Los andinos siempre hemos tenido en cuenta que viviremos un gran sismo, quizá menos conscientes somos de la amenaza que representan los deslaves, aunque los hemos vivido en repetidas ocasiones. Los mismos riesgos que tienen el centro del país, en especial el golpeado estado Vargas y la ciudad de Caracas.
Tenemos par de años —2025 y 2026— que los 24 de junio no se han centrado en celebrar San Juan ni en conmemorar una fecha patria, sino en vivir y atender par de emergencias: la del páramo y la del litoral. De ambos eventos hemos escrito:
En otras otras tierras, las circunstancias pueden ser diferentes, pero los riesgos no dejan de existir.
Antes de que miles de hectáreas fueran arrasadas por el fuego, y a propósito de que el doblete de terremotos en Venezuela nos hiciera poner todo en perspectiva, Pat se preguntó cuál sería el riesgo natural que corre Madrid, nuestra actual urbe.
«Un incendio», le respondo.
Es posible que me equivoque, quizá sean las inundaciones, pero, para una recién llegada como yo, de anteojitos se nota cuán seca está la vegetación —una biomasa ideal para propagar el fuego— y cuán duro es el verano que, prácticamente, es una sola ola de calor —por cierto, otro riesgo “natural”—.
No me deja de impactar que los incendios forestales de este año 2026 sean los peores jamás registrados en España y Francia y que por el descontrol fueron desalojadas decenas de miles de personas de sus lugares de residencias. ¿Es este panorama la normalidad en los próximos años? Me lo pregunto sin ánimos de ser apocalíptica. Pero es que… tú me dirás ¿se ha hecho algo al respecto para prevenir de verdad, verdad?
No lo digo únicamente por la realidad del suelo europeo, sino por lo que vemos a nivel global: la desertificación, la reducción de la biodiversidad, el menosprecio a la ruralidad. Causas y consecuencias de un cambio climático que es innegable y antropogénico— y que la comunidad científica lleva documentando desde los años setenta—. Es una advertencia que se repite, que se actualiza, que se publica y que, repetidamente, es omitida.
Las consecuencias se pueden evitar.
Desde hace rato —años, décadas— se ha advertido de los riesgos que supone cómo hacemos las cosas, cómo urbanizamos, cómo maltratamos. Pero, a los expertos se les ningunea.
Me voy otra vez a mi tierra. Las universidades e institutos de investigación de Venezuela —que han sido precarizados por el régimen— han monitoreado las fallas geológicas, advertido sobre la vulnerabilidad de los terrenos, han creado planes de ordenamiento territorial y normas antisísmica de alto nivel. ¿Y qué pasó? Una catástrofe, porque todo fue omitido.
Ignorar la evidencia científica, los planteamiento técnicos —y ni hablar de los saberes ancestrales— no es ninguna inocentada, es una decisión con un altísimo costo: vidas y territorios. Es ‘vulnerabilizar’ como objetivo.
La promesa del diseño urbano, la arquitectura y la planificación territorial es aportar soluciones de habitabilidad tomando en consideración todos los factores contextuales —así me lo enseñó mi mamá, que es arquitecta y urbanista—, pero tal parece que si el proyecto no es atractivo, no vende titulares, ni tiene foto de inauguraciones ni ceros en la cuenta, entonces no es tomado en cuenta.
Me indigna que no se tome en consideración a los expertos.
Da igual si es el incremento pluvial, una falla geológica activa o un verano a rabiar; el riesgo está, son las malas decisiones y la omisión las que amplifican la magnitud de las tragedias.
¡Ay no, de verdad, —y discúlpame el francés— qué ladilla!
Si esta dosis resuena contigo, compártela.
Por cierto, somos Pat & Vif, par de mujeres in love del diseño y la arquitectura.
Pasa, lee, quédate. Siempre hay una Dosis de Diseño.
☕ Invítanos un cafecito (o dos… mejor ☺️).
Con tu aporte alimentas nuestros cerebros hambrientos.

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.