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El espíritu de la escalera · Aug 3, 2026

El duende del estilo

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Daniel Saldaña París, Malén Denis · El espíritu de la escalera

Hace unos días Malén Denis y yo decidimos empezar una correspondencia pública en nuestros Substacks. Acá va la primera carta.

Querida amiga:

Perdón: dije que yo comenzaría nuestra correspondencia y luego desaparecí. Pero ya comienzo, mira: esto es un comienzo.

Me gusta la arbitrariedad de los comienzos. Su forma aparatosa de declararse como tales, teatralmente (“¡Ta-rán! ¡El Comienzo!), cuando lo cierto es que casi nunca el comienzo es el comienzo. En nuestro caso, hay un comienzo anterior: una conversación que empezó en Union Square, en Nueva York, y que, desbordada, se convirtió en una caminata más al sur de Canal St. ¿Te acuerdas por qué calles pasamos, de qué tanto hablamos? Creo recordar que nos contamos de la vida, cero timidez: entramos a hablar de lo humano y lo divino desde el comienzo (“¡Ta-rán!”). Hablamos de Nueva York, de literatura, de psicoanálisis, de relaciones de pareja. Te estabas a punto de ir a vivir a Barcelona, “por amor”, creo que dijiste, o a lo mejor yo le pongo esas palabras y tú lo dijiste de otro modo.

No recuerdo cómo empezó, ese comienzo, pero sí cómo terminó la conversación y la caminata: te interrumpiste a mitad de una frase y dijiste, sin ninguna ceremonia: “Bueno, tengo que entrar a mi sesión de análisis, chau”. Luego te pusiste los audífonos, le marcaste a tu analista mientras cruzabas Broadway (¿o era Church?) y te perdiste entre los transeúntes de Manhattan. Recuerdo que pensé que muy pocas personas tienen tanto estilo para terminar una conversación. Estilo, digo, un poco a propósito, como picándote a ver qué se te ocurre con esa palabra —que salta del mundo de la moda al de la literatura y luego a un título tuyo con la ligereza de un duende: el duende del estilo.

Por acá todo va más o menos bien. Como te contaba el otro día por mensaje de voz, entré en modo creativo hace un par de semanas, al regresar de Portland, y volví a trabajar en una novela que tenía medio abandonada, además de terminar las correcciones de un par de cosas que tenía pendientes. Ahora ando con el proyecto de irme a algún lado, no sé bien a dónde. Creo que tengo que ir al desierto para lo que estoy escribiendo, al pueblo de donde es mi familia paterna, en San Luis Potosí, y que se llama Llano de los Saldaña. Fui una sola vez, a los catorce años, y ya entonces era un pueblo casi vacío, abandonado. Si voy, te escribo desde ahí una carta desértica.

Aparte de eso, avanzo lento con la lectura de En busca del tiempo perdido, que comentamos luego en un grupo de lectura, y me puse a releer unos cuentos de Mavis Gallant, que también tenía el duende del estilo. El que leí anoche se titula “The End of the World”: un hombre tiene que viajar desde Montreal hasta algún lugar de Europa porque su padre se está muriendo y tiene que ir a ocuparse de los trámites y del cadáver. El padre fue un cabrón que abandonó a la familia después de hacer miserable a la madre durante años. Vivió en México un tiempo y viajó por el mundo sin preocuparse jamás de sus hijos, y ahora el hijo tiene que ir a verlo a su lecho mortuorio. Pero cuando llega, el padre parece estar de bastante buen humor, no hay señales de que vaya a morir pronto. La espera se alarga y el hijo odia estar ahí, odia en general estar fuera de Canadá, y estar cerca de su padre. Es un cuento genial, Malén, y leyéndolo me acordé de nuestras conversaciones en torno al duelo, y de esos viajes que crees que emprendes por una razón y terminan revelándose como otra cosa, más compleja, que no te esperabas.

Sigo también con mis lecturas de un libro de poesía al día durante el mes de agosto. Hoy tocó Mario Montalbetti, Cinco segundos de horizonte. Y ahí me encontré esto: “... La sola/ amenaza es un poste sumergido y un cartel en su cabo:/ ESCRIBE PARA OTROS. En letras negras y vulgares./ La ausencia del clima es palpable en la caligrafía./ Y en la ausencia de estilo es que indago.” Y más adelante estos otros versos que me parecen relacionados: “... Buscar esconde lo que se busca, y como dije,/ nada en verdad falta. Prométeme que no lo buscarás.”

Me interesa el estilo de la ausencia de estilo. Me interesa lo que aparece cuando no se busca. Y me interesa escribir para otros, que creo que esto que estoy haciendo acá: escribir para ti. En la correspondencia me pasa que me olvido del duende del estilo (se me vuelve invisible) y puedo dejar de buscar y permitir que aparezca lo que tenga que aparecer. En la correspondencia dejo de intentarlo, que es lo mejor que puede pasarme a veces cuando escribo.

Un comienzo.

Pero cuéntame: ¿encontraste mentora? Me decías hace poco por mensaje de voz que querías una figura mayor, una amiga sabia de otra generación a la que escuchar de tanto en tanto. Quiero saberlo todo. Propongo que vayas por las terrazas de Barcelona haciéndole conversación a las señoras solas hasta dar con tu mentora.

Después de hablar de eso contigo me acordé de un viejo mentor mío, de otra época de mi vida, al que no he visto hace un par de años. Es un viejo poeta paranoico, encantador, que habla todo el tiempo en paronomasias y juegos de palabras. Cuando habla de política baja mucho la voz porque siempre cree que hay alguien escuchándolo. Tiene un patio con una higuera. Está viejo, pero sigue bailando canciones de Patti Smith o de Caetano Veloso cuando se emborracha. Le escribí y al rato lo veré para tomar un café. Gracias por esa idea.

Un abrazo,

D.

CDMX, 3 de agosto de 2026.

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