La segunda noche del evento estuvo igual de buena.
Hubo cuatro bandas muy, muy buenas, un par de entrevistas y una conversadera con los brasileros, quienes se mostraban muy interesados e impactados por mi viaje.
El almuerzo ya estaba incluido: consistía en arroz blanco, caraotas negras y algo así como un casabe molido.
Le pregunté a un señor dónde estaba la bebida, y una señora que estaba a un lado me vio y me hizo seña con una lata de refresco para preguntarme si quería; le dije que sí. Agarró un vasito, que creo que ya estaba usado, y me sirvió.
Cuando llegó la noche ya me comenzaba a doler la garganta. Me acosté un rato en mi carpa y me paré como a las nueve, ya con más dolor y malestar. Me tomé un acetaminofén y para la calle.
Conseguí una silla plástica y me senté frente a la tarima, entre el poco de gente; ahí solo y tranquilo me vacilé las bandas.
De vez en cuando venían a buscarme e invitarme a integrarme en la jodedera, pero yo tenía malestar y prefería estar tranquilo.
Me quedé hasta lo último.
Ya cuando quedaba poca gente, vino un chamo, que era organizador, me compró una cruz, consiguió como a tres personas más para que me compraran cruces y me insistía en que ahí estaba un amigo de él. Le entendía muy poco; él también estaba pasado de tragos. Cuando medio pude entender, se refería a un flaco que estaba recogiendo latas, y el chamo insistía en que lo ayudara.
No sé cómo pasó, pero fluyó: me le acerqué y le regalé una cruz; se quedó bastante impresionado.
También, como pude, le conté que yo había atravesado el alcoholismo, que solo el poder de Dios me pudo sacar y que ahora ando viajando en moto por Sudamérica.
En sus ojos pude ver que el mensaje le llegó. Me agradeció bastante por la cruz y mis palabras.
Ya eran como las 2am y no quedaba casi nadie en la plaza.
Me fui solo caminando, pensando en que había valido la pena haberme quedado hasta tan tarde con todo y malestar.
En la mañana recogimos temprano.
Baiano y yo emprendimos la vuelta, unas dos horas hasta su casa.
Él descargó su moto y yo aproveché de agradecerle y decirle que iba a continuar ruta.
Él quería que me quedara una noche más, hasta el lunes, pero yo sentía la necesidad de seguir; además, me sentía un poco abrumado de tantos brasileros tantos días seguidos y necesitaba disfrutar de la soledad.
Pero antes de irme, fuimos a visitar el monumento católico más grande del mundo: una estatua de Santa Rita de Cascia, con 56 metros de altura, que supera al Cristo Redentor de Río de Janeiro.
Allá fuimos.
Como Baiano es famoso en su pueblo, no pagamos entrada ni estacionamiento.
Caminamos todo el templo, tomamos fotos; es realmente imponente.
En la parte de abajo había una capilla y estaban en plena misa; no cabía la gente, era domingo.
Después de ahí bajamos al pueblo, y en una esquina nos despedimos.
Le agradecí por todo y seguí ruta.
Me fui hasta Pureza; los amigos de Os Cobras me habían recomendado que visitara ese pueblo.
Tardé unas dos horas y media en llegar.
En plena calle principal había una piscina natural con una cascada, restaurantes, bares y musica a los alrededores, y estaban ful a reventar.
Así que busqué el camping que me habían recomendado.
Al llegar no estaba la dueña; un señor la llamó y me la pasó, y me dijo que me pusiera cómodo donde quisiera, que en lo que ella llegaría como a las cinco a cuadrar los detalles.
Tengo que ser sincero: el sitio era bastante feo.
El señor me abrió una cabaña y me dijo que usara el baño y descansara, así que aproveché para darme una ducha.
Me puse a ver el mapa y vi que a una hora estaba un pueblito de playa y habían dos campings.
Así que, como no me daba buena vibra ese camping, decidí irme.
Busqué al señor para decirle que me iba, pero no apareció, así que me fui sin decir nada. Me dio un poco de pena, pero ya no era mi culpa.
El Google Maps lo volvió a hacer: me metió por una calle de tierra que se convirtió en arenales.
Pasé bastante trabajo con la moto cargada.
Tardé dos horas en llegar a un pueblito llamado Maracajaú, rodeado de dunas blancas.
Conseguí el camping y me atendió un señor bien amable.
El camping es una belleza: árboles gigantescos, mucha sombra, baños y cocina de lujo, y lo mejor es que tiene la playa a unos 50 metros.
Por 10 dólares me parece que está muy bien; también alquilan cabañas por 50 dólares, pero como soy el único acampando, estoy bastante cómodo en mi hamaca.
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La Oveja Negra necesita ir a un mecánico cuanto antes.
El ruido que vengo escuchando se ha intensificado en los últimos kilómetros.
Le he escrito al amigo Boskin para ver si tiene algún apoyo para recomendarme en Natal, la próxima gran ciudad que está a una hora y pico.
Me ha pasado el contacto de una persona y le he escrito; espero que mañana responda, a ver si puedo ir a la ciudad a meter a La Oveja en terapia intensiva.
Ojalá no sea grave, porque por lo que estuve averiguando, aquí en Brasil no se consiguen repuestos para esta moto.
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