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Doble Piso · Jul 11, 2026

¿Los ricos van al cielo?

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Chino · Doble Piso

“La muerte es un castigo para algunos, para otros un regalo, y para muchos un favor”.
- Lucio Anneo Séneca.

Criado en el conurbano bonaerense, en un contexto donde gran parte de los adultos trabajaban en fábricas con condiciones laborales deplorables por bajos sueldos, crecí con la creencia de que los ricos se hacían ricos aprovechándose de los demás.

Tuve el privilegio de vivir mi infancia en distintos ambientes sociales. El barrio, el colegio, el club de fútbol y la iglesia. En todos ellos veía que las personas con más recursos vivían con mayor comodidad. Sin embargo, el mensaje que recibía sobre ellas casi siempre era el mismo.

En el barrio, cuando algún vecino pasaba con un auto de alta gama, no faltaba quien dijera “en algo raro debe andar”. Prosperar económicamente parecía ser sinónimo de corrupción, acomodo o explotación. El empresario exitoso no era visto como alguien que había creado valor con servicios/productos que ayudaban a los demás, sino como alguien que se había enriquecido a costa de otros.

Me nutrí de diferentes fuentes. Gran parte de mi educación primaria y secundaria fue en un instituto católico, mientras que los fines de semana asistía con mis padres a una iglesia bautista. Aunque existían diferencias entre ambas tradiciones, había una enseñanza que, al menos en mi cabeza de niño, terminaba reforzando la idea de que Dios estaba del lado del pobre y desconfiaba del rico.

Yo no tenía dudas sobre la existencia de un dios, sino de cómo ese dios veía a la gente.

De mi colegio católico, me quedaron las historias de los misioneros y de tantos santos que habían elegido vivir con muy poco para dedicarse a la “obra del Señor”. Hoy entiendo que el mensaje que querían darnos era que el dinero no llenaba el corazón y que la verdadera riqueza estaba en conocer a Dios. Pero yo entendía otra cosa. Si ser pobre era una virtud (se elogiaba ese estilo de vida), entonces ser rico, de alguna manera, era un defecto.

Durante muchos años conviví con esa idea. Y no era el único. En una sociedad como la argentina, profundamente influenciada por el cristianismo, la solidaridad hacia quienes menos tienen es un valor muy arraigado. Pero, al mismo tiempo, solemos mirar con sospecha a quien logra “salir de la clase media” prosperando financieramente.

Con el paso del tiempo empecé a trabajar, a tener responsabilidades, pagar impuestos, emitir facturas y lidiar con bancos. En otras palabras, me hice adulto y entendí algo que de chico no veía. El dinero no compra la felicidad, pero sí puede evitarte muchos problemas. Tener un colchón de ahorro, llegar tranquilo a fin de mes o poder ayudar a tu familia reduce muchísimo el estrés.

Me metí en el mercado y conocí personas con una vida muy diferente a las de ese contexto social en el que crecí. Inversores, gestores de fondos, banqueros, empresarios y asesores financieros que administraban el patrimonio de familias multimillonarias. Eran, justamente, las personas sobre las que tantas veces había escuchado hablar mal.

Con algunos compartí asados, partidos de fútbol, de golf, viajes, reuniones y hasta cumpleaños. Vi cómo trataban a sus empleados, cómo hablaban de sus familias y cómo dedicaban tiempo a su fe. Muchos llevaban una vida cómoda, pero ninguno se parecía al estereotipo que yo había construido durante mi infancia.

Claro que también, al pasar tiempo con ellos, vi varios defectos. Algunos eran impacientes, otros orgullosos y otros estaban demasiado absorbidos por su trabajo. Pero entendí que sus riquezas no los habían hecho mejores ni peores personas. El dinero simplemente había amplificado virtudes y defectos que ya estaban en sus corazones.

Y hubo algo que me llamó especialmente la atención. A pesar del éxito, de las empresas, de las inversiones y del patrimonio acumulado, seguían teniendo las mismas dudas que yo. El miedo a perder lo que habían construido, la preocupación por sus hijos, la incertidumbre sobre el futuro y, tarde o temprano, el temor a la muerte.

Todos eran de diferentes religiones. Católicos, evangélicos, judíos, budistas, etc. (Esa diversidad también es lo que me atrapó del mercado) Pero me sorprendía la devoción de mis amigos judíos y cómo leían las Escrituras para recibir “sabiduría divina”. Así yo también me vi motivado a volver a leer la Biblia, como cuando era chico. Arranqué con el libro de Proverbios, buscando esa sabiduría divina pero también con muchas preguntas sobre la vida.

