Hoy quiero recoger el guante de una pregunta que me viene dando vueltas en la cabeza y que, para los que cursan la materia Ciberculturas conmigo en la UAI, les puede resultar familiar. Ah, sí… yo me hago preguntas y también me las respondo. Entonces, permítanme tirarles a ustedes también esta inquietud:
¿De qué manera las nuevas tecnologías desafían nuestra noción misma de identidad humana?
A simple vista, parece que seguimos siendo los mismos monos con herramientas más brillantes. Suena medio despectivo pero, a veces, nos compartamos como seres sin capacidad de medir consecuancias, menos aún, analizar cómo las decisiones que tomamos pueden afectar a otros. Pero si rascamos un poco la superficie de lo que llamamos “cibercultura”, nos damos cuenta de que las pantallas y las redes (a esta altura podemos sumar a la IA también) no son simples electrodomésticos; son verdaderas tecnologías de reconfiguración del “yo”.
Basándome en toda la bibliografía que solemos cruzar en clases y otras que, de tener que incorporarlas a una currícula, tendríamos un año completo de clases y no sólo un cuatrimestre, les propongo este recorrido por las tripas mismas de nuestra propia transformación digital de la mano de autorxs de todo tipo y color, muchxs con miradas que nos llevarían a pensar en cierta falta de salud mental, pero mejor tomémoslo como un enfoque “filosófico”.
Históricamente, nos compramos la idea moderna de que tenemos una identidad única, un núcleo racional y estable. Bueno, el ciberespacio vino a detonar eso. Autores como Sherry Turkle o Jean Baudrillard nos advierten que, a través de nuestras interacciones en red, el sujeto se vuelve inestable, múltiple y difuso. Al navegar, jugar, o armar perfiles, nos vamos fragmentando en múltiples facetas, asumiendo avatares y roles que desafían el principio de identidad. Somos lo que algunos teóricos denominan un “sujeto fractal”. ¿Es esto una pérdida de sentido, una disolución esquizofrénica de la psique moderna, o una liberación de la tiranía de tener que ser “una sola cosa”? Lo cierto es que, en este océano digital, nuestra identidad se construye y reconstruye constantemente en función de quiénes nos responden del otro lado. Y quiero agregar algo más y muy terrrenal, a pesar de esta supuesta fractalidad de la identidad, si nos preguntan qué somos, mayoritariamente responderemos con nuestro título adquirido en la universidad o con el rol que tenemos donde trabajamos. Y sumo otra pregunta, ¿somos sólo eso?
Acá entramos en un terreno interesante y mucho más oscuro a la vez. Si rascamos un poco en la ideología de los grandes gurús tecnológicos (los hackers, los ciberpunks, los transhumanistas), vamos a encontrar un profundo y a veces perturbador desprecio por el cuerpo físico. En la jerga de estos cibernautas, al cuerpo se lo llama meat (carne). El artista Stelarc define sin eufemismos que “el cuerpo es obsoleto”. En este imaginario, el cuerpo es un pedazo de materia pesada (carne), un envase limitante del que deberíamos deshacernos.
Compliquemos aún más el panorama y hagamos un cruce aentre la tecnología y lo místico. Erik Davis (Tecgnosis) señala que esta obsesión con la información como ente incorpóreo revive los conceptos del antiguo gnosticismo, basados en la creencia de que el mundo material es una prisión y que la verdadera salvación está en el puro intelecto, en la chispa de la luz (hoy, en el código y la información). El sueño máximo de teóricos como Hans Moravec es el downloading: descargar nuestra conciencia en un ordenador para alcanzar la inmortalidad cibernética, dejando atrás el molesto hardware biológico.
Pero no todo es escapar de la realidad, ya que mientras algunos quieren subir su mente a la nube, otros están rediseñando el cuerpo acá, en este plano existencial. La biotecnología y la inteligencia artificial nos empujan a una implosión de categorías que antes creíamos sagradas. En esta instancia, la frontera entre lo natural y lo artificial, entre el organismo y la máquina, ya no existe.
Como bien popularizó Donna Haraway, “el ciborg es nuestra ontología”. Ya somos híbridos. El problema y el debate político clave en este punto, es que este rediseño del humano no ocurre en un vacío ético; ocurre en un mercado capitalista y patriarcal. Cuando la tecnología asume nuestras funciones, ¿nos empodera o nos convierte en objetos de diseño y de consumo? El primitivismo moderno y el body-art cibernético son gritos de resistencia, intentos de recuperar el dolor y la fisicalidad en una época que nos quiere anestesiados y reducidos a ceros y unos.
¿Cómo llegamos a esta fe casi religiosa en que las computadoras nos van a emancipar? Fred Turner nos da la clave al indicarnos que la revolución digital heredó los ideales de la contracultura de los años 60. Los hippies del movimiento New Communalist (como Stewart Brand y el Whole Earth Catalog) rechazaron la burocracia militar, pero abrazaron la cibernética y el LSD como “tecnologías” para expandir la conciencia y crear comunidades.
Esa idea de que las redes generarían una utopía igualitaria y descentralizada mutó con los años. De soñar con comunas, pasamos a concebir el ciberespacio como el lugar de la Inteligencia Colectiva (Pierre Lévy) o la mente colmena (Kevin Kelly). Sin embargo, la utopía de un “universal sin totalidad”, donde compartimos saberes libremente, choca hoy con la realidad de los algoritmos y la e-economy corporativa (léase Tecnofeudalismo+Tecnócratas).
