Salí del camping con el lago maravilloso después de pasar toda la mañana nadando.
Puse rumbo a Fortaleza, mi primera gran ciudad de la costa de Brasil, con 2.6 millones de habitantes.
La verdad es que salí tarde a la ruta, a eso de las dos de la tarde, y Fortaleza estaba a unos 260 kilómetros.
A mi ritmo, son unas cinco horas, pero me detuve a comer un rato y a descansar, y me agarró el atardecer a mitad de camino.
Así que abrí los mapas y vi que estaba a unos 30 kilómetros de un pueblito playero; busqué un camping y allá me fui.
Llegué de noche: el camping estaba apagado y no había nadie.
Vi que había otro pueblito con tres campings más, puse el mapa y le di. Sin embargo, Google Maps me metió por una calle de tierra que también tenía arenales; por ahí decía que demoraría 35 minutos, pero decidí volver y llegar por el asfalto.
Bueno, tardé hora y media.
Llegué a las nueve de la noche a los campings: vacíos y oscuros.
En el tercero que visité salió una señora y me dijo que el camping no estaba abierto, pero que mejor me quedara en una habitación por 10 dólares.
Me pareció barata, así que accedí.
Ya cuando me estaba instalando me di cuenta de que era barata porque no tenía aire acondicionado, pero bueno, no estuvo tan mal.
Era como una casa, y en la mañana, por la ventana de la habitación, escuchaba a toda la familia desayunando y conversando.
Al menos pude descansar bien, y a las diez de la mañana seguí ruta.
Le escribí a un viejo amigo del colegio que estaba esperándome en Fortaleza, me pasó la ubicación y allá me fui.
Llegué directo a su apartamento, le hice videollamada y no podía creer que ya había llegado.
Al bajar estaba todo emocionado y no podía creer que había llegado en esa motico baratica, pero claro, él no sabe lo poderosa que es La Oveja Negra.
Guardé la moto en su estacionamiento y salimos a conocer la ciudad en su carro.
Fuimos al malecón: grandísimo, con zonas verdes, áreas para caminar y hacer ejercicio, restaurantes, bares, y toda la costa rodeada por grandes y bonitos edificios.
Y lo mejor de todo, las playas.
Paramos el carro, caminamos un rato y nos metimos a nadar.
Habían olas, pero moderadas; se podía disfrutar el baño.
La arena es limpia, ni blanca ni dorada, sino intermedia, muy bonita y apetecible.
Al salir de ahí fuimos a buscar un camping para quedarme en la ciudad, ya que había un evento público en el malecón con bandas en vivo al que no queríamos dejar de ir.
Conseguimos un camping por 7 dólares, pero la verdad, muy feo: la casa de una señora con un patio, unas 3 vans estacionadas, un baño feo y nada más.
Recordé que en el grupo de WhatsApp al que me incluyeron hace unos días, alguien me había ofrecido alojamiento a unos 20 kilómetros de la ciudad, pero preferí intentar buscar posadas para estar cerca y poder salir en la noche.
Antes tuve que agarrar la moto e ir a buscar casas de cambio, porque ya estoy sin dinero en la tarjeta y me quedaba solo la reserva, unos 150 dólares en efectivo.
Me fui a una que salía en el mapa, pero al llegar, un señor en la calle me comentó que ya no estaba operando.
Ahí, como pude, le expliqué y me indicó otra en un centro comercial. La puse en el mapa y allá me fui.
Ya eran las siete de la noche y el tráfico de la ciudad era denso, aunque me sigue impactando lo tranquilo y ordenado que es: nadie usa la corneta..
¡Qué exquisito tránsito!
Llegué al shopping, estacioné, le pregunté al vigilante y subí al segundo piso.
Conseguí la casa de cambio y me atendió un señor. Me dijo que la tasa estaba en 4.77; yo no sé a cuánto está, pero en la frontera cuando entré me cambiaron a 5 reales por un dólar, así que aquí estaba peor. Pero para no perder tiempo, procedí.
El señor me dijo que muchos billetes estaban deteriorados y que solo me podía ofrecer la mitad de la tasa. Le dije que no, y al final solo quiso cambiarme 60 dólares.
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De ahí salí a buscar posadas económicas, pero no conseguí.
Lo más barato era un hostal de 10 dólares en habitaciones compartidas, pero no me dio buena vibra y tampoco tenía estacionamiento.
