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Compás de Ideas · Aug 20, 2026

¿Y si nadie sabe cómo funciona el mundo?

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José Miguel Farías · Compás de Ideas

¡Hola, Tribu! 📩

Estas semanas, con la llegada de Elisa, nos ha pasado algo que imagino le pasa a todo el que se estrena de padre: los consejos llegan solos. De familia, de amigos, de conocidos, de gente que apenas nos ubica. Todos con buena intención, muchos genuinamente útiles. Pero escuchando tantos, algunos contradictorios entre sí, me acordé de una versión mía que tenía tiempo sin visitar: la del que daba consejos.

Porque yo era ese. En Twitter, en conversaciones, hasta aquí mismo en Compás. Financieros, profesionales, personales. Ahorra tanto por ciento de tu sueldo. Invierte en esto y no en aquello. Rodéate de gente que sume. Y había uno que repetía con especial seguridad: persigue tu pasión, encuentra algo que te guste y dedícate a eso. La típica. Los daba convencido, además, porque esas ideas me estaban funcionando. Tenía la evidencia en mi propia vida, y con eso me bastaba.

No fue sino hasta hace un par de años, quizás menos, que empecé a entender otra cosa. Fui conociendo gente a la que le habían funcionado caminos completamente distintos a los míos. Y también gente que había hecho las cosas como yo las hacía, y aun así no le terminaba saliendo bien. Para lo bueno y para lo malo, la evidencia dejó de cuadrarme: si mis reglas eran tan universales, ¿por qué fallaban en tantas vidas y por qué otras reglas funcionaban igual de bien? La conclusión se fue volviendo difícil de ignorar: esas ideas me estaban funcionando a mí. En mi contexto, con mis circunstancias, con mi personalidad, en mi momento. Yo no estaba compartiendo verdades sobre el mundo. Estaba compartiendo anécdotas personales disfrazadas de reglas generales.

Caer en cuenta de eso me fue cambiando la forma de opinar. Hoy, cuando alguien me pide un consejo, trato de ser lo más objetivo posible dentro de lo subjetivo que es todo esto. Y trato de tener presente algo que me parece de lo más importante que he entendido en los últimos años: los seres humanos cargamos un sesgo enorme, casi invisible, que es creer que el mundo funciona sobre la base de lo que nosotros hemos vivido.

Dicho así suena obvio. Pero mírenlo funcionando. El que construyó su carrera en una industria estable te aconseja estabilidad. El que se arriesgó y le salió bien te dice que arriesgues. El que se casó joven y es feliz te dice que no esperes tanto. El que se divorció te advierte que no te apures. El que emigró y prosperó te empuja a irte. El que emigró y la pasó mal te dice que ni se te ocurra. Cada uno cree estar describiendo cómo funciona el mundo. Ninguno lo está haciendo. Están describiendo cómo funcionó su mundo. Una muestra de exactamente una vida: la suya.

Y ojo, que esto no es mala fe. Es que no tenemos otra materia prima. Nuestra experiencia es lo único que conocemos por dentro, y desde ahí armamos las reglas. El problema aparece cuando esas reglas viajan sin etiqueta, cuando “esto me pasó a mí” se convierte en “así funciona la vida”. Pasa con las relaciones, con lo profesional, con el dinero, con la política, con la economía. Buena parte de las discusiones que vemos todos los días son eso: choques entre muestras de uno. Dos personas contándose sus biografías, convencidas de que están debatiendo sobre el mundo.

Lo más difícil de este sesgo es que trabaja en silencio. Uno no siente que está generalizando desde su experiencia; siente que está viendo la realidad tal cual es. Por eso las opiniones que contradicen lo que vivimos nos suenan ingenuas o directamente equivocadas: no chocan contra nuestros argumentos, chocan contra nuestra vida. Y contra la propia vida es muy difícil argumentar.

Y vuelvo a los consejos de crianza, que fue donde arrancó todo esto. Me gusta recibirlos, y agradezco de verdad que la gente comparta lo que vivió. Lo que no me cuadra es cuando llegan en formato de receta. “Tienes que hacer tal cosa”. “Nunca hagas tal otra”. Y yo escucho y pienso: esta persona crió uno, dos, tres muchachos. Su experiencia es real y vale. Pero ahora mismo hay millones de niños siendo criados de formas completamente distintas, en contextos completamente distintos, con resultados completamente distintos. ¿Qué tan probable es que la fórmula de una casa sea la fórmula de todas?

Nada de esto significa que los consejos sobren. Al contrario: bien buscados y bien procesados, son de las herramientas más valiosas que existen para decidir. El punto es que eso, buscarlos y procesarlos, es un trabajo en sí mismo, y casi nadie lo hace.

Lo primero, pedirlos bien. Pedir consejo por pedirlo, a cualquiera que esté cerca, siempre me ha parecido un error. La opinión de alguien que nunca ha atravesado nada parecido a lo tuyo vale poco, por más cariño que te tenga. Lo valioso es buscar a quienes pasaron por una coyuntura similar: alguien que también emigró con familia, alguien que también cambió de carrera a tu edad, alguien que también arrancó un negocio en tu industria. No porque su respuesta sea la correcta, sino porque su experiencia al menos ocurrió en un terreno parecido al tuyo. La cercanía emocional no es lo mismo que la cercanía de experiencia, y para aconsejar, la segunda pesa más.

Lo segundo es lo difícil: procesarlos. Hasta el mejor consejo viene con el equipaje del que lo da. Sus miedos, sus heridas, su momento de vida, lo que le funcionó y lo que lo quemó. El que se quemó emprendiendo te va a hablar desde esa quemadura, y el que nunca arriesgó nada te va a hablar desde esa comodidad. Escuchar bien incluye leer todo eso. Entender desde dónde habla la persona, qué experiencia la marcó, qué está proyectando. No para descartar lo que dice, sino para ponerlo donde va: un punto de vista más sobre la mesa. Uno junta varios, los contrasta, entiende los sesgos de cada uno, y después hace lo único que no se puede delegar: decidir.

Porque esa es la parte que ningún consejo resuelve. Al final, la decisión es tuya y las consecuencias también. Los demás aportan mapas de territorios que ellos caminaron. El tuyo lo caminas tú. Y hay algo liberador en aceptar eso: dejas de buscar la respuesta correcta en la boca de otros, porque entiendes que no la tienen. Tienen pedazos. El trabajo de armar el rompecabezas es tuyo.

Por eso hoy escribo distinto a como escribía antes. Y la ironía no se me escapa: esta misma newsletter fue durante buen tiempo parte de aquello, un espacio donde yo también repartía consejos con toda seguridad. Los que me leen desde el principio lo recuerdan. Pero en el camino fui aprendiendo que servía más relatar mi experiencia que recetarla. Por eso el formato fue cambiando hacia lo que es hoy: menos “haz esto” y más “esto es lo que estoy viviendo y esto es lo que voy pensando”. Con la etiqueta puesta. Si algo le sirve a alguien más, buenísimo. Pero el que decide, decide allá.

La pregunta de esta semana va por ahí: ese consejo que estás a punto de seguir, ¿describe cómo funciona el mundo, o cómo funcionó la vida de quien te lo dio?

Nos leemos el próximo jueves,

José Miguel Farías

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