RSS Amplifier

El espíritu de la escalera · Jun 8, 2026

La Casa del Poeta

0
Sign in to vote or save

Daniel Saldaña París · El espíritu de la escalera

En 2006 llegué por primera ver a vivir como adulto a la Ciudad de México. Me instalé en un departamentito de la calle Querétaro, en la colonia Roma, por el que pagaba la insultante cantidad de 3,500 pesos mensuales (200 USD al cambio de hoy). Yo era un joven poeta y la Roma era todavía un lugar amable para serlo: en las tardes iba al Café de Nadie, regenteado por Ilya de Gortari (1951-2007), que mantenía viva la tradición del movimiento Estridentista, el rock rupestre y la cerveza barata; en las mañanas escribía en el café Los Enanos del Tapanco y a veces iba a alguna exposición en Atrio Espacio Cultural, arriba del restaurante Travazares de la calle Orizaba, donde Luis Ramaggio ejercía de agitador cultural.

En el ecosistema poético de aquellos años, la Casa del Poeta Ramón López Velarde era un espacio central. El poeta zacatecano había vivido en el edificio y había muerto trágicamente cerca de ahí, en 1921. La casa alberga todavía una biblioteca con libros que pertenecieron a Efraín Huerta y Salvador Novo.

En una fiesta a la que no sé cómo llegué, en el Ajusco, conocí una noche a Luis Felipe Fabre, a quien ya admiraba desde antes. Estaba sentado junto al artista visual Marcelo Balzaretti (1971-2013), que moriría años después por mano propia y que había expuesto, precisamente, en la galería de Ramaggio. Un poco nervioso, le pedí a Fabre que leyera mis primeros poemas. “Llévamelos a la Casa del Poeta”, me dijo, y así me enteré de que él era el encargado de la programación cultural de ese lugar, donde tenía su oficina.

A la semana siguiente llegué a ver a Fabre con mis poemas impresos, que él leyó con una generosidad que no se merecían. Y a partir de entonces ya no dejé de ir a la Casa del Poeta, al menos una vez por semana, durante los años que viví en la Roma y aún después. En el Café-Bar Las Hormigas leí varias veces y escuché leer a poetas de varios rincones de América Latina. Critiqué acérrimamente a los vates engolados de cierta tradición nacional, admiré a algunos otros, y me enamoré secretamente de poetas que no me dirigían apenas el saludo. El ambiente en Casa del Poeta era casi siempre el mismo. Había muchos sacos de pana, boinas, blusas con olanes. Una sola vez llegué y, para mi sorpresa, en vez de sacos de pana había mucha gente fashion: era una lectura de Gabriela Jauregui y Tatiana Lipkes, que habían llevado a su público del mundo del arte y el cine. Nunca más se repitió la anomalía.

Fabre dejó su puesto en la institución y lo reemplazó, si no me equivoco, Óscar de Pablo, y luego Hernán Bravo Varela, que había nacido para estar ahí (si es que no había nacido ahí mismo: no está del todo claro). Durante años, María Rivera fue la directora, y también a ella me acerqué —con miedo y admiración— a enseñarle mis poemas. Seguí yendo a lecturas en el Café-Bar Las Hormigas, donde los precios se mantuvieron inalterables mientras la gentrificación arrasaba con el resto de la colonia.

Es verdad que la Casa del Poeta tenía un aire institucional que podía resultar un tanto rancio. En todas las presentaciones había un mantel verde y una jarra de agua, que eran algo así como la identidad visual del lugar. Cuando vi Un poeta (Simón Mesa, 2025) me dio PTSD recordando ciertas escenas de mi juventud que ahora me dan ñáñaras (o cringe, como dicen los chavos).

Una vez, un grupo de poetas —afiliado a una revista que se vendía entre las mesas del Café de Carlo— orquestó una protesta contra la Casa del Poeta por “elitista”. Tomaron el camellón de la avenida y desplegaron una pancarta contra “la mafia” que administraba el recinto. A los siete minutos se llegó a algún acuerdo y los dejaron presentar su revista en Las Hormigas. Eso habla de la vocación del lugar: cabía toda la poesía. Si uno iba un martes en vez de un jueves, se encontraba con un submundo paralelo de poetas, editoriales y fanzines casi igual al propio pero desconocido, con personajes que desempeñaban los mismos roles en una escena bizarramente parecida. Una vez —lo juro— vi a mi gemelo maldito, que leía igual que yo pero era oriundo de Morelia.

Cada Día de Muertos, en la Casa del Poeta se organizaba una lectura histórica, con disfraces, donde varios poetas vivos encarnaban a poetas muertos. Ya no me acuerdo de quién me disfracé yo, quizás de Manuel José Othon, pero es fácil imaginar al protagonista de la película de Mesa caracterizado de José Asunción Silva y declamando a gritos desde el balcón, hacia los Bisquets Obregón: ese era, más o menos, el sentimiento que reinaba.

Con los años, la gente que más abogaba por conseguir financiamiento y respaldo para la Casa del Poeta (Pacheco, David Huerta, Monsiváis, etc.) se fue muriendo o cansando, y la asfixia presupuestal impactó en la programación del recinto. Otros espacios de vocación parecida cerraron también: desapareció primero Casa Vecina y luego la Hostería La Bota, donde Antonio Calera (1975-2925) nos daba de comer y de beber gratis a los jóvenes poetas, además pagarnos por publicar y participar en exposiciones. La Casa Refugio Citlaltépetl, en la Condesa, no desapareció, pero dejó de ser un centro neurálgico de la literatura viva, como lo era en los tiempos en que Philippe Ollé-Laprune abría espacios para que algunos poetas exiliados dialogaran con la escena local.

La última vez que fui a la Casa del Poeta fue en 2023, para el homenaje póstumo a Bruno Darío (1993-2022). Había muchísima gente, claro. Bruno fue uno de los poetas más geniales y entrañables de los últimos años. Un poeta al que yo le llevaba diez años y al que, sin embargo, siempre consideré como mi mayor.

Perdón por el tono nostálgico. Me acabo de enterar de que la Casa del Poeta Ramón López Velarde pasará a llamarse La Casa de las Palabras, que a mí me suena a reality show del Canal 22, y que se convertirá en el primer cabaret público de la Ciudad de México, además de la sede de un par de instituciones culturales que nada tienen que ver con la poesía.

Supongo que estaba destinado a ser así. Asfixiar presupuestalmente un espacio siempre es el primer paso para transformarlo en otra cosa. Me imagino que seguirá habiendo alguna que otra presentación de poesía y me imagino que los jóvenes poetas, en cualquier caso, crearán otros espacios, como siempre lo han hecho, y que se burlarán sanamente del pasado que seguro idealizo. Pero igual me da tristeza.

Sin posts

Read the original on dsparis.substack.com

Comments

Nothing yet. Say the first thing.

    Sign in to join the conversation.