Me caí otra vez, pero esta vez, por primera vez, de Banano.
Sí, me duele todo y, para completar, mi chaleco de seguridad no se infló. (AUCH).
Todo quedó grabado, así que obviamente publiqué el video. Me atrevo a decir que cualquier persona que esté con alguien que hace equitación sabe que si te caes, se sigue grabando y después se acercan, jajaja.
En el video recibí la misma pregunta muchas veces, de diferentes formas:
¿Cómo no te da miedo?
¿Cómo haces para montarte otra vez?
Quiero aprender a montar y a saltar, pero me da miedo.
¿Cómo haces para que NO te dé miedo?
Y quiero responder esa pregunta porque la realidad es que SÍ me da miedo caerme.
Es que, si lo piensas, nadie quiere ser tirado al piso por un animal que pesa 600 kilos. Me atrevería a decir que al 99,9% de las personas que montan les da por lo menos algo de nervios pensar en caerse. O, peor, en una mala caída.
Siempre he sido una persona que hace las cosas con o sin miedo. (Menos nadar con tiburones. Eso jamás).
Pero esto aplica especialmente a las cosas que me mueven el corazón. Muchas de ellas me han dado miedo y seguramente me lo seguirán dando, pero nunca he querido dejar que el miedo decida por mí las cosas que puedo o no puedo hacer.
Los caballos tienen algo muy especial por todo lo que te entregan.
No es solamente estar enamorada del deporte; es el vínculo que creas con ellos. No es como una bicicleta que montas y después dejas guardada en un garaje. Es una relación que tienes que construir con un ser vivo que no se comunica igual que tú. Una relación basada en confianza, responsabilidad, paciencia y una comunicación que muchas veces no necesita palabras.
Hay algo extraordinario en llegar al barn pensando en mil cosas y, cuando estás montando, solo existe lo que está pasando en ese segundo.
El caballo.
Tu cuerpo.
La comunicación silenciosa entre los dos.
El ritmo.
La libertad.
El siguiente salto.
El feeling.
Y las mil cosas que tienes que coordinar al mismo tiempo.
Ese nivel de presencia es difícil de encontrar en la vida cotidiana.
Y para mí, montar, caerme, levantarme y volverlo a hacer me ha enseñado una infinidad de cosas. No solo montando, evidentemente, sino para la vida.
Si te caes, te paras. Revisas que estés bien y, si lo estás, te vuelves a montar. Corriges y lo intentas otra vez.
Y otra vez.
Y otra vez.
El miedo, para mí, está para proteger, pero no para sobreproteger.
Después de una caída, si estoy bien, intento volverme a montar y hacerlo una vez más. Intento no darle demasiado espacio a mi cabeza para que convierta una caída en algo mucho más grande.
Pero eso no significa que las caídas no me hayan marcado.
Cada una lo ha hecho de alguna manera.
La primera caída que me traumó un poco fue lo que llamamos un freak accident. Estábamos haciendo un ejercicio de salto, una gimnasia, y Belina, entre un salto y otro, se tropezó con un palo en el piso.
Esa caída fue muchísimo más fea que la caída en la que me rompí el ligamento.
Y, paradójicamente, de esa solo me quedó un moretón en la cara durante un mes.
Bueno, eso y un dolor de estómago cada vez que Belina se tropezaba o cada vez que hacíamos un ejercicio parecido.
Me daba terror.
Hasta que, eventualmente, repetí suficientes veces esas situaciones sin que pasara nada y entendí que porque algo hubiera sucedido una vez no significaba que necesariamente iba a volver a suceder.
La segunda caída que me cambió fue cuando me rompí el ligamento.
Esa cambió mi forma de montar durante meses.
Después de la cirugía pasé seis meses queriendo volverme a montar en Belina y, al mismo tiempo, teniendo miedo de hacerlo.
Cuando finalmente volví, montaba mucho más precavida, más cautelosa y más tímida de lo que montaba antes. Y me tomó otros seis meses empezar a sentir que estaba recuperando, e incluso superando, la confianza que tenía antes.
Y valga decir que cuando por fin me dieron de alta para montar… me caí a los cinco días.
Fue el regalo de cumpleaños de Belina para mí. Jajaja.
Y adivinen qué.
Después de eso pasaron siete meses sin que me cayera.
Volví a concursar.
Probé siete caballos diferentes.
Los salté.
Recuperé confianza.
Y ahora estoy empezando una relación completamente nueva con Banano, mi nuevo compañero.
El día de esta caída estábamos teniendo una clase demasiado buena. Toda la clase mi profesor no paraba de decirme lo bien que lo estaba haciendo y el buen match que hacíamos Banano y yo.
Hasta que…
TOMA TU TRAMACAZO.
Jajajaja.
Si existe un deporte que te mantenga humilde, definitivamente es este.
Y aun así, lo amo.
Creo que ahí está realmente mi respuesta a todas esas preguntas.
No es que no me dé miedo.
Me da miedo.
Solo no dejo que tenga el control total sobre mí.
Me han pasado cosas montando que me han hecho más cautelosa. Hay caídas que todavía viven un poquito en mi cabeza. Hay momentos en los que aparece ese dolor de estómago y hay cosas que hoy hago con más cuidado que antes.
Pero ninguna de esas cosas ha logrado pesar más que las ganas que tengo de montar.
Tal vez de eso se trata.
No de aprender a no tener miedo, sino de aprender qué cosas amas lo suficiente como para que el miedo no sea quien tome la decisión por ti.
D.
P.S. Un tip que me ha ayudado muchísimo es intentar reemplazar las palabras “miedo” y “nervios” por “estoy emocionada” o “tengo curiosidad”.
Cómo nos hablamos a nosotros mismos es demasiado importante en momentos como esos. Repetirme: esto ya lo he hecho muchas veces, you got this, a mí me ayuda muchísimo. Porque muchas veces, la forma en la que te hablas termina cambiando la forma en la que te sientes.
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