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Unbracketing the possible · Feb 24, 2026

Unidos en Muerte

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Earth in Brackets, Leslie, caoba · Unbracketing the possible

(English below)

Gael Guadarrama

El 22 de febrero del 2026 marca un punto de quiebre en las expectativas de todo ciudadano vallartense. De aquella ‘época dorada’ de Calderón; de los robachicos, las detonaciones esporádicas, los tiradores, los simulacros, ha pasado ya una década. Las entrañas de un horizonte paradisiaco es capturado por columnas de humo, llamas motorizadas; trabajadores varados, negocios quemados, reos liberados; una movilización que dibuja la cara de una verdad que hasta ese momento era más o menos silenciosa. Solo apta para observadores versados, o cómplices indirectos: aquí todo lo controla la maña.

Estos días marcados por el pánico y la huida han sido catalogados como un gran ejemplo de coordinación bilateral en aras de una seguridad regional que cada vez suena más abstracta: operativo doméstico, inteligencia extranjera. Misión exitosa, abatimiento anunciado. Desestabilización perpetua, causas de fondo intactas. Aquí no se mueve un dedo sin que la DEA lo sepa; se sabe, se ha sabido por mucho tiempo.

Sin denunciar buenos ni malos, esta vez nuestros dedos apuntan hacia un solo lugar, que es a su vez muchos: un virus que utiliza nuestros cuerpos e instituciones para proliferar, extraer, controlar, ganar, contar… propagarse a sí mismo. A esta alimaña, que muchos han denominado capital, le encanta repetir su lógica y cuerpo vacío. Nadie lo pidió en estas tierras, pero llegó en los mismos barcos que trajeron la viruela, las cruces y la muerte a punta de cañón. Hoy salimos a la calle por él, enseñamos por él, babeamos por él, y hasta lo defendemos de interrupciones. Lo buscamos, lo queremos, no estamos en paz sin él. Chambear en sí, hoy día, es sinónimo de él. Y por él también nacemos y morimos.

Los estados-nación—como México, Estados Unidos, Israel o India—han encontrado formas muy ‘listas’ de hacer que los cuerpos que residen dentro sus fronteras imaginarias produzcan este virus. Muy lejos de una visión romántica del rol del estado, del “un soldado en cada hijo te dio” y “masiosare un extraño enemigo”, el sistema para el que hoy juegan nuestros gobiernos privilegia el crecimiento desmedido. La seguridad como discurso se enarbola para garantizarle al gran capital avenidas seguras de extracción, y es utilizada por gobiernos extranjeros como moneda de cambio para minar un poco—o mucho—más de capital político. Los resultados de estas ya irrisorias políticas de descabezamiento agravan un entramado de autoridades fragmentadas, eternamente en guerra, y atrapadas en una dinámica cíclica de control territorial.

En un mundo globalizado, las fronteras sí restringen el paso de personas, pero no del capital, que es omnipresente y altamente deseable. La violencia y el terror en este contexto se transforman en medidas de coerción que garantizan un estado generalizado de enajenación y debilidad moral. Aquí ya no hablamos solo del monopolio estatal de la fuerza, sino de máquinas de guerra (Mbembe 2003). Estos ejércitos irregulares operan en servicio único de sus ambiciones económicas; sus filas se nutren de una base humana precarizada; sus flujos de capital estallan en todas direcciones por el globo, alimentando las cuencas en las que se acumulan los grandes capitales de las ya establecidas industrias ‘legítimas’. Sea Wall Street, San Pedro de la Garza García o Marina Vallarta, los pescadores que ganan en este río revuelto son aquellos que llevan ganando desde que la humanidad decidió que era buena idea dinamitar el mundo para generar valor de cambio.

Nosotros no somos meros sujetos pasivos ante esto. Por sí mismo, el virus del capital carece de poder y significado. Antes que nada somos el medio por el cual él circula y adquiere sus matices más apabullantes. Todavía empuja nuestros nervios y deseos en favor de su propia creación. Todavía somos clave y razón de ser. Todavía es posible articularnos en crítica no solo de un gobierno, un personaje de Monopoly, un tono de piel, una forma de hablar, un impulso homicida, o una necesidad vital. Cuando un agente de las fuerzas especiales mexicanas apunta su instrumento de muerte contra un narco debe llevarse una impresión muy grande. Encontrará ahí, en el espectro cristalino de su armamento táctico, el reflejo de sí mismo; proyectando con su misma sangre la lógica invisible que, por ahora, todos aceptamos como lugar común.