La primera historia que me impactó fue la del joven rico que se acerca a Jesús, relatada en los evangelios. Este joven llega corriendo, se arrodilla y le hace una pregunta que, en el fondo, todos alguna vez nos hicimos. “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para ir al cielo?”. Por cómo llega, parece que estaba muy preocupado por la vida después de la muerte…

Jesús comienza recordándole los mandamientos de no matar, no ser infiel, no robar, no mentir, no hacer trampas y honrar a los padres. El joven responde con seguridad que había obedecido todo eso desde que era chico (con lo que me sentí identificado).

Pero San Marcos hace una aclaración que me quedó grabada; “Jesús lo miró con amor” (Marcos 10:21). Antes de responderle, de confrontarlo y mostrarle aquello que dominaba su corazón, Jesús lo miró con amor. No con desprecio por ser rico (como me habían enseñado de chico), sino con amor.

Entonces le dijo: “Una cosa te falta. Vendé lo que tenés, dáselo a los pobres, tendrás un tesoro en el cielo; después vení y seguime”.

Según Marcos, el joven se fue triste porque tenía muchas riquezas. Y recién ahí Jesús pronunció la frase que tantas veces había escuchado en mi infancia: “¡Qué difícil les será entrar en el Reino de Dios a los que tienen riquezas!” (San Marcos 10:23).

Durante muchos años entendí que ser rico estaba mal y que iba a ser muy difícil para ellos ganarse el cielo. Pero, al volver a leer la historia en la que se basa esa creencia, descubrí que Jesús estaba señalando algo mucho más profundo.

El problema no era que ese joven tuviera riquezas. El problema era que las riquezas lo tenía a él. Su dinero ocupaba un lugar que solo Dios debía ocupar. Era eso a lo que no estaba dispuesto a renunciar, aun cuando el mismísimo Jesús lo estaba invitando a seguirlo (solo le hizo esa invitación a 8 personas más) para quedar en la historia de la humanidad.

Creo que esa es una pregunta incómoda para todos. Porque quizás nuestro problema no sea el dinero. Puede ser el éxito, el trabajo, la aprobación de los demás, una relación, o cualquier otra cosa que está ocupando el centro de nuestro corazón. Quizás ya creés en Dios, pero qué lugar ocupa en tu vida?

Reflexionando sobre esta historia, entendí algo que mis profesores nunca me habían explicado. O, al menos, no recuerdo que me lo hayan contado así…

El verdadero problema del joven rico era creer que podía hacer algo para ganarse la vida eterna. Y ahí Jesús da una de las respuestas más esperanzadoras de toda la Biblia. Cuando los discípulos le preguntan: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”, Él responde una frase maravillosa que hoy es popular: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios; porque para Dios todo es posible”.

Ese es el corazón del cristianismo. Ninguno de nosotros llega al cielo por ser buena persona, por donar dinero, por ayudar a otros o por cumplir suficientes reglas. Todos fallamos. Todos pecamos. Y justamente por eso Dios, que nos ama profundamente, envió a su Hijo Jesús para cargar en la cruz con el castigo que nosotros merecíamos y ofrecernos gratuitamente la vida eterna si creemos en Él (y vivimos en base a esa creencia). Esto me sacó mucho peso de encima!

Ya hace 2 años que volví a leer la Biblia con mucha dedicación y descubrí enseñanzas que transformaron mi forma de ver las finanzas, esta vida pasajera y, sobre todo, a Dios. Y hace tiempo vengo con ganas de empezar un proyecto dedicado a compartir este tipo de reflexiones.

Si bien lo vengo haciendo por este medio, no quiero cambiar el enfoque de Doble Piso. Por lo que decidí crear una nueva newsletter llamada “Finanzas del Reino”, donde voy a compartir este tipo de mensajes cada tanto.

No busco convencer a nadie ni discutir sobre religión. Quiero compartir, con humildad y respeto, lo que cambió mi vida para bien. Si sos cristiano y querés profundizar en la Palabra de Dios, esto es para vos. Y si no creés en Dios, también sos bienvenido. Espero que encuentres un espacio para conocer mejor qué enseña Jesús y sacar tus propias conclusiones.

Suscribirse a Finanzas del Reino

Y antes de despedirme hasta el próximo correo, si alguna vez te preguntaste qué pasará después de la muerte, si sentís un vacío que el éxito, el dinero o los logros no lograron llenar, o simplemente tenés curiosidad por conocer a Jesús, sabé que Él no te está esperando con los brazos cruzados para juzgarte, sino con los brazos abiertos para recibirte. Da igual si sos rico o pobre!

La Biblia dice que “todo el que invoque el nombre del Señor será salvo”. Si hoy querés dar ese paso, podés hacerlo con una oración tan sencilla como “Jesús, creo en vos. Quiero conocerte. Perdona mis pecados y entrá en mi vida. Te entrego mi corazón”.

Creo de todo corazón que esta decisión transformará tu vida para siempre, así como lo hizo con la mía.

Muchas gracias por compartir conmigo.

Un abrazo,
Chino

Read the original on doblepiso.substack.com

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