Malén Denis y yo decidimos pasar el mes de agosto mandándonos cartas en nuestros Substacks. Aquí va mi segunda entrega.
Querida amiga:
Me tomé unos días para contestar a tu última carta porque en ella abriste tantas puertas y ventanas que la casa se me llenó de viento y los papeles que tenía sobre la mesa aletearon como pajaritos.
Empiezo por el casi final: la primera persona, la tercera. Me pasó algo muy parecido a lo que cuentas. Escribí unas 150 páginas de una novela en la que la perspectiva era importantísima: una primera persona en su función de narrador-testigo. Alguien que ve, pero sobre todo alguien que escucha, y desde ahí lo cuenta todo.
Luego, con mis 150 páginas impresas y mi pluma roja (pero quizás el error fue no usar tinta violeta o verde, como tú: algo con la v de la verdad), me fui al café de la esquina y entré en pánico: la primera persona me quedaba incómoda, como un suéter que encogió un poquito, lo suficiente para hacerme dudar si no cambió más bien mi cuerpo. El pánico precipitó las decisiones radicales: empezaría de nuevo desde cero, todo en tercera. Escribí unas cuarenta páginas antes de paralizarme de nuevo. Esa tercera persona me estaba quedando muy normcore: era un suéter que le quedaba a cualquiera, y por lo tanto a nadie. Volví a mi manuscrito de 150 páginas y entendí de pronto que era reformable, no hacía falta desecharlo todo. Y en esas ando. Pero también entendí que, el ejercicio de “pasar por la tercera”, de ver al personaje desde fuera y convivir con él a esa distancia durante algunos meses, había sido importantísimo. Aunque no fuera a usar nada de eso en la versión final, el rodeo de escribir esas cuarenta páginas en tercera persona me había servido para aprender algo y tomar decisiones del orden del carácter. De pronto la primera persona era más elástica. O a lo mejor debería decir: más porosa. Cabía en ella la proporción exacta de vacío para permitirle moverse con estilo.
Y aquí una interrupción. Como te contaba, estoy leyendo cada día un libro de poesía durante el mes de agosto. Hoy me tocaba, según mi propio programa, La sodomía en la Nueva España, de Luis Felipe Fabre, que es uno de mis libros favoritos de la poesía mexicana de lo que va del siglo, pero decidí pasarlo para mañana y leer, en cambio, otro de mis favoritos de esa categoría: Estilo, de Dolores Dorantes. No me voy a atrever a describirlo, porque creo que no alcanzo, pero tiene momentos como este:
“4.-Tu cuerpo nos funciona. Tenemos pues un cuerpo con corazón vacío donde acurrucarnos ordenadamente como militares o joyas. De madera y fierro tenemos las paredes. Ahí, acurrucadas, comenzamos a urdir una selva gigante. Ojos que se abren para vernos cuando damos la espalda. Cables, conversaciones. Sumisamente tomamos la correa con la boca y la llevamos a las manos de nadie. Éramos o fuimos cada máscara y cada lengua sedienta. Fuimos o éramos lugar.”
Esa primera persona del plural, que es casi coro griego, oráculo y Estado, y que le habla a una segunda persona que podría ser la que lee, me produce, siempre, algo cercano al terror sacro.
Hace diez años pasé todo el mes de enero en una residencia de escritura en New Hampshire. Hacía muchísimo frío, estaba todo nevado y afuera de mi cabaña se paseaba una familia entera de venados. Yo estaba trabajando en lo que creí que sería mi segunda novela, y que en realidad terminó siendo la tercera, El baile y el incendio. En esa época todavía bebía alcohol y consumía sustancias varias. Ottessa Moshfegh, que estaba en una cabaña vecina escribiendo My Year of Rest and Relaxation, me reglaó un par de pastillas de Adderall, que le pedí para poder escribir día y noche sin descanso. Molí las pastillas y las inhalé en un par de golpes y entré en un estado de paranoia agudo que me duró dos semanas y me llevó a desconfiar de todo el mundo. (Y aprovecho aquí para responder a la pregunta de Ulises: en esos días, algunos nombres me daban miedo). En ese estado de delirio, escribí unas cincuenta páginas en primera persona del plural: un coro de delfines, encerrados en la alberca de un parque acuático en el estado de Morelos, le hablaba telepáticamente a la protagonista del relato. El fragmento se titulaba, predeciblemente, “Monólogo coral de los delfines telepáticos”, y empezaba así:
Nos alegra que hayas vuelto a abrir las puertas de tu corazón a nuestra terca voz de criaturas submarinas. Tu nombre no es Natalia, y esto ya lo has intuido sola, sino María Encarnación de los Ángeles Caídos. De tal modo nos referiremos a ti en adelante, y has de responder con prestancia a nuestras solicitudes si no quieres sucumbir, como ya te pasó antes, al ostracismo ensañado de la sociedad humana. Si dejas de escucharnos o, por algún capricho susurrado a ti por otras voces, decides ignorar nuestras atentas peticiones, haremos de tu psique una hoja de papel arrugada con violencia y lanzada a un rincón oscuro de un cuarto húmedo y vacío. Date por advertida.
Cuando terminó la residencia y volví a mi casa, me di cuenta de que lo que había escrito no tenía ningún sentido. O más bien: de que tenía demasiado sentido. La primera persona del plural, orcaular, viajaba en el tiempo y se metía en la consciencia de todos los personajes de la novela. Había querido meter todo ahí, y por tanto le faltaba vacío al texto. A mí también me faltaba vacío, y silencio. (Al poco tiempo entré por primera vez en un programa de doce pasos y nunca he vuelto a consumir anfetaminas.) Además de la infancia, esa es mi única experiencia directa con la primera persona del plural.
Espero que tu alucinación se cumpla y alguien haga la biopic de Walter Benjamin. Siento que en cada etapa de mi vida me ha acompañado algún texto suyo de una manera u otra. Durante años fue La metafísica de la juventud, que releía todo el tiempo sin entender mucho, pero exaltado. Me gusta en especial el fragmento sobre la conversación: “La conversación se proyecta hacia el silencio, y el que calla aquí es el oyente. El hablante adquiere sentido gracias a él, pues quien guarda silencio constituye una imperceptible fuente de sentido”. En estos días, el texto de Benjamin que releo —y que uso mucho para dar clase— es “Destino y carácter”, que según yo me ha ayudado a hacerme una idea más compleja del concepto de trama, para no ser uno de esos escritores que dicen que la trama no les importa porque creen que “trama” significa que pasan muchas cosas en el libro. Es todo un lugar común de la entrevista con escritores contemporáneos: “La trama es una imposición del mercado”, “la trama es un consuelo infantil”, “no me interesa la trama sino el lenguaje” (LOL, como si pudieran separarse. Un poquito de complejidad por favor… Por cierto, me voy a buscar el libro de Morin, ¡gracias!)
Bueno. Ahora intentaré constituirme en una imperceptible fuente de sentido un rato.
Un abrazo grande,
Daniel.
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