Empezamos con lo más leído de la edición anterior: el mundo de los préstamos absurdos; ganar un buen sueldo pero que se te quiten las ganas de trabajar; apuntes breves sobre Jot Down.
En este reportaje para NYT en español, Rema Tumin recoge la historia de un cazador de tesoros en aguas profundas estadounidense que se negó a revelar la ubicación de las monedas de oro de un famoso pecio.
El caso es que Thomas G. Thompson, el cazafortunas, ha salido de prisión después de una década, con 500 monedas aún sin localizar, dejando la duda de si se perdieron o si se lo calló. Si sabía donde están escondidas, habría pasado 10 años de cárcel con tal de quedarse con esa parte del botín.
En su momento publicamos “La cadena de fallos que mantuvo a Ahmed Tommouhi 15 años en la cárcel por dos violaciones que cometió otro hombre” de Marta Alcázar (ahora el artículo está en la web de Telecinco). Esta semana, la web del Poder Judicial informa de que el Tribunal Supremo concede una indemnización de 2,5 millones de euros a Tommouhi, que pasó 18 años en prisión por las dos violaciones de las que fue finalmente absuelto. (nota: la pieza de Telecinco se publicó originalmente en NIUS hace tres años).
Siempre me ha sorprendido lo poco que valora el Estado la condena de inocentes y lo poco que indemniza por ella, tanto por el sufrimiento y la privación de libertad como por el daño al prestigio del individuo. Este caso es la cifra más alta que recuerdo en España, pero aun así me parece poco.
Hablando de poner precio a las cosas, “Tu valor en el mercado de citas” es una calculadora que estima el valor de una persona en el mercado de citas a partir de la edad, el atractivo, la estatura, los ingresos y la personalidad, con coeficientes basados en investigaciones publicadas sobre preferencias en citas.
Hay una mentalidad economicista capaz de traducir a precios cualquier cosa. El World Happiness Report (en inglés) explicita que los usuarios actuales pagarían cinco dólares al mes por Instagram de media, pero pedirían 100 por dejarlo.
Jimena de la Rosa intenta convencernos en este vídeo de El Español de que “las falsificaciones le cuestan cada año a Europa 16.000 millones y 200.000 empleos: los españoles son de los que más las compran”.
En cada plataforma en la que lo he visto compartido, la mayoría de comentarios defienden comprar la falsificación por el precio de la camiseta original y que, obviamente, es un disparate comprar el argumento de la industria de que cada compra de una de imitación evita la adquisición de una original. De hecho, Adidas ha agotado la famosa segunda equipación de la selección: ahora mismo sólo se encuentra en el mercado negro.
Alberto de la Torre, en Magnet, recoge el precio de la original (puede llegar a 187 euros), el debate con la elástica de España y cómo esta es sólo la punta del iceberg de un fenómeno más amplio: la calidad de las falsificaciones es muy alta y ante la percepción de un precio injusto, la gente las compra.
Del reportaje de Alejandro Galisteo en Expansión me quedo con las rutas y el origen. Las camisetas de mayor calidad llegan desde Tailandia y Vietnam, a menudo con escala en Dubái para cambiar etiquetas y esquivar controles aduaneros. Y también con las penas, que van de uno a cuatro años de prisión para quienes almacenan o distribuyen, y de seis meses a tres años para quien monta una web de venta.
Habiendo sido lector de los dos, tengo una opinión fuerte si vamos a poner frente a frente Harari y a Joseph Henrich. Baste decir que “Las personas más raras del mundo” (Amazon, Todos tus libros) es el libro que más he recomendado los últimos años. Joseph Heath (en inglés) discute las ideas de evolución humana de cada uno y concluye (a mi juicio, con criterio) que la presentada por Yuval Harari en Sapiens está científicamente equivocada.
Heath plantea que los humanos tenemos cuatro rasgos distintivos: inteligencia, lenguaje, cooperación y cultura. El gran reto de la teoría evolutiva es identificar una única modificación pequeña del comportamiento de los primates que pudiera haber dado origen a los cuatro rasgos en secuencia. Por eso toda teoría debe proponer un orden de aparición. Además, la línea temporal evolutiva es muy corta, lo que hace improbable que cada rasgo evolucionara de forma independiente y “desde cero”.
Harari propone: inteligencia → lenguaje → cooperación → cultura. Para Heath, tomar la inteligencia como punto de partida es problemático porque los cerebros grandes son enormemente costosos (energía, mortalidad en el parto) sin un beneficio compensatorio claro en la sabana africana. Sobre el lenguaje, Harari recurre a una “mutación afortunada” (el “Árbol del Conocimiento”), lo cual tiene un problema de arranque: ser el primero en poder hablar no sirve de nada si no hay con quién hacerlo, y sin cooperación previa el lenguaje sería poco informativo. Heath argumenta que la cooperación debe preceder al lenguaje, no al revés.
Henrich por su parte invierte exactamente el orden: cultura → cooperación → lenguaje → inteligencia (teoría originada en realidad por Richerson y Boyd). La adaptación original fue la imitación: los bebés humanos copian a otros incluso sin entender lo que ven, lo que permite que la cultura se vuelva acumulativamente compleja sin depender de la inteligencia individual. El paso de cultura a cooperación es la parte más ingeniosa: como los niños aprenden de modelos de éxito y de pares (”imita a la mayoría”, es decir, el conformismo), aumenta la homogeneidad dentro de los grupos, lo que potencia la selección de grupo en la evolución cultural; los grupos con normas más cooperativas dominan a otros. Luego, la conformidad cultural actúa como fuerza de “autodomesticación”: los varones demasiado agresivos pierden oportunidades reproductivas, lo que vuelve a la especie más prosocial por naturaleza (coevolución gen-cultura). Una vez establecidas la cultura y la cooperación, el lenguaje y la inteligencia surgen con más facilidad; la encefalización se explica como un proceso impulsado por el crecimiento de la cultura.
Yo estoy de acuerdo porque además veo su postura compatible con la memética de Daniel Dennett, véase su estupendo “De las bacterias a Bach: La evolución de la mente” (Amazon, Todos tus libros).
Además, en las últimas semanas, he leído varias piezas muy interesantes sobre fenómenos culturales explicables desde la propia evolución. Edu Rodríguez en su lista con “Alcahuetes” y la teoría de que el lenguaje humano se originó precisamente en esta necesidad de conocer la reputación ajena; Kat Rosenfield, por su lado, nos cuenta sobre “Ser cancelada antes de que molara” explicando que es vergonzoso que te haya pasado, porque supone admitir “que eres esa especie de orangután socialmente torpe que los demás utilizan como chivo expiatorio para estrechar lazos”; Guy, en su lista (en inglés), sostiene que la condición indispensable para que una sociedad funcione es la confianza mutua y que la manera de demostrar que uno es “seguro” o confiable es comportándose como una persona normal, es decir, siendo capaz de cumplir los rituales sociales básicos (saludos, conversaciones triviales, etc).
El día a día de Paloma, una madre con un hijo con autismo: “La gente dice que tener un niño así es una maravilla. Es mentira”. Fernando González López en El Español.
Así nació Humor Amarillo: la historia más surrealista de la TV. Torreznos Youtube.
Hockney y la perspectiva inversa. Marta Alemán.
Ryan Moulton (en inglés) habla sobre los colores que el ojo humano puede ver pero que no están disponibles digitalmente.
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