RSS Amplifier

El espíritu de la escalera · May 12, 2026

Escritura de la tarde

0
Sign in to vote or save

Daniel Saldaña París · El espíritu de la escalera

Decidí convertir mi Substack en un proyecto “de la tarde”. Las cosas que escribo en las mañanas siempre tienen un aire más acabado. En las mañanas pienso en la estructura de las cosas: hago planes, cumplo una cuota de palabras, perfilo personajes o arcos narrativos. En las tardes tomo notas, garabateo quejas en mi cuaderno que luego se me manchan de café. En las tardes subrayo libros que luego se me va a olvidar que estoy leyendo.

Pero es importante, ese trabajo de las tardes. Es pedacería, dispersión, apunte al vuelo.

Como esto, digamos.

Estoy leyendo un libro de “espiritualidad” porque acepté escribir un ensayo para una serie de la revista Kismet. La idea es que un escritor siga una “dieta espiritual” durante una semana y lleve un diario del proceso. Es decir: si te toca leer los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, te riges por su método y vives la vida como si fueras loyolista durante siete días, y luego reportas los resultados en un ensayo. (A mí no me tocó San Ignacio de Loyola: ya avisaré por acá cuando se publique el texto y ahí verán qué libro es). Me gustó mucho la idea de la serie, en principio. Pero el libro es medio intransitable: está lleno de obviedades, o de cosas que no aplican para mí. Pero lo estoy haciendo. Estoy viviendo espiritualmente. Por siete días.

Me acuerdo cuando estaba en Narcóticos Anónimos y empecé a hacer los doce pasos, ese otro ejercicio espiritual. Lo sostuve durante varios meses, aunque me atoré en el paso siete, un poco pasada la mitad. Me costaba mucho hacerlos porque quería que la escritura de cada uno fuera impecable, que tuvieran un arco, que exploraran una idea de la prosa. Mi padrino de la sobriedad se desesperaba conmigo. Estaba convirtiendo mis doce pasos en una escritura de la mañana, cuando debía ser una escritura de la tarde. (El otro día, una amiga me dijo que ahora es una pesadilla ser madrina en AA porque todos los adictos escriben sus pasos con ChatGPT. Qué depresión.)

Además del libro espiritual, estoy leyendo a Proust, para un club de lectura en el que estoy, donde leemos En busca del tiempo perdido a lo largo de todo el año y nos reunimos una vez al mes a conversar. En las sesiones, cada quien lee su fragmento favorito, y luego todos nos escandalizamos con alguna de las contradicciones del Barón de Charlus o de Robert de Saint-Loup, de quien estoy un poco enamorado. En general leemos medio libro cada mes. Ahora vamos por el tercer tomo. Además de las conversaciones del club, me está sirviendo mucho leer este libro en paralelo:

Me parece que no se consigue fácilmente fuera de Argentina (yo me lo traje de Buenos Aires ahora que fui), pero si logran hacerse con un ejemplar, lo recomiendo mucho como guía de lectura.

En Buenos Aires vi a muchos amigos, comí mucho helado y caminé un promedio de 18 mil pasos al día (adjunto evidencia).

Uno de los amigos que vi es Germán, de quien siempre he querido escribir un perfil. Germán es médico gineco-obstetra de guardia en un hospital público. También es árbitro profesional de racket-ball. Y coleccionista de libros. Lo conocí en 2019 porque yo andaba buscando, por todo Buenos Aires, este libro:

Por Mercado Libre me enteré de que Germán lo tenía a la venta, pero quería ver qué otras cosas tenía, así que fui a su casa a verlo. En un edificio de Caballito, Germán me condujo hacia el sótano, donde dijo que tenía una bodeguita llena de libros. Por un momento me preocupó que aquello fuera una trampa y, Germán, un asesino, pero si algo había de inquietante en él tenía que ver con su compulsión coleccionista, nada más.

Abrió su bodega y me encontré con montañas y más montañas de libros, sobre todo de libros argentinos. Aunque parecía un desorden completo, Germán sabía perfectamente dónde estaba todo: sacó una caja con todas las traducciones hechas por César Aira, incluida su traducción de El desierto de los tártaros de Dino Buzzati, hoy inconseguible. Pasamos ahí dos horas viendo libros y luego me invitó a subir al departamento propiamente dicho a tomar un café y a enseñarme otras colecciones que tenía (de discos de U2, por ejemplo). Así nos hicimos amigos. Nos une el gusto por los libros, y nos separa todo lo demás: a veces Germán me habla de la guardia en el hospital, o del racket-ball profesional, o de U2, y me doy cuenta de que no tenemos casi nada en común. Pero es muy generoso conmigo: me manda libros cuando alguien viaja de Buenos Aires a México, o le mando yo alguna cosa cuando alguien hace el viaje a la inversa. Y en Buenos Aires, la semana pasada, nos juntamos y fuimos a una librería de viejo que él navegaba con una maestría impreisonante. Era como ver a un savant resolver problemas matemáticos: entre un librero polvoriento con cinco mil títulos, Germán iba directo a uno de lomo azul, lo sacaba y decía: “Esto es una joyita, mira”. Y era, siempre, una joyita. Así fue como me llevé, gracias a su ojo de halcón, una novela de André Gide en traducción de Cortázar.

De chico siempre quise coleccionar algo. Empecé varias colecciones: los yoyos de la Coca-Cola, gorras de equipos de basquetbol, llaveros turísticos de los estados de la república, pero nunca las sostenía el tiempo suficiente. Me aburría, me distraía, pasaba a otra cosa. Germán no pasa a otra cosa. A veces me manda por whatsapp cinco fotografías seguidas con portadas de primeras ediciones de Ricardo Piglia que sabe que me interesan, aunque nos hemos visto tres veces en la vida.

Otra cosa que me gustó de Buenos Aires fue ver la tele en el hotel. Solo en los hoteles veo televisión, y siempre son programas que no vería en ningún otro lugar del mundo: reality TV, shows de concursos, cosas así. En el hotel NH City de Buenos Aires vi Law & Order Toronto, que es un completo despropósito porque la franquicia de L&O sólo funciona en Estados Unidos, no en ciudades canadienses donde todo el mundo te dice “perdón” por chocar contigo por la calle. Pero esa contradicción me pareció divertida.

Creo que las contradicciones y las colecciones son típicos temas para la escritura de las tardes, no tanto de las mañanas.

Y aquí estamos: anochece. Ahora voy a seguir siendo espiritual un rato.

Sin posts

Read the original on dsparis.substack.com

Comments

Nothing yet. Say the first thing.

    Sign in to join the conversation.