No tengo respuestas, solo un grado sano de escepticismo que compartir. Se vienen días difíciles para la gente de a pie. A ver si al menos podemos enunciar claramente el parásito que sigue regalándonos esporádicas fiebres. Por ahora los trabajadores vuelven a cruzar las calles, a poblar sus negocios, atender al visitante en busca del Paraíso. A espera de otra explosión que deje ver en su llanto un dramático escape de su miedo perpetuo.

February 22, 2026 marks a breaking point in the expectations of every citizen of Vallarta. From that so-called “golden era” of Felipe Calderón—of child kidnappers, sporadic gunfire, snipers, emergency drills—a decade has already passed. The entrails of a paradisiacal horizon are seized by columns of smoke, engines engulfed in flames; stranded workers, burned businesses, prisoners set free; a mobilization that sketches the face of a truth that until then had been more or less silent. Visible only to seasoned observers—or indirect accomplices: here, everything is controlled by the underworld.

These days marked by panic and flight have been labeled a great example of bilateral coordination in the name of a regional security that sounds increasingly abstract: domestic operation, foreign intelligence. Mission accomplished, a killing announced. Perpetual destabilization, root causes untouched. Not a finger moves here without the DEA knowing; it is known, it has been known for a long time.

Without denouncing good or bad, this time our fingers point to a single place, which is at once many: a virus that uses our bodies and institutions to proliferate, extract, control, profit, count… to reproduce itself. This thing—what many have called capital—loves to repeat its logic and its hollow body. No one asked for it in these lands, yet it arrived on the same ships that brought smallpox, crosses, and death at gunpoint. Today we take to the streets for it, we teach for it, we drool over it, and we even defend it from interruption. We seek it, we want it, we are not at peace without it. To “chambear”—to work—has become synonymous with it. And for it, too, we are born and we die.

Nation-states—like Mexico, United States, Israel, or India—have found very “clever” ways to make the bodies residing within their imaginary borders produce this virus. Far from any romantic vision of the state’s role—of “un soldado en cada hijo te dio” and “masiosare un extraño enemigo”—the system our governments serve today privileges unrestrained growth. Security as discourse is brandished to guarantee safe avenues of extraction for big capital, and it is used by foreign governments as bargaining currency to mine a little—or a lot—more political capital. The results of these now farcical decapitation policies aggravate a web of fragmented authorities, eternally at war, trapped in a cyclical dynamic of territorial control.

In a globalized world, borders do restrict the movement of people, but not of capital, which is omnipresent and highly desirable. Violence and terror in this context become coercive measures that guarantee a generalized state of alienation and moral weakness. We are no longer speaking only of the state’s monopoly on force, but of war machines (Mbembe 2003). These irregular armies operate solely in service of their economic ambitions; their ranks draw from a precarious human base; their capital flows burst outward across the globe, feeding the basins where the great fortunes of already established “legitimate” industries accumulate. Whether on Wall Street, in San Pedro Garza García, or in Marina Vallarta, the fishermen who profit from these troubled waters are those who have been winning ever since humanity decided it was a good idea to blow up the world to generate exchange value.

We are not merely passive subjects in the face of this. By itself, the virus of capital lacks power and meaning. Above all, we are the medium through which it circulates and acquires its most overwhelming shades. It still pushes our nerves and desires in favor of its own creation. We are still its key and its reason for being. It is still possible to articulate ourselves in critique—not only of a government, a Monopoly tycoon, a skin tone, a way of speaking, a homicidal impulse, or a vital necessity. When an agent of the Mexican special forces aims his instrument of death at a narco, he must be struck by a powerful impression. There, in the crystalline spectrum of his tactical weapon, he will find his own reflection—projecting with his own blood the invisible logic that, for now, we all accept as common sense.

I have no answers, only a healthy degree of skepticism to share. Difficult days are coming for ordinary people. Perhaps we can at least clearly name the parasite that keeps giving us sporadic fevers. For now, workers return to the streets, repopulating their businesses, serving the visitor in search of Paradise—waiting for another explosion that will reveal, in their tears, a dramatic escape from their perpetual fear.