Pregunté en varias posadas y no bajaban de 20 dólares, así que le escribí al contacto que me había ofrecido apoyo, el cual estaba a 20 kilómetros, y allá me fui, a unos 35 minutos de camino.
Allá me esperaba el amigo Boskin con otro motoviajero y su esposa en la entrada del poblado, súper amables.
Tiene una modesta casita al lado de la suya que es de uso exclusivo para los motoviajeros; pueden quedarse a descansar gratis o, si lo desean, dejar un pequeño aporte.
La casa es pequeñita, pero tiene dos habitaciones, cocina equipada, una pequeña sala y un cómodo y seguro estacionamiento para parar la moto.
Me duché y me invitaron a comer.
Qué buena idea, porque en todo el día solo había almorzado unas galletas con arequipe en medio de la ruta y estaba realmente hambriento.
La hamburguesa estaba deliciosa.
Había unas promociones en ese local; éramos cinco, pero la esposa del amigo no comió.
Así que, con el buen recibimiento que me habían dado, lo menos que pude hacer fue pagar la cuenta: unos 25 dólares.
Llegué muerto a la casa y me acosté a dormir.
Estaba profundamente dormido, hasta soñando, cuando un ardor fuerte en las manos y en la frente me despertaron.
Eran los amigos zancudos, y eso que tenía el ventilador al máximo.
Busqué un repelente off en spray que no habían usado aún, y me eché bastante.
Así pude dormir sabroso.
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Hoy todo el día estuve descansando y me preparé una sopa Maggi de almuerzo.
El amigo Boskin me hizo un video tipo podcast para compartirlo en los grupos de motoyudas y me comentó que de aquí en adelante me va a conseguir apoyo en casi todas las ciudades.
¡Vaya buena noticia!
Se despidió y se fue de motoviaje hasta el domingo, pero me dejó en contacto con un colega porque mañana sábado harán un paseo a unos pozos como a 100 kilómetros y me han invitado.
Además, me dijo que es un lugar muy bueno para vender las cruces.
Así que pasé toda la tarde haciendo unas 50 cruces a ver si las logro vender y tener dinerito para continuar viaje, comprar un caucho trasero al que ya le queda poca vida y, próximamente, la cadena.
Le pregunté al amigo Boskin antes de irse dónde podía ir a comer, agarró el teléfono, llamó a otro colega y me dijo que pasarían por mí.
A las siete llegó el amigo Joao, motoviajero, y me dijo que me llevaría a comer, que lo siguiera.
Paramos en una pizzería, me contó de su viaje reciente hasta Atacama, en Chile, estuvimos conversando y muy amablemente no me dejó pagar la cuenta, algo que le agradecí muchísimo, además de que las pizzas estaban deliciosas.
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Mañana iré con un grupo de gente que no conozco, a una ruta que no conozco, a unos pozos que no tengo ni idea de dónde quedan, con 80$ en el bolsillo y donse tal vez logre vender algunas cruces.
Eso se llama la incertidumbre, la que precisamente este viaje me está enseñando a abrazar.
"No nos perturban las cosas, sino las opiniones que tenemos sobre las cosas." — Epicteto
El viaje en moto no es meramente un desplazamiento físico a través del asfalto; es una escuela constante de estoicismo práctico.
A lo largo de este viaje, la incertidumbre se presenta de distintas formas: un camping cerrado, calles de arena imprevistas, casas de cambio con tasas desfavorables, habitaciones sin aire acondicionado y la perspectiva de un viaje al día siguiente con personas y destinos totalmente desconocidos.
Para el pensamiento estoico, la incertidumbre no es un enemigo al que hay que temer, sino el estado natural del mundo sobre el cual no tenemos control.
Los estoicos dividían el mundo en dos esferas: lo que depende de nosotros (nuestras elecciones, juicios y actitudes) y lo que no depende de nosotros (el clima, las condiciones de la ruta, las decisiones ajenas o los imprevistos económicos).
Cuando Google Maps me desvió por un camino de arena, o cuando el cambista redujo la tasa de mis billetes, enfadarse habría sido un desperdicio de energía.
En cambio, la aceptación activa me permitió transformar el obstáculo en el camino.
El impedimento para la acción avanza la acción: lo que se opone se convierte en el camino mismo.
La falta de una posada accesible condujo directamente a la generosidad del amigo Boskin y a una red de apoyo invaluable.
La incertidumbre, lejos de ser una amenaza, es el espacio donde florece la resiliencia y la verdadera hospitalidad humana.
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