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Efecto Placebo · Oct 24, 2025

Trucos para vender más en Wallapop

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Marina Díaz · Efecto Placebo

A veces me pregunto qué habrá sido de todo lo que vendí en Wallapop antes de que nos mudáramos a Costa Rica.

Hay algo terapéutico en deshacerte de tus posesiones. Es como cortarse el pelo: la libertad súbita de no cargar con ese peso y notar la brisa rozándote la nuca.

Vendí de todo:

El mini-gimnasio casero que nos montamos cuando cerraron los otros: las kettlebells, una espaldera, unas barras de fondos, una cinta de correr.

Los resultados de curarme la depresión pandémica a golpe de tarjeta: una impresora tope de gama, un escritorio, un sillón de masaje.

Vendí, por fin, el piano y el sueño de tocarlo; la plancha del pelo y la fantasía de ser el tipo de mujer que se plancha el pelo; la réflex y la esperanza de que algún día aprendería a usarla. Vendí hasta el doppler con el que escuchaba el corazón de Alana durante el embarazo, resignada por aquel entonces a no necesitarlo de nuevo.

Vendí (y hablo en singular porque muchas cosas también eran de Pablo, pero fui yo la que se encargó de todo) el colchón fabuloso que habíamos comprado meses antes, el sofá no tan fabuloso pero que era lo que había por la falta pandémica de stock, mesitas de noche, la mesa del salón, la silla Aeron de Herman Miller en la que me gasté un pastizal cuando me destrozaba el dolor de caderas.

Se me daba muy bien vender en Wallapop. Los secretos son: pon muchas fotos, da detalles, sé honesto, no muestres necesidad. Como cuando le dije al comprador de la cinta de correr que por menos de ochocientos euros no me compensaba vendérsela y que prefería guardarla en un trastero, o cuando le mandé a la que compró la mesa de centro una imagen de los rayones en la superficie.

Al final, los convencía a todos, y ahora me pregunto qué habrá sido de esos objetos en las casas de sus nuevos dueños. Cada vez que compramos algo estamos apostando: a que seremos capaces de ser el tipo de persona para quien esa compra tiene sentido.

Así que tengo curiosidad por saber si el de la cinta de correr la usa o si es el perchero más caro de la casa. Si el niño cuyos padres condujeron doscientos kilómetros para conseguir el piano sigue con las clases o se ha hartado. Si el que se quedó con la cámara consiguió sacar buenas fotos en la comunión de su hija.

¿Está cómodo el de la silla Aeron, o al final era demasiado pequeña? ¿Entrena con las kettlebells el que dijo que sí enseguida sin tener mucha idea de cómo usarlas? ¿Qué tal duerme en el colchón la pareja que se lo llevó porque ella lo quería, aunque él no lo tuviera muy claro?

Me acuerdo, sobre todo, de los que compraron el sofá. Tenían muchos gatos que habían destrozado el anterior, así que les expliqué mi sistema anti-gatos: spray para pis de perro del Mercadona y papel de aluminio hasta que se resignan a no usarlo como rascador.

Sin venir a cuento, la madre me enseñó un llavero con la foto de una chica de ojos azules que no tendría más de quince años. «Esta es mi niña», me dijo, mientras miraba trotar a Alana a nuestro alrededor. «También tenía los ojos azules. Se me murió hace un año».

No recuerdo qué contesté. Sí que me acuerdo de pensar que cuando te pasa algo así, cuando te alcanza el horror inimaginable de perder un hijo, se te debe de salir la tristeza como si fueras un colador roto, y por eso acabas contándoselo a la que te va a vender un sofá por Wallapop. O igual no es tristeza: a lo mejor simplemente quieres que tu hija y sus ojos azules vivan un segundo en la imaginación de otros, porque sabes que eres uno de los recipientes que guardan sus recuerdos y quieres derramarte en otros antes de que sea demasiado tarde.

Espero que todos mis objetos hayan encontrado un buen hogar y que todos estén ayudando a sus dueños a ser el tipo de persona que querían ser cuando los compraron.

O, ¿quién sabe? Quizá lo que me encantaría es que todas esas personas también hayan acabado vendiendo sus posesiones en Wallapop y yéndose de locura a vivir al otro lado del mundo.

Supongo que lo que de verdad quiero, el mejor deseo que puedo conjurar para toda esa gente que vino a mi casa a llevarse cosas, es: que sepan quiénes son, quién quieren ser y qué necesitan para conseguirlo. Que no carguen con más lastre de la cuenta. Y que se acuerden de apreciar a los que tienen cerca, porque al final la señora del sofá era la única que sabía el secreto de lo que de verdad no puede reemplazarse.

P.D.: Si te gusta lo que escribo, tengo una novela entera con más de 200 reseñas de cinco estrellas. La puedes comprar aquí.

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Read the original on efectoplacebo.substack.com

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