Que la violencia no nos sea indiferente. Que no nos mareen los discursos políticos. Y que no se nos olvide lo que importa - Leslie Sedas Cabrera

(English below)

No reduzcamos la violencia a solo análisis geopolíticos, impactos económicos, o estrategias de seguridad nacional, es la vida real de millones de personas. No nos conformemos con un mundo que intelectualiza la violencia, la militarización, el intervencionismo y la explotación. No porque no necesitemos entender el mundo, sino porque el sobreanálisis anestesia. No consumamos sin sentir, sin actuar.

No hablemos de terroristas y salvadores sin mirar hacia la memoria, hacia los alrededores. Vale la pena preguntarse de dónde salió este problema, como puede ser que su existencia haya sido sostenida, y últimamente quién se beneficia y a quién se sacrifica.

No reduzcamos la violencia del narcotráfico a una persona. La captura de líderes de carteles en décadas pasadas solo ha demostrado la creación de más facciones de una misma organización. Es una Hidra a la que le salen más cabezas, pero el cuerpo sigue siendo el mismo.

¡Que nadie hable del Narco sin vincularlo con sus creadores y sus beneficiarios!

“Desde México y Honduras hasta Panamá y Perú, la CIA ayudó a establecer o consolidar agencias de inteligencia que se convirtieron en fuerzas de represión política y que al mismo tiempo permitieron y protegieron a los cárteles de la droga.” En México esa agencia gubernamental fue la DFS (Dirección Federal de Seguridad), y no es un secreto que estas dos agencias aprobaron y ayudaron a consolidar, entre otros, al cártel de Guadalajara, uno de los carteles más grandes y violentos en el mundo.

Tampoco es secreto que oficiales de la CIA apoyaron a organizaciones criminales y traficantes en Centroamérica durante la guerra de los Contras y el gobierno Sandinista en Nicaragua en los años 80’. Todo por financiar una “guerra contra el comunismo”. Apoyos que de acuerdo con los reportajes de Gary Webb publicados en San Jose Mercury News en 1996, generaron una epidemia de Crack en los Ángeles, que aunque se cobraba con la salud pública de la población financiaba una política orquestada desde USA. Quizá uno de los únicos casos en donde realmente es difícil contradecir que la CIA está dispuesta a hacer sacrificios “morales” por cumplir objetivos específicos.

Incluso la “Operación Cóndor” ha sido revisada minuciosamente y también nos habla de las intenciones de las políticas impuestas por gobiernos fuertemente influenciados por Estados Unidos. Esta operación se produjo en el marco de la estrategia de Estados Unidos en la Guerra Fría, guiada por la Doctrina de la Seguridad Nacional. Promovió dictaduras con el fin de suprimir o reprimir a sectores políticos democráticos populares de izquierda.

En México el plan Cóndor oficialmente se enfocó en la “erradicación de cultivos de mariguana y amapola” como primeros antecedentes de la guerra contra el narcotráfico. Sin embargo, investigaciones como las de Peter Dale Scott y Jonathan Marshall, en su libro Cocaine Politics: Drugs, Armies, and the CIA in Central America, apuntan a que el plan fue usado por los narcotraficantes quienes en colusión con las agencias de seguridad se aprovecharon del operativo para eliminar a la competencia.

Uno no se puede hacer de la vista ciega, las operaciones militares contra el narcotráfico en México no se pueden reducir a: estado contra carteles terroristas. No se puede hacer cuando es evidente la existencia de Narco-estados influenciados por intereses de poder político y económicos estadounidenses por décadas. Aun cuando agencias como la DFS ya no existan más, aún cuando la guerra fría ya no ocupa un lugar importante en la narrativa global. A mi me queda claro que si los carteles existen es porque el sistema construido con ellos y las cúpulas de poder lo permiten. Una guerra entre el Estado y el Narco se asemeja más a una disputa interna en una organización criminal, que a un acto de cuidado por la gente, ni mencionar del cuidado por el medio ambiente.

Las cosas hoy en día, después de décadas, no son tan diferentes. Los discursos de Seguridad Nacional, designaciones terroristas, operaciones militares y aparentes intentos por erradicar el tráfico de drogas solo empeora la vida de los ciudadanos de a pie. Empeora la vida de las personas que no pueden sentirse seguras en las calles, que pierden trabajos, que son desplazadas, que se ven más empobrecidas, más precarizadas. Pero que quede claro que todo esto si beneficia a alguien: ya sea el cartel rival que ahora tendrá más mercado para sus operaciones, ya sea una industria armamentista que aumenta sus demandas de armas y cartuchos.

