Un paseo brevísimo, lo justo para tomar aire y deshacer el nudo, la escena de la novela que no acabo de resolver: con la excusa de tirar algunas cajas vacías, de comprar en el supermercado algo con lo que premiar o distraer mi esfuerzo. Al poco de mudarme retiraron los contenedores de las calles que desembocaban en las principales de mi zona, paralelas entre sí, obligándonos a peregrinar hasta encontrar uno con espacio; un jueves bajé la basura a la esquina, y el lunes había un coche aparcado en su lugar.
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Una letra y otra y otra, la n con la o, no, las conozco, una palabra y otra y otra según las reglas que memoricé. Me preguntaré siempre cómo ocurre, cómo surge una idea y toma cuerpo; me tranquiliza conservar ese misterio, enfrentarme a cada texto como si se tratara de la primera vez. Cuando escribo siento que estoy aprendiendo —torpe, lenta— a escribir. Ahora todo me cuesta el doble que antes, el triple de lo que estimo. La inseguridad me ha convertido en una escritora más precisa: lo consulto casi todo en el diccionario, para asegurarme de que se dice así lo que quiero decir. He aprendido —me consuelo— palabras que ignoraba, acepciones mucho más suculentas que las que conocía. Las guardo como tesoros para utilizarlas en cuanto lo permita el relato o el poema. El lenguaje ha ganado en matices; en aristas, también.
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En este barrio cada vez más locales se transforman en viviendas —en mi calle resisten una pastelería y un taller mecánico: cerraron un bar, otro taller, una agencia de seguros y una tienda de arreglos de costura—, y en cada piso caben más personas: en el buzón ahora señalan los apellidos, uno por familia, uno por habitación. Los domingos por la tarde, los lunes temprano hasta el paso del camión, tantas bolsas de basura se acumulan en torno a los contenedores que dificultan el camino. Mientras pago mi compra en el supermercado, la mujer tras de mí se queja de una rata —en Paraguay se las llama angujas— que se le cruzó en la acera, y nos explica: pensé que me atacaba —enorme susto en la cajera, en mí y en otra señora que se protegió de la rata hipotética con una empanada de atún, estrechándola contra su pecho—, pero solamente me miró.
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Este fin de semana me tocaba escribir el artículo para el periódico. En un documento suelo anotar las ideas conforme surgen —a veces una o dos líneas que la expliquen, otras un esbozo: qué pretendía con “dieta blanda”—, el viernes por la mañana escojo una sobre la que me apetezca pensar, la vinculo con alguna anécdota para el arranque, también el sábado lo dedico al borrador, el domingo corrijo, el lunes lo envío a J. y M. para saber qué opinan, lo releo desde lo que me hayan contestado. Cuatro días, en total: antes invertía mucho menos.
Este mes he intentado apuntar los errores —no todos: algunos los rectificaba sobre la marcha, o los olvidaba— que cometía, por usarlos de alguna forma, alguna vez, para algo. Por ejemplo, «bandas» en lugar de «baldas», «bajón» por «cajón», «sombras» por «sobras»; «las fiambreras con las sombras», qué gracia en su épica doméstica. Cambio las letras, sobre todo: «arándonos», detecto en el repaso, porque el procesador no ha subrayado la errata, nosotros removiendo la tierra removida; «simulares» por «similares», «cuento» por «cuenco», «depite» por «repite», «quien» por «quince», «yugores» por «yogures», «rendiendo» por «rendido», «devolicón» y «devilocón» y «devolucón» por «devolución». También omito espacios en blanco o sinalefas donde no corresponde, solicito al buscador la palabra que he olvidado según mi definición —cómo se dice si algo es todo lo mismo—, y cuando borro frases o las sustituyo por otras dejo un pronombre o una conjunción como un resto arqueológico, para que cuando vuelva —ya otra yo— los descubra, y los recuerde.
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Unos versos de Fernando Pessoa, no, de Alberto Caeiro, con traducción de Juan Barja y Juana Inarejos: «Percibimos las cosas demasiado —ahí está el error y está la duda. / Lo que existe trasciende por debajo a lo que creemos que existe. / La Realidad tan solo es real, no pensada».
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El abrigo jaspeado para disimular el chándal negro feo, útil, con el que me siento a escribir. Guardo en el bolsillo el teléfono, las llaves, el monedero, tomo las cajas, y bajo las escaleras pensando en la situación a la que se enfrentan los personajes —«se enfrentan», como si no fuese yo quien ha inventado eso para ellos—, un escalón tras otro tras otro, con cuidado para no tropezar; portal, a la derecha hasta la esquina, y de repente ahí, donde el salón de manicura, un golpe de aire y un olor milagroso, suavísimo, quebrando el asfalto un jardín y un arroyo, me guía el borboteo y dejo atrás la óptica, la tienda de ropa y la de telefonía, un olor puro ensanchándome los pulmones, me acerco a los contenedores, y a la altura del de vidrio lo comprendo: el suavizante de la lavandería. Una familia ha abierto la puerta mientras entraban unos con maletas, y salían otros con maletas, y la fragancia spa floral se escapa calle abajo. La realidad ha quebrado la epifanía; se trataba de un error.
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En este texto, «ñao» por «año». Aunque lo haya borrado en la versión definitiva, que la errata permanezca.
📸 Fotografía a “Retrato de hombre con escala de colores” (1940-1944), de Maruja Mallo. La tomé en la exposición en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid.
📝 Participaré en uno de los encuentros de la residencia de la Cidade da Cultura para proyectos literarios en gallego. El plazo de inscripción finaliza este viernes 22 de mayo a las 15h; tienes las bases en este enlace.
📬 Además de aquí, me encuentras en Instagram y mi web.
🍀 Te deseo mucha salud, alegría y tiempo para leer buenos libros.

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