¡Hola, Tribu! 📩
Hay una pregunta que se ha ido colando en todas las conversaciones que tengo últimamente: ¿y esto cómo lo monetizo? Da igual el tema. Alguien menciona un hobby nuevo, un interés, algo que empezó a hacer por gusto, y en algún momento aparece. La pregunta no es nueva. Lo nuevo es la frecuencia, y los lugares donde ahora llega.
Y no hace falta que te la haga otro. Empiezas a correr y a las pocas semanas alguien te sugiere que abras una cuenta de Instagram para documentar el proceso. Te enganchas con la cocina y aparece la idea de vender algo los fines de semana. Te gusta leer y piensas si vale la pena montar un newsletter, un club, un canal. Aprendes algo nuevo y casi de inmediato calculas si podría convertirse en un side hustle. La pregunta llega tan rápido que uno termina haciéndola sin notar que la está haciendo.
Es un reflejo, no una elección.
Y ojo, que el problema no es la pregunta en sí. En muchos contextos tiene todo el sentido. El problema es que se volvió el primer filtro por el que pasa todo lo que hacemos, antes incluso de preguntarnos si la actividad nos importa por sí misma, si nos da algo distinto al dinero, si nos conecta con algo que no se puede vender.
Y ahí se pierde algo que cuesta ver mientras está pasando: actividades que llegaron a darnos otra cosa terminan evaluadas solo por lo que podrían rendir. Y cuando ese rendimiento no aparece, las soltamos. No porque hayamos dejado de disfrutarlas, sino porque sin un retorno visible nos cuesta justificar el tiempo que les dedicamos.
Y entiendo de dónde viene todo esto. Vivimos rodeados de discurso sobre productividad, optimización, monetización de la pasión, conversión de hobbies en negocios. Hay cosas valiosas ahí, no lo niego. Pero también hay un costo que casi nadie nombra: cuando todo lo que haces tiene que rendir, se vuelve imposible hacer algo solo porque sí. Y esas actividades, las del “solo porque sí”, no eran un capricho. Eran importantes por razones que no tenían nada que ver con productividad.
Si lo piensan un momento, las personas más interesantes que uno conoce no son las que más han monetizado lo que les gusta. Son las que tienen al menos un par de cosas que hacen por puro gusto, sin agenda detrás. Tocan un instrumento que nadie escucha. Cocinan platos elaborados solo para su familia. Estudian temas que no aplican a su trabajo. Cuidan plantas que no sirven para nada más que verlas crecer. Y cuando hablan de esas cosas se les nota algo que no se les nota cuando hablan de trabajo: no están midiendo nada.
Lo curioso es que sostener cosas que no producen dinero también mejora la relación con las que sí lo producen. Porque ya no necesitas que tu trabajo, tu emprendimiento o tu carrera carguen solos con todo el peso de tu identidad. Las cosas que disfrutas sin segunda intención sirven de contrapeso. Hacen que el trabajo sea trabajo. Que lo profesional sea una parte de quien eres, no la única.
Ahora bien, el reflejo de monetizar todo viene de un sitio entendible. Vivimos en sociedades donde el tiempo libre se ve sospechoso, donde no producir se siente como un error, donde cualquier actividad sin retorno parece un desperdicio. Una vida hecha solo de actividades que rinden es muy eficiente. También suele ser, en la práctica, muy estrecha.
Y hay otro problema, quizás el más difícil de ver: el reflejo monetizador filtra mal. Hay cosas que solo funcionan cuando no se hacen para vender. Escribir, por ejemplo, que es el caso que conozco por dentro. Cuando uno escribe pensando en la audiencia, en el algoritmo, en lo que va a funcionar, el texto se vuelve plano. Se nota. El lector no sabe explicar qué pasó, pero lo siente. Y sospecho que eso mismo aplica a casi cualquier cosa que se disfruta: en el momento en que la pregunta del retorno entra demasiado pronto, algo se daña.
Algunas cosas necesitan crecer sin que las midas.
Ahora, que quede claro: esto no es un llamado a no monetizar nada. Hay carreras enteras y emprendimientos valiosísimos que nacen de algo que alguien hacía por amor y que con el tiempo se convirtió en negocio. Lo importante es separar las dos preguntas. Una cosa es “¿esto podría convertirse en algo?” y otra muy distinta es “¿esto solo vale la pena si se convierte en algo?”. La primera es legítima. La segunda es una trampa.
Por eso creo que vale la pena revisar, con honestidad, qué actividades de tu vida están ahí por gusto puro y cuáles ya tienen una segunda intención escondida. A veces uno descubre que algo que empezó por amor lleva tiempo siendo evaluado por su utilidad. Y aunque no decidas desmontar ese cálculo, al menos lo viste. Con eso ya cambia algo.
Porque el reflejo de monetizarlo todo se vende como ambición. A veces lo es. Pero otras veces es lo contrario: es la incapacidad de tolerar lo que no rinde, de estar quieto con algo solo porque te gusta. Y esa incapacidad no es una virtud. Es una forma de pobreza disfrazada de eficiencia.
Tal vez la pregunta más útil no sea cómo monetizar lo que disfrutas, sino qué estás dispuesto a hacer aunque nunca te paguen por ello.
Nos leemos el próximo jueves,
José Miguel Farías
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