En el último mes periodistas del New York Times y de numerosas de cadenas más, han reportado que los casquillos recogidos después de los enfrentamientos de integrantes de cárteles tienen la inscripción “LC”. Esta corresponde al Lake City Army Ammunition Plant, “una extensa instalación situada justo a las afueras de Kansas City, Misuri, que es propiedad del gobierno de Estados Unidos y es el mayor fabricante de la munición para rifles utilizada por el ejército estadounidense”.

Se muestra así una aparente incongruencia entre la designación de terroristas hecha por Donald Trump hacia los carteles mexicanos con la intención de erradicarlos y el abastecimiento de municiones por parte del estado estadounidense hacia los mismos terroristas. Sin embargo esto ya no se entiende como contradicción discursiva, sino como una revelación de un sistema que funciona muy bien bajo la lógica capitalista. No importa quien muera, no importa generar conflictos armados, importa generar ingresos.

Nos encontramos ante la cruda realidad de que enfrentarse a una Hidra de mil cabezas parece imposible. Puesto que los Carteles no solo forman parte redes de armas y drogas, controlan redes de prostitucion, tráfico humano, plantaciones ilegales de aguacate y limón que talan hectáreas de árboles, controlan el contrabando de petróleo, los cobros de piso y extorsiones. Pedir apoyo al gobierno desde que tengo memoria nunca ha sido una opción, porque las fuerzas de la policía y la milicia, y muchas veces de la justicia, responden a los intereses del estado y del capital, no a los intereses de la gente común, y aún menos al cuidado de territorio que ha sido y es explotado y contaminado durante las operaciones del narco-estado.

Pareciera que no importa que haya gente por sacrificar, ya sea la gente que cae en el círculo horrible de la drogadicción, la gente que es convencida de pasar paquetes misteriosos por las fronteras a cambio de unos cuantos pesos, la gente que vive con miedo de salir al mercado y encontrarse en medio de una disputa entre carteles y militares, la gente que solo intenta existir y terminan siendo extorsionados, o la gente que directamente es asesinada sin piedad en medio de tiroteos. Pareciera que solo nos queda observar y digerir.

Pero podemos hacer más que atestiguar. Aun cuando siento que es terriblemente injusto pedirle a la gente que ha sido lastimada injustificadamente que sean ellos los que hablen, eduquen, accionen, tenemos que usar estas herramientas no solo como única salida, sino como actos revolucionarios de cambio. Reconocer que no somos agentes pasivos. Ir en contra de la indiferencia, de la individualidad y crear comunidad, espacios seguros, espacios de oportunidad. Escucharnos los unos a los otros y aprender en conjunto, para construir cosas distintas.

Ahora Jalisco y México están bajo violencia del crimen organizado, pero también es una violencia histórica de contextos imperialistas y capitalistas. Y no permaneceremos callados. Podemos entender, analizar y escuchar, pero también podemos sentir y actuar.

Que la violencia no nos sea indiferente. Que no nos mareen los discursos políticos. Y que no se nos olvide lo que importa.

Let us not reduce violence to mere geopolitical analysis, economic impacts, or national security strategies; it is the real life of millions of people. Let us not settle for a world that intellectualizes violence, militarization, interventionism, and exploitation. Not because we do not need to understand the world, but because overanalysis anesthetizes. Let us not consume without feeling, without acting.

Let us not speak of terrorists and saviors without looking toward memory, toward our surroundings. It is worth asking where this problem came from, how its existence has been sustained, and ultimately who benefits and who is sacrificed.

Let us not reduce drug-related violence to a single person. The capture of cartel leaders in past decades has only demonstrated the creation of more factions within the same organization. It is a Hydra that grows new heads, but the body remains the same.

Let no one speak of the Narco without linking it to its creators and its beneficiaries!

“From Mexico and Honduras to Panama and Peru, the CIA helped establish or consolidate intelligence agencies that became forces of political repression while at the same time enabling and protecting drug cartels.” In Mexico, that government agency was the DFS (Federal Security Directorate), and it is no secret that these two agencies approved and helped consolidate, among others, the Guadalajara Cartel, one of the largest and most violent cartels in the world.

