emilys, Emilianos, suspendidos esperando siempre el siguiente San Pedro, la siguiente aurora. Mi tío José Emilio, sin decir nada y sin mirarnos, se rascaba las ojeras por encima del manubrio. Camila Emilia, acercándose, me ofreció un sorbo de su lata de cerveza.

—Ojalá el otro año no hablemos tanto de política —dijo mi tía Cristina a nuestro lado.

—Ojalá el otro año, cuando lleguen las fiestas de San Pedro, en Colombia todavía exista la democracia —le respondió mi prima, recibiendo la lata y dándole un buen sorbo.

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