Año 2009. Empecé a escribir un primer blog intentando proyectar una voz profesional, tirando a académica. Formalísima, comparada con la de años después. Era un Blogger, recuerdo, y me leían quienes eran mis alumnos, creo. (Sí, fui profe).
2014. La vida y sus vaivenes me llevaron al pan, a hacerlo y a comunicarlo. En vez de escribir sobre diseño y sus teorías, me enfoqué en la venta y la persuasión. Cada letra resultó. Y mira, qué sabroso es verle el queso a la tostada de una. (Pero ojito, una cosa es vender pan, otra muy diferente —y hasta sacrificada—, es divulgar diseño).
2017. Ufff, temporada de los revolcones. Para la fecha tenía años de no ser profe, a lo que le sumaba haber quedado en un limbo laboral (bye, bye al emprendimiento del pan). ¿Qué era entonces? Simple y jodido: una mujer necesitando volver a empezar, una “senior” errante que le jugó todas las cartas a su profesión. Y bueh… (Por fortuna tengo al amore al ladito, porque muchos noes laborales ocurrieron: «no, es que estás sobre calificada», por ejemplo).
2019. Quizá como paliativo desempolvé el blog, lo había engavetado en Wordpress. Volví a los textos, ahora en compañía. Le di rienda suelta a mis aficiones y pensamientos, por eso —y por Pat— no dejé que el tecnicismo primara. Esto, y un texto que reposaba desde 2017, serían la génesis de una voz más personal. Desde entonces no he parado de escribir, siempre como una amateur, con una frecuencia irregular, compilando y migrando los textos de allá para acá, transformando algunos en un podcast, basándome en otros para un par de ebooks, compartiéndolos por alguna red social. Todo sin ninguna estrategia formal, pero empeñada en que el eje de cada tema sea el diseño. (Y ha funcionado, nos leen en varios países hispanos, eso dicen las stats. ¡Gracias, mil ciento y pico de gracias!).
2026. Sigo escribiendo, no solo por aquí, sino también en un editor de texto instalado en mi computador. Nada nuevo. Cuentan las tesis, las memorias descriptivas y los manuales hechos en Word. Sin embargo, algo ha cambiado. Las 145 páginas de un primer ensayo tienen otra voz, una que no deja de ser profesional y personal, pero que mantiene a raya lo técnico y le baja dos al idealismo. Me di cuenta de que en muchos textos edulcoré la disciplina que tiene respuestas, cómo no, pero a la vez le sobran responsabilidades. Eso me ha hecho replantear el matiz, los argumentos.
En este momento escribo desde la dualidad, porque siento estar en dos estados a la vez (y cuidado si no son más —en trialidad, como para complejizarme más—). Escribo desde la molestia creciente de quien lleva años mirando el mundo con ojos de diseñadora y ve demasiada distancia entre lo que se promete y lo que se entrega. Y al mismo tiempo, lo hago desde el amor genuino a una disciplina con la que se puede expresar la excelencia humana, la conexión con el mundo real (el que nos sostiene) y los gestos de cuidado. Escribo para destilar esta tensión que vive en mí: la incomodidad y la convicción.
Yo, que me “casé” con el diseño por allá en el 2005, estoy envuelta en amor y conflicto. Pero no tengo ganas de vivir un divorcio con una profesión —un modo de vida— que me hace reflexionar y dialogar, analizar y emprender. Entonces, si el diseño invita a ampliar la mirada y ejercer el pensamiento crítico, ¿cómo no aplicarlo a la disciplina en sí?
Y en esas ando, ajustando tonos a mi voz: afilando la incomodidad, sin soltar del todo el idealismo, el tecnicismo, lo romántico, ni lo profesional. Una mezcla que es de lo más personal.
El ensayo que estoy escribiendo es, hasta ahora, el intento más honesto que he hecho de decir lo que pienso sobre el diseño sin defenderlo a ciegas, ni darle la espalda. Sigo en eso. Iré lanzando vistazos, avisaré cuando esté publicado.
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Por cierto, somos Pat & Vif, par de mujeres in love del diseño, la arquitectura y sus formas de (re)pensar, cuidar y aportar. Por eso existe Dosis de Diseño.
Pasa, lee, quédate. Siempre hay algo que reflexionar.
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