Estamos en un cruce histórico y sin precedentes. Por un lado, las tecnologías nos dan la oportunidad de tejer lazos colaborativos y reinventarnos. Por el otro, nos arrastran a fantasías escapistas, a la ilusión de que podemos trascender nuestros cuerpos y a los gravísimos problemas ecológicos y sociales (trabajo, educación, economía doméstica, etc.) de nuestro entorno. Por más que tomemos como referencia la Revolución Industrial y el pasaje del campo a las fábricas, simplificando mucho el momento histórico, esta vez estamos frente a algo distinto, desafiante y con un potencial enorme para generar cosas muy buenas o muy malas.
Entonces, si la tecnología nos permite ser múltiples, fragmentados y hasta inmortales en el plano de los datos, ¿qué es lo que perdemos cuando decidimos que nuestra “carne” y nuestro entorno físico son simples accesorios obsoletos?
Tengo como premisa en mi vida que si nada te genera preguntas, es posible que ahí esté el germen de la ausencia de pensamiento crítico. No, no tenés la culpa. Estamos metidos en una licuadora que agobia y no permite pensar con claridad en alternativas a eso que nos marcan como camino. Cuando alguien marca una dirección sin darle chance a otras posibilidades o a pequeños desvíos, debería surgir la pregunta “¿Qué pasaría si… [complete a gusto]? y luego, “Si es por acá, ¿quiénes quedan afuera?”
Entonces, en otro intento por complicarte la vida, a continuación, te dejo algunas preguntas:
¿Hasta qué punto la creación de identidades múltiples y el surgimiento del “sujeto fractal” en el ciberespacio expanden verdaderamente nuestra libertad, o son más bien una forma de diluir nuestra responsabilidad moral y social en el mundo físico?
¿Por qué existe un anhelo tecno-utópico tan fuerte por abandonar la “carne”, descargar nuestra conciencia en la red y alcanzar la inmortalidad digital, justo en el momento histórico en que los ecosistemas de nuestro propio planeta enfrentan el colapso?
Si concebimos el cuerpo biológico humano como un simple “receptáculo” o un hardware obsoleto que debe ser rediseñado o superado, ¿qué implicancias éticas tiene esto sobre cómo valoramos la vida, la dignidad y el dolor humanos?
La red prometía ser el espacio para una “inteligencia colectiva” emancipadora y un “universal sin totalidad”; sin embargo, ¿no hemos terminado construyendo la máquina de hipervigilancia, mercantilización e individualismo más perfecta de la historia?
¿Aceptamos el desarrollo de la Inteligencia Artificial y la digitalización global como un destino técnico “inevitable” simplemente para evadir nuestra responsabilidad política de debatir, resistir e imaginar futuros alternativos?
Al dotar a las máquinas y a los algoritmos de lógicas biológicas, capacidad de aprendizaje y autoorganización, ¿estamos preparados como sociedad para interactuar con sistemas o “máquinas vivas” que ya no podremos comprender ni controlar desde un mando central?
Si la nueva medida del ser humano exitoso en el paradigma posthumano requiere estar conectado, rediseñado genéticamente y aumentado por prótesis tecnológicas, ¿qué clase de opresión, guetos o exclusión definitiva le espera a quienes queden atrapados en las limitaciones del mundo material?
¿Nos permite la inmersión en el mundo virtual conectarnos más profundamente a través de una mente colectiva global, o es una fuga narcisista que nos anestesia frente a las desigualdades y violencias que ocurren del otro lado de la pantalla?
Bibliografía consultada
- Ardevol, Elisenda (2005). Cyberculture: Anthropological perspectives of the Internet. Presentado en: Using anthropological theory to understand media forms and practices workshop, Loughborough, Universitat Oberta de Catalunya.
- Davis, Erik (1998). TechGnosis: Myth, Magic and Mysticism in the Age of Information. Reino Unido.
- Dery, Mark (Ed.) (1994). Flame Wars: The Discourse of Cyberculture. Durham, NC: Duke University Press.
- Dery, Mark (1998). Velocidad de Escape. La cibercultura en el final del siglo. Madrid: Ediciones Siruela. (Título original: Escape Velocity, Cyberculture at the End of the Century, 1996).
- Escobar, Arturo (2005). Bienvenidos a Cyberia. Notas para una antropología de la cibercultura. Revista de Estudios Sociales no. 22 (Publicado originalmente en inglés en Current Anthropology, 1994).
- Escudero Chauvel, Lucrecia (s.f.). Cibercultura. Historia de un concepto. Revista deSigniS.
- García Lamas, Pablo (2025/2026). :: Después del Futuro ::. (Publicación en plataforma Substack).
- Kelly, Kevin (1994). Out of control: The New Biology of Machines, Social Systems, and the Economic World. Reading, Mass: Addison-Wesley.
- Lévy, Pierre (2007). Cibercultura. La cultura de la sociedad digital. Rubí (Barcelona): Anthropos Editorial / Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa, México. (Título original: Cyberculture. Rapport au Conseil de l’Europe, Éditions Odile Jacob, 1997).
- P-Orridge, Genesis Breyer (s.f.). THEE PSYCHICK BIBLE: Thee Apocryphal Scriptures Ov Genesis.
- Rüdiger, Francisco (s.f.). Elementos Para A Crítica Da Cibercultura.
- Turner, Fred (2006). From Counterculture to Cyberculture: Stewart Brand, the Whole Earth Network, and the Rise of Digital Utopianism. Chicago and London: The University of Chicago Press.
»Les dejo este episodio de 𝗥𝗘𝗦𝗢𝗡𝗔𝗡𝗖𝗜𝗔𝗦 𝗡𝗢𝗗𝗔𝗟𝗘𝗦 donde analizamos cómo la cibercultura desafía la identidad tradicional. De la mano de múltiples autores, exploramos la fragmentación de nuestra personalidad en el “sujeto fractal”, la fantasía digital de abandonar el cuerpo biológico y la inevitable fusión entre humano y máquina que plantea el posthumanismo. Ideal para escuchar en la ducha.
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