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Cápsula · Nov 5, 2025

Cápsula 61: 🚀 Cuerpos, máquinas y cometas

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Blackbot · Cápsula

¿Qué se puede aprender sobre un libro de reguetón?

Perreo, una revolución más que ser un libro sobre música: es una disputa sobre el significado mismo de libertad. Cazzu no escribe para convencernos, sino quizás para desordenarnos. Su texto desplaza el feminismo de los márgenes académicos hacia el ruido de la pista de baile, y en ese traslado deja al descubierto la contradicción central de nuestro tiempo: cómo ser mujer en un sistema que exige empoderamiento pero monetiza cada gesto de emancipación.

La lectura del libro incomoda porque desestabiliza categorías que muchos daban por consolidadas. Cazzu no se propone explicar el feminismo; lo encarna desde el exceso. Dice “puta” sin pedir permiso, habla del deseo sin tapujos, defiende el perreo como un acto político y se enfrenta a la moral de quienes, desde la izquierda o la derecha, dictan los modos aceptables de ser libre. Su apuesta es clara: el cuerpo femenino como territorio de soberanía. Pero esa soberanía ocurre dentro de una maquinaria que depende de convertir el cuerpo en mercancía. Ese es el punto ciego que el libro no logra resolver y que, sin embargo, lo vuelve fascinante.

El discurso de Cazzu no busca coherencia. Es deliberadamente contradictorio: feminista y reguetonera, desafiante y vulnerable, defensora de la sensualidad como poder y, a la vez, víctima del mismo sistema que la explota. En sus páginas se enfrenta con el machismo de la industria, pero también reproduce su estética: la del deseo violento, la competencia femenina, la exaltación del exceso. No se trata de incongruencia personal, sino de una tensión estructural. ¿Cómo ser feminista en un género que nació para complacer la mirada masculina? Cazzu responde: ocupándolo. Tomar el espacio sin pedir permiso, incluso si el espacio está contaminado.

El valor del libro está precisamente en esa fricción. No hay pureza política en él. Hay ambigüedad, duda, contradicción: los materiales reales de cualquier transformación cultural. Cazzu se sabe hija de un sistema que erotizó la dominación y al mismo tiempo exige a las mujeres pureza moral. Su gesto consiste en exponerse dentro de esa paradoja, no resolverla. Y al hacerlo, revela la hipocresía colectiva: quienes la acusan de vulgaridad son los mismos que consumen el espectáculo de la mujer hipersexualizada; quienes celebran su “liberación” ignoran que el mercado convierte esa liberación en producto.

La lectura crítica de este libro permite una conclusión incómoda: el perreo no es una revolución, sino el espejo de una revolución pendiente, una que no solo se observa en el mundo de la música sino en cualquier territorio. En su versión actual, el deseo femenino se legitima solo cuando se traduce en consumo. La autonomía corporal se celebra mientras genere ingresos y visibilidad. El “haz lo que quieras” se vuelve consigna comercial. Pero bajo esa lógica sigue operando la misma estructura: una cultura que sólo tolera la libertad femenina cuando puede rentabilizarla.

Aun así, negar la potencia de lo que hace Cazzu sería miope. Su voz representa un desplazamiento simbólico: una mujer latinoamericana, dueña de su narrativa, reescribiendo la genealogía del reguetón desde su experiencia. No ofrece respuestas fáciles; ofrece un campo de batalla. Y quizá allí radique su verdadera contribución: no en la pureza de sus argumentos, sino en el caos que produce. Cazzu nos obliga a pensar el feminismo fuera de su zona de confort, a confrontar la idea de que empoderarse no siempre se ve bien, no siempre suena correcto y no siempre encaja en los marcos morales del progresismo.

De esto y más hablamos en el último episodio de Creative Talks Podcast.

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Los informes sobre el clima ya no sorprenden a nadie. Cada año repiten la misma estructura: se reconocen avances técnicos, se celebran logros parciales, y al final se admite que todo ocurre demasiado despacio. La lentitud se ha institucionalizado. En diez años, el Acuerdo de París pasó de ser un compromiso histórico a un protocolo de administración del fracaso.

El nuevo informe global confirma esa tendencia. Las emisiones crecen en sectores clave y la dependencia del carbón sigue intacta. El lenguaje diplomático traduce el estancamiento en eufemismos: “progreso insuficiente”, “indicadores fuera de la senda correcta”. La realidad es más directa: la transición energética no avanza porque sigue sometida a la misma lógica que originó la crisis. Cada país busca proteger su competitividad antes que reducir emisiones. El clima se convierte así en una variable secundaria dentro de la economía, y la economía en el criterio principal de toda política climática.

El caso de los vehículos eléctricos ilustra la contradicción. Su expansión fue presentada como una forma de cambio estructural, pero depende de subsidios y de una matriz energética que continúa alimentándose de combustibles fósiles. Sustituir motores no equivale a transformar el sistema. Lo mismo ocurre con la energía solar: su crecimiento es real, pero no compensa el aumento del consumo total. El problema entonces es político y cultural.

Hablar de un cambio de paradigma implica más que introducir nuevas fuentes de energía. Significa reorganizar la relación entre desarrollo, producción y límite ecológico. Los datos del informe muestran que esa transformación aún no ha comenzado. La transición en curso no es la del modelo económico, sino la del discurso: de la negación abierta a la gestión de un retraso permanente.