It is also no secret that CIA officials supported criminal organizations and traffickers in Central America during the Contra War and the Sandinista government in Nicaragua in the 1980s, all to finance a “war against communism.” That support, according to Gary Webb’s reports published in the San Jose Mercury News in 1996, generated a crack epidemic in Los Angeles, which came at the expense of public health while financing a policy orchestrated from the United States. It is perhaps one of the few cases in which it is difficult to deny that the CIA has been willing to make “moral” sacrifices to achieve specific objectives.

Even “Operation Condor” has been thoroughly examined, and it also speaks to the intentions behind policies imposed by governments heavily influenced by the United States. This operation took place within the framework of U.S. Cold War strategy, guided by the National Security Doctrine. It promoted dictatorships in order to suppress or repress popular democratic leftist political sectors.

In Mexico, Operation Condor officially focused on the “eradication of marijuana and poppy crops” as an early antecedent of the war on drug trafficking. However, research such as that of Peter Dale Scott and Jonathan Marshall in their book Cocaine Politics: Drugs, Armies, and the CIA in Central America suggests that the plan was used by drug traffickers who, in collusion with security agencies, took advantage of the operation to eliminate competition.

One cannot turn a blind eye: military operations against drug trafficking in Mexico cannot be reduced to “the state versus terrorist cartels.” Not when the existence of narco-states that have been influenced for decades by U.S. political and economic power interests is evident. Even if agencies like the DFS no longer exist, and even if the Cold War no longer occupies a central place in the global narrative, it is clear to me that if cartels exist, it is because the system built around them (and the ruling elites) allow them to. A war between the State and the Narco resembles an internal dispute within a criminal organization more than an act of care for the people, not to mention care for the environment.

Things today, after decades, are not so different. National security rhetoric, terrorist designations, military operations, and apparent attempts to eradicate drug trafficking only worsen the lives of ordinary citizens. They worsen the lives of people who cannot feel safe in the streets, who lose jobs, who are displaced, who become poorer and more precarious. But let it be clear: all of this benefits someone: whether a rival cartel that now gains a larger market for its operations, or an arms industry that increases its demand for weapons and ammunition.

In the last month, journalists from The New York Times and numerous other outlets have reported that shell casings collected after clashes between cartel members bear the inscription “LC.” This corresponds to the Lake City Army Ammunition Plant, “a sprawling facility located just outside Kansas City, Missouri, owned by the United States government and the largest manufacturer of rifle ammunition used by the U.S. military.

Thus an apparent incongruity is revealed between the terrorist designation made by Donald Trump toward Mexican cartels and the supply of ammunition by the U.S. government to those same terrorists. However, this is no longer understood as a discursive contradiction, but as a revelation of a system that functions very well under capitalist logics. It does not matter who dies; it does not matter if armed conflicts are generated. What matters is generating profit.

We are faced with the harsh reality that confronting a thousand-headed Hydra seems impossible. Cartels are not only part of weapons and drug networks; they control prostitution networks, human trafficking, illegal avocado and lime plantations that clear hectares of forest, oil smuggling, protection rackets, and extortion. Asking the government for help, for as long as I can remember, has never been an option, because police forces, the military, and often the justice system respond to the interests of the state and capital, not to the interests of ordinary people, and even less to the care of a territory that has long been exploited and contaminated during narco-state operations.

It seems not to matter that there are people to be sacrificed: people who fall into the horrific cycle of addiction; people persuaded to carry mysterious packages across borders for a few pesos/dollars; people who live in fear of going to the market and finding themselves in the middle of a dispute between cartels and the military; people who simply try to exist and end up extorted; or people who are mercilessly killed in the midst of shootings. It seems as though all that remains for us is to observe and digest.

But we can do more than bear witness. Although I feel it is terribly unjust to ask those who have been unfairly harmed to be the ones who speak, educate, and take action, I believe we must use these tools not only as a last resort but as revolutionary acts of change. To push back against indifference and individualism, and to build community, safe spaces, spaces of opportunity. To listen to one another and learn together, in order to build something different.

Today Jalisco and Mexico are under the violence of organized crime, but it is also a historical violence shaped by imperialist and capitalist contexts. And we will not remain silent. We can understand, analyze, and listen, but we can also feel and act.

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