Vamos con lo más leído de la edición anterior: puntos útiles de Huberman; no luchar contra la ansiedad; no queremos leer sino haber leído.
En el devenir digital a menudo nos cruzamos con sujetos que conjugan un gran convencimiento sobre un tema, al que añaden una posición moral fuerte y un posicionamiento radical acerca del mismo. Pero, al mismo tiempo, a poco que se converse con ellos, saben muy poco de la realidad factual del tema. Creo que todos podemos pensar en unos cuantos ejemplos recientes de este corte. En ocasiones me pregunto ¿seré yo ese tipo?.
Andy Masley en su lista (en inglés), argumenta que muchas personas (incluido él mismo y probablemente nosotros también) tienen creencias que consideran fundamentales, pero que en realidad no han examinado a fondo. Simplemente repiten ideas que escucharon de alguien que admiraban o que por algún motivo les encajaban, sin haberlas cuestionado realmente. Lo que él llama creencias “profundamente arraigadas”, a las que queremos ser asociados socialmente, no necesariamente son las que más hemos estudiado y analizado.
Creo que el amigo Masley es agudo en el diagnóstico pero quizás es algo ingenuo en la prescripción: recomienda que si crees que la creencia de alguien es incorrecta o dañina, lo mejor es preguntarle de manera educada sobre los detalles específicos en lugar de atacarla directamente porque muchas personas están más dispuestas a cambiar de opinión de lo que parece cuando se les hace reflexionar sobre la complejidad real.
Me acuerdo del libro que más estoy recomendando desde mi lectura el año pasado: “Las personas más raras del mundo” de Joseph Heinrich (Amazon, Todos tus libros). Aunque la tesis fuerte de Heinrich va por otros derroteros, hace un repaso detallado desde la psicología experimental y evolutiva sobre cómo muchas de nuestras creencias no se forman evaluando datos de forma fría y autónoma, sino a través del aprendizaje social. Me interesa especialmente cómo describe nuestra naturaleza memética (aprendemos qué pensar observando a otras personas, copiando a la mayoría y ajustándonos a las normas del grupo).
Estudia la variación en la “conformidad”, en qué sociedades cuando vemos que una posición es la dominante en nuestro grupo, tendemos a adoptarla o mantenerla, incluso si la evidencia lo cuestiona. Hace lo mismo con el “sesgo de prestigio”, con cierta variación histórica y por regiones, resulta que damos más peso a lo que dice alguien con estatus, reputación o autoridad simbólica, aunque no tenga mejores argumentos.
Desde ese enfoque, cambiar de opinión no depende solo de que te presenten mejores hechos, sino de si esos hechos encajan o chocan con el entorno social en el que te mueves. Hay muchos textos que tocan estos asuntos desde otras perspectivas. Un clásico es la pieza de Elizabeth Kolbert en New Yorker (en inglés); tenemos también “Por qué nos aferramos a lo que creemos aunque nos muestren hechos que lo desmientan” de Keith M. Bellizzien BBC en español; “por qué nos cuesta tanto psicológicamente admitir que estamos equivocados” por Pablo Martínez-Juárez en Xataka; Branko Milanovic (en inglés) sobre la inutilidad de las discusiones sobre política porque la gente forma y cambia sus ideas políticas más por leer, ver, escuchar y pensar de forma indirecta.
Noah Smith en su lista (en inglés) vuelve al tema del descenso de la fertilidad. Lo interesante no es ya el reflejo de la realidad en la que estamos: un colapso demográfico sin precedentes: la fertilidad global ha caído aceleradamente desde mediados de los 2010s en Asia, Europa y ahora incluso África y América Latina. Añade el envejecimiento: cada vez menos trabajadores deben sostener a más ancianos; añade que las soluciones que se han buscado hasta ahora no funcionan (véase lo que apunta Villarino sobre el esfuerzo de Hungría). Lo novedoso es que propone crear un centro de investigación en políticas de fertilidad dotado con miles de millones de dólares (a pagar por Elon Musk junto a fondos gubernamentales) para financiar investigación epidemiológica masiva y ensayos controlados que identifiquen qué intervenciones funcionan realmente.
Por aquí he sostenido que habría que abrazar la aceptación de que la humanidad se va a reducir. Aunque hemos discutido la evolución de las ideas sobre vivir, morir y tener hijos de natalistas y pro eutanasia, pro decrecimiento de la población y defensores del suicidio asistido, sospecho que nos falta entender que ahora tener hijos compite con muchas más opciones vitales. Y que en ese ecosistema vital, el coste de oportunidad de formar una familia es alto. Dicho de otra forma, no tenemos más hijos porque realmente no queremos tener más hijos.
Recomiendo dos piezas para asomarnos a la diversidad de ideas y puntos de vista actuales, lo alejados que están sus planteamientos vitales. Tomás Di Pietro en revista Supernova con un alegato “a favor de tener más hijos” defiende que
Todo se vive en modo borrador: reversible, optimizable, con cláusula de salida. Criar hijos rompe ese régimen. No por lo que ofrece, sino por lo que arranca. A cambio impone una obligación simple y brutal: estar. Entre el deber y la culpa, entre la ternura y el miedo, criar reordena la escala de la vida y ofrece una salida seca del yo: volverse necesario para alguien más que uno mismo.
Recupero este episodio de Amiga date cuenta en el que el diagnóstico es que el regreso del debate natalista es una suerte de “fascismo del cuerpo” porque no viene sólo sino con una obsesión con el coeficiente de inteligencia e ideas eugenésicas.
Del archivo. Empezamos buscando la aprobación en la infancia. Las carencias en este período pueden llevar a buscar aceptación constante en la edad adulta. Esmeralda R. Vaquero en Ethic defiende el derecho a caer mal, recomendando diferenciar entre intentar agradar constantemente y mejorar aspectos personales para relaciones más satisfactorias.
Laura Ruiz entrevista a una vieja conocida de la lista, Josefa Ros, en Bebés y Más. Hay que dejar de vender que necesitamos tiempo para aburrirnos porque nos hará más creativos o más trascendentales. Esto no sucede”. Para leer más sobre ella y su mensaje a la contra del elogio del aburrimiento, en esta edición nos explayamos.
Daniel Méndez entrevista en XL Semanal al profesor de psicología y autor Paul Bloom, que tiene una tesis clara: está en contra de la empatía por ser tribal y exagerar prejuicios, a la vez que propone una “compasión racional” como la mejor guía moral, combinando motivación y racionalidad. Dice alguna cosa sensata sobre las “fake news” y, en una lista de correo propia que publica en inglés, defiende comprar lotería.
Iñigo López entrevista a Rusowsky en Icon. Se le hace difícil expresar sus sentimientos:
Un informe interno de la BBC recomienda evitar un reparto “forzado” basado en el color de la piel o tramas “aleccionadoras o moralizantes” en las series de ficción. Deadline.
La censura de la que nadie habla. Ernesto Castro en Sustrato.
El periodista Carlos Hernández, que ha fallecido este martes a los 56 años, dejó este texto escrito para que fuera publicado en elDiario.es tras su muerte.
Qué nos hizo humanos. Por Val en Polymatas.
Durante casi dos meses, una de las prisiones más infames de Estados Unidos estuvo dirigida en gran parte por los reclusos, desde la seguridad hasta la cocina. Lauren Lee White en GQ (en inglés).
Imágenes propias: Antonio Ortiz con Freepik.

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