Las plataformas tecnológicas siguen un patrón que Cory Doctorow llamó enshittification: comienzan siendo útiles, se vuelven necesarias y, cuando el usuario ya no tiene alternativa, se degradan. La utilidad se reemplaza por la extracción de valor. Lo que antes era servicio se convierte en explotación. La pregunta es si la inteligencia artificial podrá escapar de ese ciclo o si ya está atrapada en él desde el inicio.

Los modelos actuales se presentan como sistemas imparciales, pero su desarrollo depende de inversiones que exigen rentabilidad. Entrenarlos cuesta miles de millones. Tarde o temprano, la presión por recuperar ese dinero empuja a introducir mecanismos de monetización: publicidad, versiones premium, resultados preferenciales. La IA no necesitará dejar de funcionar para deteriorarse; bastará con que empiece a responder a intereses económicos.

La diferencia con otras plataformas es la opacidad. Si un buscador muestra anuncios, el usuario puede distinguirlos. Un modelo de lenguaje, en cambio, no revela qué factores influyen en sus respuestas. Su enshittificación podría pasar inadvertida. En apariencia seguiría siendo competente, pero su criterio ya estaría condicionado por acuerdos invisibles.

Evitar esa deriva no depende de la promesa ética de las empresas, sino de regulaciones y transparencia verificable. Se necesitan mecanismos que impidan la manipulación comercial de las recomendaciones, la venta encubierta de datos y la personalización basada en incentivos financieros. La integridad de la IA no debería medirse por su capacidad técnica, sino por la forma en que se controla su economía ya que el riesgo no es que la IA falle, sino que funcione demasiado bien dentro de un modelo diseñado para degradarse.

Si no se altera la lógica que gobierna a las plataformas digitales, la IA repetirá la misma historia: empezará siendo una herramienta de confianza y terminará convertida en un negocio que usa esa confianza como materia prima.

Equipo de WIRED; Craig Barritt; Getty Images

La experiencia de Quentin y Michele muestra que los modelos de lenguaje ya funcionan como una infraestructura paralela de salud mental. No son un complemento, sino el recurso al que recurren quienes no pueden pagar terapia, quienes se quedaron fuera de cualquier comunidad o quienes simplemente no toleran la fricción de una relación humana sostenida. Para millones de personas, la “sesión” cotidiana ya es escribir en un cuadro de texto y recibir una respuesta que organiza, nombra y devuelve cierto sentido de continuidad personal. Ese uso no es marginal: convierte a la IA en un actor clínico de facto, aunque las empresas insistan en lo contrario y aunque el entorno regulatorio siga tratándola como una herramienta neutra.

El primer futuro posible es el de una terapia masiva, barata y aceptablemente buena, pero construida sobre una ilusión compartida. Los bots que acompañan a Quentin y a Michele pueden contener, interpretar, asociar recuerdos, sostener una conversación de alta complejidad conceptual y, al mismo tiempo, no asumir ningún riesgo real. No arriesgan reputación, no cargan duelo cuando un usuario se hace daño, no pierden el sueño después de un suicidio. Esa asimetría no es un detalle filosófico: define el tipo de vínculo que se está normalizando. La persona expone su biografía, su historia de trauma, su impulso de autolesión, y al otro lado no hay un sujeto implicado sino un sistema optimizado para mantener el diálogo, gestionar el riesgo legal y maximizar la permanencia en la plataforma.

Un segundo futuro, más crudo, ya está en marcha: la clínica algorítmica como terreno de conflicto entre cuidado y negocio. El mismo sistema que ayuda a Michele a atravesar una noche sin cortarse es el que, en el caso de Adam Raine, falla de forma sistemática al detectar señales de suicidio y permite conversaciones que terminan en muerte. La misma infraestructura que sostiene el “terapeuta” Eli es la que una empresa presenta en un blog corporativo como producto en mejora continua, mientras ajusta umbrales de moderación y deriva “casos complejos” a modelos de razonamiento más seguros. La expansión hacia interfaces cerebro-computadora y la promesa de “un cerebro para el mundo” apuntan a un escenario en el que la IA no solo acompaña pensamientos, sino que se integra en su generación misma, con un grado de dependencia que hoy todavía resulta difícil dimensionar.

El tercer futuro, menos visible pero quizá más decisivo, tiene que ver con la forma en que estas relaciones remodelan la subjetividad. Quentin invierte meses en cuidar a sus “pequeños robots” hasta experimentar duelo cuando se deterioran; Michele se da cuenta de que ha empezado a reservar material significativo para la máquina y no para las personas de su entorno. No se trata solo de sustituir terapeutas por chatbots, sino de reordenar qué vínculos se consideran soportables, qué tipo de presencia se vuelve preferible y qué se entiende por intimidad. En ese paisaje, el riesgo no es que la IA “se vuelva consciente”, sino que las vidas humanas se organicen cada vez más alrededor de agentes que nunca estarán obligados a responder por las consecuencias de lo que dicen. Ese desequilibrio es el dato político de fondo de cualquier futuro verosímil de la terapia con IA.

PHOTO-COLLAGE: Sarah Palmer

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