El ser humano ha inventado una máquina que fabrica realidades. Cualquiera de tus sueños puede materializarse: solo necesitas pedírselo a un programa mitad director de Hollywood, mitad genio de la lámpara. Pero la fábrica de realidades es un caballo de Troya. Desgraciadamente, justo después de haber inventado esta maravillosa tecnología, los oligarcas de la dopamina le han designado un uso sumamente terrorífico: anegar tu mente con pulpa sintética.
Las mejores mentes del planeta llevan décadas dedicándose a inventar realidades que actúen como una droga virtual. Gracias a la fábrica, la carrera al fin ha terminado. Los oligarcas de la dopamina han diseñado una jeringuilla sin fondo que permite que sean los propios usuarios quienes sinteticen su droga preferida a voluntad. Una voluntad más débil que la capacidad adictiva de la dopamina generada por la fábrica, cuyo único propósito es hipnotizar tu mente para luego secuestrarla dentro de una app el máximo de tiempo posible.
Así, el genio nos seduce con la promesa de cumplir nuestros sueños, pero tras la piel de cordero se esconde un narcotraficante que busca saturar nuestros instantes de reposo y de ocio con calorías vacías, píxeles estériles, fotones sin rumbo. Pulpa sintética carente de cualquier tipo de valor. A diferencia de otras realidades artificiales, como un libro, una película o un videojuego, cuando deshaces el embrujo y vuelves a la realidad, descubres que no has disfrutado, no te has maravillado, no has aprendido. Cuando vuelve la lucidez, desearías no haber consumido la pulpa, pero ya es demasiado tarde.
En tu aturdimiento, casi sin notarlo, como una enfermera haciendo juegos de manos para sacar sangre a un niño, los oligarcas ya te han extraído lo que querían de ti. Tu propósito ha terminado. Has consumido los anuncios. Los oligarcas han malvendido tus preciosos instantes de qualia en este mundo por treinta monedas de hojalata.
No es difícil suponer que el autor de un blog que se llama «Dopamina a fuego lento» esté radicalmente en contra de la dopamina rápida, de las charcuterías audiovisuales que fabrican ristras infinitas de vídeos de quince segundos. Pero la fábrica de realidades mete una marcha más y nos plantea un problema insólito: la carencia de dopamina. La nada. La catarsis de la ausencia.
No es casual: décadas de investigación en drogas digitales han permitido a los oligarcas deducir la esencia de la adicción, optimizarla algorítmicamente y sublimarla en forma de la fábrica de realidades. Pese a que nadie desea regalar unos instantes de su preciosa vida al zahorí del vacío, es imposible resistirse a la tentación. Pero no culpabilicemos a la víctima: si proporcionamos a unos primates un botón que genera felicidad sería contra natura que no lo usaran.
Somos simples esclavos de la bioquímica de nuestros cerebros. Creemos que tenemos control sobre nuestros actos, pero tan solo es un espejismo entrópico. Resulta digno, pragmático e incluso inteligente resignarse y asumir la impotencia humana contra el poder de la fábrica de realidades. Quizá estés concluyendo que el único movimiento para ganar es no jugar. Bien, yo te propongo subir la apuesta.
Tienes un deber como ser humano, un compromiso como tripulante en esta roca que viaja por el espacio. Albergas una responsabilidad frente a la Historia, frente a los que fueron y frente a los que serán. Es tu obligación oponerte radicalmente, con todos los medios a tu disposición, a la fábrica de pulpa dopamínica, a las realidades sintéticas carentes de propósito. Ignorarlas es insuficiente; debes rechazarlas, destruirlas, exigir su prohibición. Permitir que los tecnoterroristas fabriquen droga audiovisual para reducir la existencia humana a consumir anuncios es aberrante, infame e inadmisible.
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